Humor contingente: cuando a los empresarios no se les toca ni con el pétalo de una rosa

El público de la Quinta Vergara durante el Festival de Viña 2016.

Portavoces de la indignación popular, encarnadores de la irritación, redentores y justicieros… Analistas, periodistas, politólogos y políticos han evaluado el papel de los humoristas en Viña del Mar en este marco de crispación. El problema es que, precisamente en el marco de ese malestar generalizado, es de toda justicia señalar la cobardía de nuestros humoristas a la hora de reírse sólo de nuestros políticos (hoy de capa caída) y no de nuestros empresarios, los verdaderos dueños de Chile, precisamente los que han corrompido a nuestros representantes en beneficio propio. ¿Milicogate? ¿La Iglesia? Nada.

Ríos de tinta han corrido para analizar el rol de los humoristas en el último Festival de Viña, a los que incluso se les ha elevado a niveles de justicieros y redentores populares por subir al columpio -desde luego que merecidamente- a algunos de los representantes de nuestra malhadada clase política. En realidad, se ha enjuiciado a toda la clase política porque a estas alturas parece que son pocos los que se salvan en medio de tanta podredumbre.

La audiencia se ha refocilado no ya sólo con la clásica sociología de trasnoche que entraña el análisis gracejo sobre las conductas propias de “nosotros los chilenos” (¿existe un “nosotros, los chilenos”?), sino también con la crítica mordaz que encierran los chistes sobre los casos Caval, SQM y Penta. Nada mal hasta ahí. Al revés: está muy bien que se mofen de estos “ratones de cola pelá”, independiente de que sea preocupante (o quizás sintomático de la crisis que vivimos) que los humoristas asuman la vocería del sentimiento popular en lo que respecta a la crisis de representatividad que afecta a la sociedad chilena, y no actores políticos emergentes o alternativos.

Las rutinas de los humoristas fueron tribuneras, demagógicas, conservadoras, mezquinas y, a ratos, francamente cobardes. Y así fue, del primero al último, a excepción de Ricardo Meruane, que algo atisbó antes que las pifias y las bromas del público anticiparan su salida.

Dicho todo lo anterior, las rutinas de los humoristas fueron tribuneras, demagógicas, conservadoras, mezquinas y, a ratos, francamente cobardes. Y así fue, del primero al último, a excepción de Ricardo Meruane, que algo atisbó antes que las pifias y las bromas del público anticiparan su salida. ¿La razón? Sólo apuntaron a los corrompidos y no a los poderes fácticos corruptores que, como verdaderos dueños de Chile, tienen a los primeros por sus sirvientes, palafreneros y títeres.

¿Dónde estuvo el chiste largo sobre Andrónico Luksic? ¿Dónde el pedazo de rutina dedicada íntegramente a sujetos como Eleodoro Matte o bien a Patricia, su hermana, cerebro de la reforma educacional en Dictadura? ¿Y Roberto Angelini? ¿Y qué hacemos con Saieh? ¿Y Ponce Lerou, ese aventurero que aún goza del privilegio de ser multimillonario sólo por haber sido el yerno del dictador? ¿Alguna talla contra Nicolás Ibáñez? Nada, salvo alguna que otra mención superficial signada por una patética falta de arrojo.

¿Ignorancia o simple oportunismo?

Seremos claros: el poder económico es el verdadero poder que maneja los destinos del país, aun cuando las encuestas demuestran que la ciudadanía, en su enorme desorientación, atribuye semejante poder a los políticos. ¿La conducta de los humoristas es explicable por ignorancia u oportunismo?

Puede ser un poco de las dos cosas, pero alguien que quiere convertirse en agudo observador de la realidad está obligado, como mínimo, a informarse sobre lo que ocurre en este país devenido en hacienda del siglo XVI. Probablemente, a la hora de los ‘qué hubo’, nuestros portavoces de la indignación hayan pensado en la posibilidad de no malograr un eventual pitutito en el canal de aquel empresario, o quién sabe si evaluaron seriamente la posibilidad de perder pegas en las fiestas de fin de año que organizan muchas de estas empresas, esas donde se remata un año de esfuerzo y sacrificio consumiendo mucho alcohol a falta de otros estímulos económicos. ¿Sabrán ustedes que un humorista omitió una broma sobre Cencosud, de Horst Paullmann, por la sola posibilidad de comprometer un avisito publicitario en un medio de comunicación? Entonces sí; quizás tienen perfectamente claro que los empresarios son los dueños de Chile. La omisión humorística es prueba de ello.

Lo peor es que los humoristas tienen material de sobra para reírse de nuestros “emprendedores”: son ellos los que han dado escaso valor a nuestra producción, son ellos los que cafichan de la tierra y reciben millonarias transferencias del estado; son ellos los que hacen trampa, los que nunca han apoyado a nuestros deportistas ni a nuestros científicos; son ellos los que contaminan los ríos, destruyen el bosque nativo, envenenan la tierra, lagos, mares y fiordos, y peor aún: son ellos los que destruyen las comunidades que sufren sus proyectos de inversión, los que evaden impuestos y hacen todo cuanto es posible con tal de pagar sueldos de hambre a los trabajadores de Chile, a los que, ya no conforme con lo anterior, se les ha sometido a un régimen laboral que ha contribuido a restar toda dignidad al sudor que emana de sus frentes. ¿Sabía usted, mi buen lector, que hay gente que trabaja usando pañales?

Por cierto: ¿dónde está la crítica desopilante a esos cómplices del poder económico que, por décadas, han contribuido a naturalizar las groseras desigualdades de Chile como si se tratase de un edicto divino? ¿Dónde está el columpio para Ezzatti, representante de ese otro poder fáctico, o para el Papa Juan Pablo II, en cuya sombra encontraron amparo los peores degenerados y abusadores de niños? ¿Por qué nadie salió con una tallita sobre el “Milicogate”? ¿Tuvieron miedo acaso nuestros humoristas? ¿Miedo a una extorsión de los milicos, que en conjunto conforman otro poder fáctico? ¿Será que sintieron miedo a vetos futuros por parte de pudientes católicos que, vaya a saber uno, pudieran sentirse indignados por la mofa insolente y gratuita a sus curas predilectos?

Por último, la crítica sólo cargada al poder político (sin apenas tocar a los empresarios ni con el pétalo de una rosa) puede generar algo peor: que crezca, en el seno de la sociedad chilena, la idea de que lo mejor es que prescindamos de representantes políticos y que le cedamos todo el poder a una Junta Militar, o bien a tecnócratas que juzguen conveniente la posibilidad de convertir el Palacio de la Moneda en un salón donde se reúna un directorio de empresa, y no la sede de un gobierno electo democráticamente. ¿No es eso lo que ellos, los dueños de Chile, siempre han querido?

¿Trasgresor tú, humorista? Andá.