Multimillonaria venta del CDF: el último zarpazo de los insaciables mercachifles

Transmisión Estadio Nacional
Transmisión Estadio Nacional

Tasado en mil millones de dólares, aunque otros hacen subir esa suma a los 1.200 millones de la divisa estadounidense, el CDF fue siempre el botín mayor para la plaga de langostas que se apropió del fútbol nacional. Mientras los accionistas de las Sociedades Anónimas Deportivas se frotan las manos, usted no sea indiferente ni se alegre demasiado: el traspaso le va a costar caro.

Por Lautaro Guerrero

El fútbol chileno viene sufriendo una sostenida baja de espectadores en los últimos diez años. En plena euforia de la consecución de la Copa América, hecho inédito en cien años de historia, el Torneo de Apertura, jugadas cinco fechas, exhibía una media apenas superior a los 1.300 espectadores por partido. El correr de ese evento mostró una mejoría apenas marginal. El actual campeonato, el de Clausura, no lo hace mejor: el promedio es apenas de 4 mil, pero sólo porque un Colo Colo tan invicto como mediocre ha aportado con asistencias que podrían ser definidas como “normales”.

¿Preocupante? Por cierto que sí. Con mayor razón luego que la encuesta Cadem, dada a conocer el pasado lunes, mostró que el cuarto club con más hinchas en el país es… ¡el Barcelona de España!

El cuarto no es, como pudiera haberse pensado, un Wanderers “decano” del fútbol nacional y representante del puerto principal, cuyos habitantes superan con largueza los 300 mil y más de un millón si se los considera como conurbano regional; no es Cobreloa, hoy en Primera B pero que igual se ubica entre los clubes más ganadores del fútbol chileno; no es tampoco, por último, una Unión Española o un Audax Italiano, instituciones fundadoras que han contado siempre con numerosas colonias que los respaldan.

El fútbol chileno se encuentra en una situación de franco y sostenido deterioro, pero a los regentes del deporte poco pareciera importarles que, mientras las tribunas se muestran semana a semana más raleadas, sean cada vez más los niños que, jugando con una pelota en calles, parques y plazas, vistan camisetas del Real Madrid, el Manchester United, la Juventus, el Bayern Munich o del mismo Barza de Messi, Bravo y Neymar.

No. Ellos no están preocupados de las muchas señales del desastre en que nos tienen sumidos. Tras el paso de Atila Jadue por el fútbol nacional, la preocupación principal y fundamental es ver de qué manera venden el Canal del Fútbol de modo de hacerse con la mayor parte de un botín que no en vano fue siempre el objetivo prioritario cuando el poder económico, los ricachones de este país, se propusieron expropiarnos la única actividad que movía dinero y a la cual todavía no le habían podido “echar el guante”.

Codicia, esa gran culpable

“El fútbol chileno se está manejando como una mafia”, dijo el año pasado un dirigente de uno de los pocos clubes inquietos por la forma desembozada con que Sergio Jadue había armado toda una maquinaria para robar y defraudar. Y era verdad, sólo que esa “mafia” y las actitudes gangsteriles tenían su origen desde mucho antes que se ungiera a Jadue como el mandamás. El fútbol se pudrió en el preciso momento en que dejó de ser una actividad que no buscaba el lucro para transformarse en una expresión mercantil a la cual llegaron ávidos tipos que de fútbol sabían tanto como de astrofísica, pero que en cambio eran unos maestros para aprovechar las muchas oportunidades que entrega un sistema de liberalismo económico desatado y donde los mecanismos de control del Estado suelen ser para la risa.

¿Fue casualidad que al Sistema de Sociedades Anónimas llegaran entusiastamente tipos como Leonidas Vial, José Yuraszek, Gabriel Ruiz Tagle o Nicolás Ibáñez, entre otros? ¿Alguien había sabido antes de su hinchismo por esos colores que de la noche a la mañana decidieron adoptar cual hábiles y oportunistas camaleones?

El botín mayor del fútbol nunca estuvo en las recaudaciones de los partidos. Estas sólo servían –y malamente- para “parar la olla”. Mucho menos estaba en el aporte mensual de las cuotas de los socios. Estaba en la televisión, pero eso sólo lo sabían unos pocos elegidos. Pero esos pocos iluminados se veían enfrentados a dos clubes que, como ya se ha dicho hasta la saciedad, e incluso hasta la majadería, se oponían tenazmente a participar de ese millonario negocio en ciernes a cambio de resignar sus “derechos de imagen”: Colo Colo y Universidad de Chile.

No eran un obstáculo fácilmente desdeñable: ambas instituciones suman el 70 por ciento de los aficionados del país, según las encuestas que periódicamente se realizan.

Entonces fue que, para librarse de estos verdaderos incordios, el aparato del Estado y los poderes fácticos se pusieron al servicio de una verdadera cruzada por sacarlos definitivamente de la escena: a ambas instituciones les decretaron quiebras tan falsas como fraudulentas. Incluso ilegales. Y los síndicos, que llegaron a “salvar” a ambas entidades de su segura desaparición, como se anunciaba a los cuatro vientos por la prensa -esa misma prensa que en su momento había defendido y justificado a brazo partido una dictadura brutal-, retribuyeron los millones de pesos que se embolsaron de clubes supuestamente quebrados (en el caso del club albo, ellos y varios de sus familiares), entregando gratuitamente esos “derechos de imagen” de ambos clubes que tanto habían defendido sus antiguos representantes.

Es bueno preguntarse: ¿existían esos derechos de imagen?. ¡Por supuesto que existían y aún existen…! Lo dejó en claro José Luis Cea, abogado constitucionalista que hizo todo un estudio al respecto. Cea llegó a la conclusión, tras un acucioso análisis de nivel nacional e internacional, que tales derechos no sólo existen, sino que son, además, inalienables a intransables.

Para graficarlo con nombre y apellidos, la Real Federación Española de Fútbol no puede disponer de los derechos de imagen de un Barcelona o de un Real Madrid, así como tampoco puede la Federación Inglesa hacer tabla rasa de los derechos de imagen del Liverpool, el Chelsea o el Manchester United.

Ejemplos clarificadores

Tan reconocidos y sagrados son, que tiempo atrás el actor Frank Sivero, que personificó a Frankie Carbone en “El Padrino II”, demandó a Los Simpson por considerar que Louie, uno de los matones de Tony el Gordo, era igual a él, y que no podía haber lugar a equívocos, porque él vivía junto a los escritores de la serie en 1989, cuando estos comenzaron a escribir los guiones con las aventuras de Bart, Homero y Lisa.

El mismo Robin Williams, actor de cine fallecido el año pasado por suicidio, víctima de la depresión y del parkinson, consciente del valor de su imagen, estipuló en su testamento que esta sólo podrá ser utilizada en los próximos 25 años por la fundación benéfica Windfall.

No sólo tipos famosos hacen una defensa férrea de su imagen. En 2014, Braian Verón, argentino de San Isidro, Buenos Aires, demandó y le ganó a Mc Donald´s un juicio por haber ocupado en una campaña publicitaria, sin su consentimiento, una foto que él nunca supo iba a ser utilizada para tales fines.

Pero el fútbol, así como la vida, suele tener muchas vueltas. Algunas de ellas, rocambolescas.

Ocurre que, hoy, esos mismos que se adueñaron del fútbol nacional parecen haber visto la luz y han descubierto, en medio de su ilimitada codicia, que los “derechos de imagen”, antes ninguneados y vapuleados, bien pueden servirles ahora para hacer del negocio multimillonario algo todavía más productivo.

La primera pista se tuvo cuando, con caracteres de escándalo, se supo que gran parte de los US$ 6,2 millones de dólares pagados por Jadue al entrenador de la Selección Chilena, Jorge Sampaoli, y su equipo técnico (Sebastián Beccacece y Jorge Desio), por la clasificación para el Mundial de Brasil y su posterior actuación en dicho evento, fueron por “derechos de imagen” y depositados en tres cuentas de las Islas Vírgenes Británicas, un paraíso fiscal. El motivo fue obvio: eludir impuestos, seguir engañando al Estado, como lo han hecho con contumacia estos prohombres que desembarcaron en el fútbol haciendo flamear las banderas de la transparencia y la probidad.

La misma figura (la de los “derechos de imagen”) pretende emplearse ahora en la venta del botín más suculento de todos: el Canal del Fútbol.

Este negocio deja chiquitita la estafa de Yuraszek

Creado en 2003, bajo la presidencia de Reinaldo Sánchez en la ANFP, el Canal del Fútbol ha experimentado un crecimiento exponencial en estos doce años. Sus abonados hoy superan los 800 mil hogares de todo el país y aumentan semana a semana en la misma medida que el aficionado, que antes hacía de ir al estadio todo un rito familiar, ha restado su asistencia como producto de la violencia, los mediocres espectáculos, los horarios inadecuados y la creciente desafección que han ido experimentando los socios y los hinchas de los clubes respecto de instituciones que dejaron de sentir propias desde el mismo momento que empezaron a ser tratados como vulgares clientes.

El Canal del Fútbol vale hoy, oficialmente, cerca de mil millones de dólares. Y decimos oficialmente porque se ha sabido de una transnacional qatari que –según se dice- estaría dispuesta a pagar 1.200 millones de la divisa estadounidense. En otras palabras, el Canal del Fútbol, que carece incluso de equipos propios, puesto que utiliza los de ChileFilms (una de las 725 empresas expoliadas a los chilenos antes de que concluyera la dictadura), vale más que todos los canales juntos de la televisión abierta que operan en el país. ¿Exageración? Para nada. Basta tomar papel y lápiz y sacar cuentas: en 2010, el Grupo Luksic adquirió el 67% de la propiedad de Canal 13 en 55 millones de dólares, mientras que la Time Warner compró el mismo año Chilevisión en 167 millones de dólares.

Es la venta de ese activo la única preocupación de quienes hoy tienen en sus manos los destinos del fútbol chileno. ¿Qué el campeonato es malo? “A quién le importa”, murmuran para sus adentros. ¿Qué antes los clubes traían jugadores de nivel o verdaderos cracks y en cambio hoy llegan a nuestras canchas casi puros “muertos”? “Discutible”, dicen con impudicia los regentes, pretendiendo hacernos olvidar que en nuestras canchas jugaron tipos de la talla de José Manuel Moreno, Roberto Coll, Marco Etcheverry, Marcelo Espina, Leonardo Rodríguez, Alberto Acosta y Néstor Gorosito, entre otros próceres. ¿Que años atrás se trabajaba de verdad con las divisiones menores, y que eso permitió el surgimiento de un Bravo, un Medel, un Alexis o un Vidal? “Bueno…, nosotros estamos para hacer negocio, no para botar la plata en chicos que, en su inmensa mayoría, se van a quedar en el camino…”, cuestión que claramente piensan pero que, públicamente al menos, nunca se han atrevido a decir.

Un ardid más de los prohombres del fútbol

Mientras la ANFP, en otras palabras los clubes que la integran, son dueñas del 80 por ciento del CDF, el restante 20% pertenece al empresario Jorge Claro en un 10% y el otro 10% de la propiedad permanece en el más absoluto de los misterios. Y si en 2014 el canal repartió $ 42.700 millones, los clubes esperan aún mucho más para las temporadas venideras. Cantidades, por cierto, más que respetables, pero que parecen no ser suficientes para los principales accionistas de los clubes, que aspiran que la cifra anual escale sobre los 45 mil millones de pesos, como mínimo. Y, por cierto, que en los años futuros esa danza de millones siga aumentando.

¿Cómo exigir esa suma y que al mismo tiempo el negocio siga siendo atractivo para quien se haga dueño del CDF?

Es aquí donde los antes vapuleados “derechos de imagen” vuelven a cobrar validez y relevancia. Quien compre el CDF pagaría anualmente, para empezar, 60 millones de dólares que corresponderían a derechos de imagen y no a utilidades, con lo que disminuiría el pago de impuestos y, por lo mismo, habría una cantidad mayor de dinero a repartir. Actualmente, casi todos los ingresos de la estación son utilidad (“excedentes”, le llaman los frescos…) y, por lo mismo, generan altas cifras en tributos al Fisco.

¿Sólo será el Fisco quien vuelva a aportarle generosamente a una actividad privada, como el fútbol, resignando una vez más impuestos para que engorde la billetera de unos pocos? Por cierto que no. “Moya”, es decir, usted, yo y el de más allá, vamos a pagar dos veces: primero por esos tributos que el Estado dejará de percibir y que repercutirán en la dramática falta de recursos para la salud, la educación y el transporte, sólo por nombrar las necesidades más acuciantes de todo ciudadano; y segundo porque, ya sea el Grupo Warner, Fox Sports, o la qatarí BeINSports la que se adjudique el negocio, nos van a subir violentamente el costo mensual que significa abonarse para ver el fútbol sin tener que sufrir al flaiterío que, no contento con tomarse las calles, ha terminado por tomarse también los estadios, cometiendo una tropelía tras otra en medio de la más absoluta impunidad.

Tendrá claro usted que estas empresas transnacionales no son precisamente “hermanitas de la caridad”. ¿O a usted le bajó la cuenta del agua, de la luz o el gas cuando de esas empresas se hicieron dueños los privados?

La maquinaria para el negocio, que deja chiquitito el que años atrás lideró Yuraszek con el denominado “Caso Chispas”, cuando vacunó a medio mundo, está montada hace rato. Sólo falta pulir “detalles”, como decidir si comprar el 20 por ciento en manos de Claro y otros inversores, para lo cual se piensa en un crédito bancario a gestionar en varias instituciones, dada la magnitud de las cifras involucradas, o vender tal cual están las cosas hoy en día y que el Grupo Warner, Fox o la qatarí BeINSports –los que hasta ahora se muestran como los más interesados- se entiendan con los inversores particulares una vez concretada la venta.

Piedras en el camino

Sin embargo, lo que hasta hace unos pocos meses era negocio redondo para todos, hoy encuentra una excepción: Blanco y Negro. Aníbal Mosa, su presidente, no quedó para nada contento con el nuevo sistema de reparto de los dineros del Canal del Fútbol, acordado en el Consejo de Presidentes de clubes realizado durante el mes de diciembre. Y es que su institución, que hoy recibe el 9,6% del 25% que se reparten los tres “grandes”, irá viendo disminuido ese porcentaje gradualmente a partir de 2017 y hasta el 2025, en que sólo se quedará con el 6,08 por ciento de la torta.

La U”, que del 8,5% actual pasará en el 2025 a 5,5%, y Universidad Católica, que del 6,9% sólo quedará en 4,41%, concurrieron a regañadientes con su voto a un acuerdo del que sólo se restó la concesionaria que maneja a Colo Colo. Ello a pesar de que Universidad Católica, al final de este proceso, apenas quedará unas décimas por sobre cualquiera de los clubes denominados “chicos”, que hoy perciben el 3,46% y que en 2025 ascenderán hasta un 4,15%.

Mosa no entiende el por qué Colo Colo, club sin cuyo aporte transformaría el negocio en inviable, puesto que no hace falta encuesta alguna para llegar a concluir que el grueso de los abonados al CDF son hinchas albos, tiene que renunciar a dineros que fueron el anzuelo para que él mismo y otros accionistas decidieran sacrificarse por el fútbol chileno. Y tan enojado quedó, que no sólo retiró el apoyo que su club le había dado primitivamente a Pablo Milad en las elecciones de la ANFP que tuvieron como triunfador a Arturo Salah, sino que ha dicho en todos los tonos que “si el canal se vende, entonces el acuerdo de un nuevo reparto de los dineros no tiene razón de ser”.

No es todo: por tratarse de un negocio millonariamente gigantesco, y por añadidura monopólico, nos imaginamos que al respecto algo tendrá que decir la Fiscalía Nacional Económica, cuya inacción se sumó a la del Ministerio de Justicia, del Ministerio del Deporte, la Superintendencia de Valores y Seguros, del propio Servicio de Impuestos Internos y otros, que no movieron un dedo mientras Jadue cometía sus tropelías a vista y paciencia de todos. Dicho claramente, Alí Babá y sus cómplices se estaban llevando el fútbol para la casa ante la absoluta desidia y lenidad de poderes del Estado que están para hacer una pega que como ciudadanos que pagamos nuestros impuestos tenemos el derecho a exigirles que hagan. Y bien.

Porque cabe la pregunta: ¿habrían hecho algo las instituciones del Estado si el Imperio no hubiese decidido meter mano en una FIFA claramente corrupta y ponerles el trajecito a rayas a los sinvergüenzas que pululaban tanto en la Concacaf como en la Conmebol? ¿Acaso no fue después de la aparición en escena de la fiscal Loretta Lynch que recién el Ministerio de Justicia vino a descubrir que Jadue y sus boys, directores de una Corporación de derecho privado sin fines de lucro, estaban cobrando jugosos sueldos por ponerle ruedas a los dineros del fútbol, pasándose por alto toda la normativa vigente?