Hurgando en la psiquis de la élite: esa extraña obsesión por la marihuana

La élite política ha insistido en afirmar que el consumo de cannabis provocaría una escalada a otras sustancias más “duras”. Las campañas preventivas del Estado, de por sí necesarias, resultan inefectivas en su afán por infantilizar al ciudadano. ¿Por qué, si tanto importa la salud de la población, no vemos campañas permanentes para el consumo de alcohol, la droga que más gente mata en Chile? ¿Puede sostenerse un discurso por la salud pública frente a tantas contradicciones?

Cuesta encontrar en otro país de occidente una legislación tan severa respecto a la marihuana. Porque es verdad: en lo que refiere a esta planta, el Estado de Chile ha decidido, con esa moralina de parroquia con que a menudo intenta infantilizar al ciudadano, convertirla en símbolo de muchas de las cosas malas de nuestro país: fuente de la disipación moral de la juventud, el inicio de una tiránica dependencia a sustancias más duras, origen del crimen organizado, la corrupción, la perversión sexual, la destrucción de la infancia y la vida en familia…

No es nada raro que, en consecuencia, el Estado tienda a criminalizar a los usuarios y vaya aún más allá al tacharlos de imbéciles, que es más o menos lo que cualquiera concluye tras asistir a las campañas del antiguo Conace, hoy Senda. Todas convergían en una idea ramplona: la marihuana pone tonto a quien la consume. Y, de paso, en el vagón de cola tratando de contrabandear ese discurso que previene al consumidor sobre lo inminente: el que fuma marihuana al poco tiempo estará esnifando cocaína, o fumando pasta base para matar el hambre o enterrándose agujas debajo de un puente.

En términos comparativos, Chile está en el extremo del prohibicionismo, y tal empecinamiento se explica en el atávico conservadurismo de su élite política y la permanencia de sesgos ideológicos propios de la Guerra Fría”.

“Independiente del mensaje que quiere dar el Estado a través de sus campañas, independiente de lo errado que es el enfoque del tema y la manera en que se para ante el consumo de cannabis, me llama profundamente la atención que no vea por ninguna parte una campaña similar respecto a los efectos del alcohol en la sociedad chilena”, dice Claudio Venegas, coordinador de Movimental “Cultiva Tus Derechos”, entidad que trabaja por una nueva política de drogas.

Claudio Venegas, de Movimental. Foto: El Soberano.
Claudio Venegas, de Movimental. Foto: El Soberano.

“El alcohol debe ser una de las cosas que más gente mata, que más gente enferma, que más accidentes de tránsito causa, que más rupturas familiares provoca, que más plata cuesta para el sistema de salud, y así, suma y sigue, pero al final seguimos sin ver campañas sistemáticas y permanentes en los medios, en las micros, sobre lo que significa el consumo de alcohol. Eso revela que el tema de la salud pública no es lo que mueve al Estado. Me temo que tampoco la seguridad pública”, agrega.

¿Cómo es posible que el decomiso de una planta de no más de veinte centímetros se convierta, al menos por lo que se ve en las redes sociales, en un recurso publicitario para enaltecer la acción policial? ¿En qué lugar una madre puede ser apartada de su recién nacido por haber reconocido un consumo ocasional de cannabis? ¿Hay algún país de occidente, presumiendo que a esa civilización pertenecemos, donde la marihuana represente tanta perversión y peligro? Lo cierto es que, en términos comparativos, y en vista de su ubicación en lista 1 según la Ley 20 mil, Chile está en el extremo del prohibicionismo, y tal empecinamiento se explica en el atávico conservadurismo de su élite política y la permanencia de sesgos ideológicos propios de la Guerra Fría.

El peso de los prejuicios y los temores

Hurgando en la psiquis del conservadurismo de derechas, el consumo de marihuana remite a una época de hippismo, época en la que pudo observar -y sufrir- esa disolución de los valores cristianos que, a juicio de este sector, abrió la puerta al amor libre, la degradación de la convivencia nacional, el sectarismo ideológico, el cuestionamiento al sacrosanto principio de la propiedad privada, la violencia política, las expropiaciones, la flojera y todos esos fantasmas que la dictadura de Pinochet se propuso exorcizar a capa y espada. En suma, la marihuana, aún hoy, es sinónimo de Unidad Popular, de Allende, época terrible en la que el populacho, según el conservador de viejo cuño, desafiaba mucho y producía poco.

No es de recibo, entonces, que Augusto Pinochet Ugarte, alias Daniel López, consultado ante la posibilidad de convertir el modelo prusiano del Ejército a uno más “popular”, refirió a los nuevos soldados alemanes como “sindicalistas”, “melenudos”, “homosexuales” y… ¿qué más? Sí, usted adivinó: “marihuaneros”, conformando así una caricatura total, indisoluble. Al respecto llama la atención el enfoque productivista de las campañas lanzadas desde el Estado, en las que siempre se destaca que la destrucción neuronal ocasionada por la marihuana, así como el nuevo estado de conciencia alcanzado tras su consumo, impediría hacer bien las tareas.

¿Cómo es posible que el decomiso de una planta de no más de veinte centímetros se convierta, al menos por lo que se ve en las redes sociales, en un recurso publicitario para enaltecer la acción policial?

¿Es posible que la marihuana, cuyo efecto está más vinculado al reposo y la serenidad, sea tan penalizada en la sociedad por restar esa necesaria agresividad que exige la permanente competencia que rige sus relaciones humanas?

“Una hipótesis interesante, sobre la que hay que seguir indagando. ¿Cuál es la idea que subyace? La idea de que los consumidores de cannabis son tontos, vagos, incompetentes, cochinos, lentos, todo lo contrario de personas útiles para el aparato productivo. Lo interesante es que estas ideas preconcebidas también las vemos en el conservadurismo de izquierda”, sostiene Venegas.

“La izquierda en Chile ha sido tradicionalmente conservadora en estos temas, incluso el Partido Comunista, donde también ha imperado una moral rígida que recién ahora último hemos visto un poco más matizada gracias a algunos de los representantes más jóvenes. ¿Y qué vemos ahí? Bueno, la izquierda veía la marihuana, y las drogas en general, como un arma de alineación del imperialismo, una forma de adormecer a los habitantes de este país y de destruir su voluntad de lucha. Como puedes ver, ambos grupos arrastran sus propias visiones desde la Guerra Fría”, sostiene.

Y agrega: “En la revista Cáñamo hicimos una nota muy interesante y recurrimos al archivo, y ahí vimos que el diario Viva Chile hablaba de ‘orgía de marihuana’ en Piedra Roja y cosas así. Hablamos de una era en que el término orgía estaba asociado al exceso sexual. No he visto nunca que en una fonda del Parque O’Higgins se hubiera hablado de una ‘orgía de copete’. Nunca. Incluso muchos hacen tallas con los alcohólicos que están botados en la calle, cosa que me parece trágica”.

También es posible que nada de esto importe mucho. Quizás sea sólo una reacción instintiva frente al clamor por avanzar en las libertades individuales de las personas. El uso del tema en general ayuda a obtener réditos políticos, a justificar la vigilancia y el control social, a justifica nuestro subdesarrollo, cuyas causas se encuentran en otra parte, silenciadas en la discusión pública, escondidas de nuestro juicio, lejanas a nuestra conversación más profunda en una mesa común; es precisamente esa conversación que se quiere evitar, aquella que tiene que ver con las desigualdades groseras de la sociedad chilena, con las perspectivas de futuro para amplios sectores de la población y la falta de sentido que acusan nuestras vidas.

“Yo creo que la obsesión de la élite se explica en términos más estratégicos. Yo creo que prefieren mantener la lucha en la marihuana para evitar siquiera discutir sobre otras drogas. Ese es el temor: creen que si la marihuana es legalizada, el progresismo buscará luego legalizar la heroína, la cocaína, el LSD y todo lo demás”, afirma Claudio Venegas.