¿No prescindieron de medios que defendieran vuestra obra? Pues ahora les toca joderse…

El lloriqueo de La Moneda resulta infumable, tanto como la edición maliciosa realizada por la revista Qué Pasa a las declaraciones extrajudiciales de un pinganilla de baja estofa como Luis Díaz. Sin embargo, habría que recordar ahora que todo esto es porque la Nueva Mayoría (o Concertación, o como se llame esa “cosa”) propició la concentración y la realidad monocolor del sistema de medios.  

Al comienzo, la explicación para justificar la torpeza de presentar una querella contra Qué Pasa fue que el medio dio espacio –y en cierta medida, validó- las pamplinas dichas por el famoso Luis Díaz, sujeto de oscura leyenda, un opaco operador político que, como todos los punteros de medio pelo al interior de un partido, obedece a los dictados de un cacique. Luego el foco se trasladó a la edición efectivamente mañosa y sesgada del texto, cosa de la que fuimos testigos quienes alcanzamos a leer completo el original. Es verdad: la revista omitió todo lo que ese pinganilla de poca monta decía respecto de otros personajes, entre ellos Pablo Longueira, a quien vinculó con el caso Spiniak.

Nos sorprende, sin embargo, que la Presidenta Bachelet venga ahora a darse cuenta del tratamiento torcido que efectúan los medios de Copesa y El Mercurio. El problema es que, si la idea es escarmentar a periodistas de un medio específico que, en efecto, realizó tan nefanda edición, entonces tendría que querellarse por todas las mentiras, datos inexactos o poco rigurosos, declaraciones insidiosas y sacadas de contexto, muchas de ellas sutilmente infamantes, que publican a diario los medios del duopolio. En Chile, aunque algunos cometan el atrevimiento de negarlo, no han existido nunca medios neutros orientados a un público universal, básicamente porque la objetividad no existe. Nunca ha existido, en ningún lugar, en ningún tiempo. Es bueno que los que se enteran recién ahora lo escriban cien veces en un cuaderno. Un medio, con toda la legitimidad del caso, es siempre portador de un proyecto de sociedad y defensor (al tiempo que promotor) de las ideologías que la hacen posible o que son capaces de sostenerla en el tiempo. Desconocer esa realidad es de imbéciles.

Es cierto: hay medios que juegan sucio, pero en todo el mundo se juega sucio, pues son demasiadas las cosas en juego. La cadena Fox es la plataforma del Partido Republicano y es sorprendente la cantidad de brutalidades que ahí es posible escuchar sobre los adversarios del bando demócrata, incluyendo el Presidente en funciones (más si es Obama, de quien pusieron en duda incluso su nacionalidad). Pero hasta ahora nadie (ni siquiera Obama) ha cometido la torpeza infantil de lanzarse contra el medio pese a todas las injurias y difamaciones que sus rostros son capaces de emitir. Es cierto: las manipulaciones de El Mercurio y La Segunda pueden ser más sutiles, o si se quiere menos burdas que la realizada por el semanario que destapó el caso Caval, pero son igualmente efectivas si el propósito es horadar la popularidad y credibilidad de un personaje público y todo aquello que éste representa, más aún si promueve (o dice promover) reformas estructurales. El espacio que se asigna a un tema, el espacio que se le brinda a las voces críticas de Bachelet en comparación a sus partidarios, la calidad dispar de las fuentes consultadas en uno y otro bando, la selección de las mejores declaraciones en un sentido y las peores en otro, el tipo de fotografía, el empleo de ciertas palabras, la reiteración de otras, el titular, su ubicación editorial (en portada, o bien escondida); todo da cuenta de un ejercicio intencionado de la información. Recordemos nada más la portada de La Segunda luego del atentado explosivo en la estación del Metro Escuela Militar.

En suma, nadie se podría sorprender por el hecho de que algunos medios, en conformidad a su línea editorial y los intereses que defiende, actúen con claro sesgo político. Más bien han sido otros los que han equivocado el rumbo al prescindir de medios propios o afines, una imprudencia tan inexcusable como inaudita en cualquier régimen democrático que se precie de tal. No existe caso parecido. El propio Premio Nacional de Periodismo, Juan Pablo Cárdenas, nos cuenta en su libro testimonial “Un Peligro para la Sociedad” la manera sibilina en que emblemáticos personajes de la Concertación instalaron una nueva política comunicacional y decidieron sepultar aquellos medios que tanto habían hecho por recuperar la democracia. El objetivo era que nadie, ningún medio, hiciera olitas a la nueva política pro-inversión, que ojalá nadie dijera las pesadeces que el gran empresariado nunca está dispuesto a tolerar, que nada fuera obstáculo para un buen clima de negocios. Y vaya que lo lograron, al costo de deteriorar la salud democrática de la nación. ¿Será que prescindieron de medios propios pues sus nuevos puntos de vista coincidían con los puntos de vista de la derecha? Puede ser. Puede ser.  En ese escenario, tener medios propios perdió todo sentido.

Sin embargo, los partidarios de Bachelet han salido con una queja aún más infumable que la propia ética de Qué Pasa, y que va al tema de fondo: el hecho de que los medios que concentran las plataformas existentes sean de un solo color, un alegato que sorprende porque, nuevamente, ha sido una de las consecuencias derivadas de este grave cuadro de concentración de medios, algo nunca antes visto (repetimos también aquí) en otros regímenes democráticos. Ninguno de sus gobiernos ha movido un solo dedo por impulsar leyes que apunten a subsanar este vicio tan aberrante, tan nocivo para la calidad de una democracia, y nada han hecho tampoco por promover un sistema de medios más plural. Al revés: no ha habido gobierno que no se haya comportado de manera rastrera frente a estos mismos medios hegemónicos. Lo peor es que todos los gobiernos insisten en transferirle estos millonarios recursos a los medios grandes -todos ellos defensores de una mirada dogmática y fanática- por concepto de avisaje, al tiempo que han hecho todo por sabotear los intentos de otros por crear nuevos medios independientes. Independientes de verdad, sin injerencia ni arreglos con la Nueva Mayoría.

A ver si la Presidenta toma nota de lo que ha sucedido. A ver si la propia Concertación (o Nueva Mayoría) toma nota del enorme error histórico que ha cometido en materia comunicacional. Pero esto no ocurrirá. El propio Cárdenas ha dejado entrever una tesis nada delirante toda vez que nos explica bien el fenómeno: la Concertación, o Nueva Mayoría, tiene un pacto tácito con El Mercurio y Copesa. Es un entendimiento de naturaleza extorsiva, basado en la entrega de dinero por concepto de avisaje (en especial al primero) a cambio de que los medios beneficiados no inflen aquellos casos de corrupción que puedan involucran a los suyos. Y así se han ido, pasando y pasando… hasta que sale una revista y le juega chueco al gobierno.