¿Por qué empresarios y políticos de Chile suelen tener tan poco aprecio por la ciencia?

Jorge Babul, doctor en Bioquímica, Presidente de las Sociedades Científicas de Chile. Jorge Babul, doctor en Bioquímica, Presidente de las Sociedades Científicas de Chile.

 

El doctor Jorge Babul, presidente del Consejo de Sociedades Científicas de Chile, nos entrega algunas respuestas que bien nos ayudan a escudriñar en el sistema de creencias que explica tan incomprensible como persistente desafección por el desarrollo científico del país, una locura si se tiene a bien considerar que sin ciencia no puede haber innovación y menos desarrollo.

Una buena imagen para hacer una parábola del Chile actual es el de un barco sin timón ni capitán, una nave fantasmagórica que parece enfilar a un horizonte donde todo parece aún más incierto. O podría ser la imagen de un zombi que se mueve sin destino o propósito aparente, o bien la de un borracho que tambalea y choca a cada tanto con la misma piedra; una y otra vez, una y otra vez…

Chile puede ser muchas cosas ridículas y tristes al mismo tiempo, pero todas tienen en común la falta de dirección y, peor todavía, la falta de conciencia, que es lo que sostiene a cada tanto el doctor en bioquímica Jorge Babul, director de Bachillerato de la Universidad de Chile, presidente de las sociedades científicas de Chile, acaso el activista que más tinta y suelas gasta en pos de instalar definitivamente la ciencia en la agenda de políticos y empresarios, pero también entre las preocupaciones de la gente común, al punto que algún día la ciencia pueda verse convertida en motivo de acalorados debates y marchas masivas, como las que los mismos científicos han debido realizar para denunciar el poco interés por desarrollar una institucionalidad que le dé el lugar que se merece, así como por graves incumplimientos por parte del Estado.

¿Por qué no? ¿Es que acaso hay algún caso exitoso de desarrollo haciendo lo que Chile, que vive de las materias primas? Ninguno. Por tal razón es que el tema es tan relevante. “Hay más gente que lo tiene claro pero no es suficiente. En realidad, creo que en Chile tenemos un gran problema, el problema central, que es nuestra terrible falta de conciencia. Somos inconscientes de lo que hay más allá de  nosotros mismos”, dice el académico.

“Cada uno se preocupa sólo de sí mismo y no se detiene a pensar en el terrible futuro que puede enfrentar este país. Nadie parece tener conciencia del otro, o de los otros, de lo que somos como comunidad y de cómo afrontar los desafíos que se vienen. A nadie le importa ninguna cosa. Lo que vale en Chile es que me preocupo de mí y de nada más. Por eso es que a veces me siento tan desalentado. Esa falta de compromiso con los otros se ve en las calles en hora punta, en muy pequeñas cosas, cuando tocamos la bocina para que nos dejen pasar, y despotricamos contra la gente que nos impide del paso, pero que, puestos en la otra posición, tampoco dejamos pasar a los otros. Hay gente que no tiene conciencia de lo que implica su irresponsabilidad. Cuatro, cinco horas de cola en una planta de revisión técnica sólo porque hay gente que no fue cuando le correspondía. A eso me refiero: la falta de conciencia”.

Del diagnóstico general se desprenden varios nudos a juzgar por lo que afirma el doctor Babul, cuál de todos de más compleja resolución.

La fanatización ideológica: Un tema nada nuevo y continuamente señalado por expertos en esta y otras materias. Es una máxima irredargüible que la élites han experimentado un proceso de fanatización que se acentuó con la derrota de los socialismos reales, hecho que a menudo es simbolizado por la caída del Muro de Berlín. De ahí en más, se ha instalado la idea de que toda intervención del Estado no sólo es poco deseable, sino que intrínsecamente perversa y lesiva para la “libertad”, idea que, por cierto, ha calado tan profundo en Chile como en ninguna otra parte del mundo. Esta afirmación se ve reforzada por lo que sostiene el profesor Babul, quien le ha tocado presenciar la reacción de quienes escuchan sus alegatos.
“Chile necesita saber qué quiere hacer y cómo. Debe pensarlo, porque lo que tiene hasta hoy ya pasó. Se agotó. El Estado debe asumir un rol que movilice los esfuerzos de todos en pos del bien común y no de la ganancia de unos pocos. En esa línea, el Estado debe planificar a largo plazo, diseñar proyectos que convoquen al mundo privado, formar gente en sus universidades, traer gente de allá… Pero cuando digo esto me dicen ‘pero Jorge, eso es socialismo, y lo que aquí importa es la oferta y demanda’, cosa que ellos mismos saben que no es así, porque los mismos empresarios, al coludirse, terminan viciando ese principio”.

probetas abandonadas
Por cierto: los detractores de una mayor intervención del Estado no encuentra sustento en la evidencia científica. Estados Unidos, que no es precisamente el bastión del anticapitalismo global, impulsó iniciativas de enorme magnitud con increíbles significaciones en el terreno científico y técnico. Un ejemplo: las empresas espaciales, como aquella destinada a poner al primer ser humano a la Luna. O bien el desarrollo de Internet. En ambos casos, EEUU movilizó y alineó a las empresas privadas, tanto aquellas localizadas en su territorio como en otros países occidentales, detrás de este objetivo. Nada de eso habría sido posible por un “orden espontáneo”, mucho menos cuando las empresas no están interesadas en proyectos que arrojan beneficios a tan largo plazo.
“La mirada está puesta sólo en el negocio, en el aquí y ahora. ¿Qué dijeron los tipos con plata cuando les dijeron que habría un aval del Estado para estudiar en una universidad? Esos tipos dijeron: hay mucho chiquillo que quiere ser primera generación estudiando en la universidad… ¡Hagamos negocios entonces! Y vamos fundando universidades y vamos aumentando matrículas en estas universidades, muchas de ellas de una calidad a lo menos sospechosa”.
Esta idealizada mirada del mercado fue llevada al extremo por la UDI la vez que se opuso, recuerda Babul, a la acreditación de profesores y médicos por parte de agencias estatales. Algo muy parecido propuso una vez Milton Friedman, furioso detractor de las acreditaciones a médicos y laboratorios. La idoneidad de un profesional o de los productos farmacéuticos debía ser, según el académico de la Universidad de Chicago, establecida por el mercado.
“En Chile se invierte como mil millones de dólares en ciencia, que es más o menos el presupuesto anual de la Universidad de Chile. De eso, el 30% es de privados. Piñera supo que el aporte privado no sería mayor así que aumentó los beneficios tributarios, lo que me parece correcto en la medida que las investigaciones y los proyectos estén bien hechos y apunten a solucionar necesidades del país. Eduardo Bitrán, de Corfo, una persona inteligente y muy empeñosa, dijo la otra vez que la cosa había mejorado un poco gracias a estos instrumentos tributarios, creo que iba acercándose más al 50% del total, pero aun así es muy poco, al menos respecto de los países más desarrollados, donde del aporte es esencialmente privado. En fin. Todavía no le tomamos el peso a la cuestión. Pura oferta-demanda”, agrega el doctor en bioquímica.

“Los grandes políticos, los grandes empresarios de este país, no muestran mayor interés en la ciencia. Todos ellos, en realidad, piensan que somos rasquitas, y dicen que ‘es mejor que compramos todas las cosas afuera, que es más eficiente’

El problema de un país que no define su identidad y no toma decisiones, y por ende carece de ideas de largo plazo. Al revés: todo en Chile pareciera estar pensado en un corto plazo, precisamente por lo mismo: está cautivo de la relación oferta-demanda y del interés inmediato de las empresas. “Michelle Bachelet, en su primer periodo, instaló algunas iniciativas y orientaciones para vincular más a las empresas con la ciencia, y luego llegó Sebastián Piñera y las quitó, potenció otras, y luego viene el otro y así, todo se renueva y se repiensa cada cuatro años pues no existe una política pública respecto a la ciencia. ¿Qué empresa o quién más podría colaborar con usted si cada cuatro años se hace un cambio de enfoque? ¿Cómo podríamos impulsar proyectos geotérmicos o fotovoltaicos o probar nuevas cosas con el lito y el cobre cuando no sabemos qué puede pasar en cuatro años más? El plan de Chile es no tener plan. El Estado no hace explícitas sus necesidades, ni sabe bien cuál es el sentido de fomentar la investigación y el desarrollo científico. En este sentido algo se avanza al crear el Ministerio de Ciencias, pero eso no va a solucionar todo los problemas. Lo bueno es que a un ministro al menos tiene más ñeque político, porque a un director de Conicyt no lo escucha nadie”, añade.
“Ya lo decía: en el primer periodo de Bachelet vimos surgir la ley de I+D, un incentivo tributario a la investigación y el desarrollo, y luego Sebastián Piñera aumentó el incentivo, pero la letra chica estableció una definición de investigación bastante amplia, de tal modo que una empresa podía tener a un compadre ahí haciendo cálculos de cualquier cosa y la empresa ya podía acogerse al beneficio, cuando la idea, el espíritu de la ley, era que empresarios pudieran asociarse con investigadores y universidades”.
“Un rector de una universidad pública de regiones me decía el otro día ‘no tengo idea sobre qué quiere el Estado de nosotros ni qué quiere hacer. Eso es absurdo. De momento sigamos con lo que llamo la ‘Política del Entusiasmo’, esa donde el Estado llega, enumera los proyectos le interesan al país, y por ende ofrece esta buena cantidad de plata para desarrollar investigación”.

Comisión de Ciencia para el Desarrollo de Chile.
Presidenta Bachelet firma decreto que crea la Comisión de Ciencia para el Desarrollo de Chile.

Lo poco y nada que valora la élite a capital humano de Chile y sus potencialidades, que es lo mismo que subvalorar a un pueblo entero. “Los grandes políticos, los grandes empresarios de este país, no muestran mayor interés en la ciencia. Todos ellos, en realidad, piensan que somos rasquitas, y dicen que ‘es mejor que compramos todas las cosas afuera, que es más eficiente’, que “no investiguemos ni desarrollemos ninguna cosa nosotros’, o ‘traigamos a gente de afuera porque los científicos no hacen nada’… en fin. Este país ha dado muestras de sacar a muy buenos científicos, y son muchos los ejemplos que tenemos. Podemos hacer cosas y trabajar en la solución de grandes problemas que aquejan al país, y eso de por sí genera valor. Pero ojo: yo hablo de hacer ciencia para mejorar la calidad de vida de las personas, no haciendo más de lo mismo sólo para que las industrias salmoneras y del cobre, o cualquier otra, ganen más plata. Es muy importante valorar a la gente de tu país, saber que un país es su gente, y su gente son los científicos que tiene, los artistas que tiene, los médicos que tiene, los técnicos que tiene”.
Semejante desprecio a nuestro capital humano ameritaría una reflexión diferente, a juzgar por lo que nos cuenta Babul. ¿Y si empresarios y políticos están proyectando en nuestros científicos las carencias que observan en ellos mismos? Siendo francos, ni empresarios ni políticos han dado muestras de innovaciones positivas (de las otras sí, y eso lo hemos visto con las boletas falsas). Y pese a todo, la autocrítica de los empresarios es inexistente. “La otra vez nomás leía a Enzo Bolocco, el empresario de los televisores, el papá de Cecilia, que respondía en El Mercurio a una carta que envié yo, y él reconocía la falta de innovación y la pasividad de los empresarios, y encima se preguntaba qué habían hecho los empresarios durante todo este tiempo. El tono era muy autocrítico. Me sorprendió que él asumiera la crítica y que apoyara mis palabras”.
“Si algo bueno puedo hallar en todo este cuadro general es que hoy  los jóvenes le dan más valor a la ciencia. Los mismos chiquillos que son doctores o estudian para serlo se han agrupado en Más Ciencia para Chile para darle fuerza a un reclamo y eso es positivo para el país. Cuando yo era estudiante había pocos doctores en ciencias. Pero aún falta mucho para que se instale como un tema-país. En ese sentido, ayudaría mucho que el Estado aprecie los aportes de sus universidades, que se apoye más en ellas, en lo que pueden investigar para buscar soluciones. Pero bueno, ahí volvemos al otro problema, que es la falta de visión a largo plazo. Sebastián Piñera quiso atraer a grandes empresas internacionales para que hicieran ciencia acá, pero el plan no ha dado los resultados que se esperaban, y en algunos casos ha sido un desastre. El laboratorio Pfizer ha recibido fondos públicos y sus proyectos han sido ahí nomás”.

La falta de diálogo, o sea incultura dialógica que tanto nos caracteriza, patente en cada discusión de sobremesa que deriva en descalificaciones personales o, en casos más extremos, en quiebres de amistades. “Debemos darnos el tiempo de conocernos; ricos y pobres, profesionales y técnicos, de derecha e izquierda, científicos y artistas, saber qué hacemos, informar en qué estamos, aprendiendo los unos de los otros, y por esa vía iremos confiando más entre nosotros mismos. Hay que saber de antemano que cualquier persona que piensa distinto es porque ha tenido experiencias distintas a la mía, nada más, y que esas diferencias hablan de una complementariedad y no de una incompatibilidad. Debemos aprender a decirnos: ‘mira, tú tienes y sabes algo que yo no, a ver si mejoro mi punta de vista o lo enriquezco  precisamente con lo que tú me tienes que contar’. Cada ser humano es irrepetible, porque esa misma persona ha tenido una experiencia única de vida y por ende debo tratarlo con respeto. Y porque no tenemos esa cultura de conversación y debate es que al final preferimos rehusar el conflicto, evadir nuestras diferencias, en circunstancias que del conflicto siempre sacamos cosas en limpio”.
El gran problema que tenemos en Chile es que no nos conocemos, no sabemos en qué está el otro. Un científico básico y un empresario no dialogan porque pareciera que nadie tiene el tiempo ni las ganas de saber más del otro. Hoy, un científico con un economista, por ejemplo, no pueden juntarse en una mesa a dialogar. En la misma Comisión de Ciencia para el Desarrollo para Chile pude comprobar esa falta de diálogo. No existe esa costumbre. Incluso en el senado universitario de la Chile, instancia única en nuestro país, hablé del tema y se los planteé. ¿Qué universidad queremos? ¡Conversemos pues! Los científicos debemos explicar mejor en lo que estamos. Decirle en palabras simples a una señora, por dar un ejemplo, que la energía con la que prepara su tecito viene de un sistema fotovoltaico. La ciencia incide en nuestro cotidiano. Por eso lado la divulgación científica puede ganar terreno”.
“Al respecto creo necesario que en la formación escolar y universitaria se debe desarrollar una formación más integral, algo que sea más amplio y que vaya más allá de nuestro campo de saberes, integrando la ciencia con el arte, la filosofía, en fin… Un científico debe tener una mirada más completa”.