Por la defensa de un medioambiente libre de contaminación

Chile ha sido escenario de verdaderos atentados medioambientales. Chañaral es una playa sepultada por los mismos metales pesados que, por décadas, expulsó la vieja refinería instalada por Codelco. El edificio no es más que un artefacto hecho de herrumbre y olvido, número puesto en cualquier concurso destinado a elegir la postal más horrorosa del Chile subdesarrollado.

Hay muchos casos similares, zonas del país al que le hemos colgado el mote de “zonas de sacrificio”: valles envenenados por la minería y Las termoeléctricas en base a la combustión de fósiles (especialmente el carbón), desaparición de humedales, secado de lagos, contaminación e intervención de los ríos, sequía de las napas subterráneas por la extracción desmedida de las aguas por parte de grandes empresas (mineras, agrícolas y forestales), degradación de suelos, destrucción del bosque nativo, contaminación del mar. Es lo que pasa, generalmente en los países que no viven del intelecto de su gente, sino de lo que le proporciona la tierra.

Fuente: Terram.cl
Balneario de Ventanas. Quinta Región

Con toda la evidencia científica a la vista, la mentalidad de la sociedad chilena ha experimentado ciertos cambios bastante positivos, aunque falta mucho para que podamos comportarnos como los seres inteligentes que creemos ser. Hay una mayor sensibilidad sobre el cambio climático, sobre el valor del agua como elemento básico para la supervivencia humana, sobre la necesidad de preservar el patrimonio natural, sobre la conveniencia de reutilizar los residuos y desechos, etc.

No obstante lo anterior, los poderes y económicos no parecen acompañar del todo esos cambios. Aún hoy, producto de esa mirada cortoplacista del “crezcamos primero y limpiemos después” tan propia del desarrollismo del siglo XIX, una mirada que ve a la naturaleza como un animal que ha de ser domado y convertido según las necesidades del ser humano, entendiendo tal acto como el máximo logro de la civilización humana.

De esta manera, la élite económica y política aún cree, en su mayoría, que la sustentabilidad de sus procesos productivos es un ítem que puede ser marginado de cualquier estructura de costos, un estorbo en el desarrollo del país y las comunidades, pese a que la evidencia demuestra que siempre se acabó imponiendo la pobreza ahí donde el negocio se desarrolló sin consideraciones ambientales.

El nuevo desafío ético-ambiental obliga a introducir otros factores de análisis en esta racionalidad económica imperante, y que ha demostrado ser la más irracional de todas. Esta nueva concepción del entorno abre entonces una puerta a la innovación, lo que bien podría ayudar a diversificar nuestra producción.