Vandalismo y “crisis moral” de la juventud: el carepalismo de nosotros, los chilenos

Adultos y políticos chilenos nos escandalizamos con estos cabros de moledera. Decimos que quieren sólo derechos y no deberes, y sin embargo fuimos nosotros los que abonamos la irresponsabilidad al cambiar el voto obligatorio por uno voluntario, ensalzando lo privado y promoviendo el desprecio por lo público. Y le pedimos a los padres de esos chicos que paguen por la irresponsabilidad de no criarlos como corresponde, sin saber que se pasan todo el día trabajando para parar la olla, o arriba de una micro. ¿No fuimos nosotros los que sumergimos la Educación Cívica porque no la considerábamos muy importante? Sí pues. Parece que necesitamos pasas para la memoria.

Parte importante de la población miró con estupor la imagen del Cristo crucificado hecho pedazos, tirado en mitad de la Alameda. Y porque hablamos de un símbolo es que igual de simbólica se tornó la discusión orientada a explicarnos semejante expresión de violencia, con argumentos tomados con pinzas para ponerlo en su justa dimensión y evitar que los vivarachos de siempre utilizaran su efecto para tapar lo que ocurría a veinte cuadras de distancia: la rotura de una matriz de Aguas Andinas en el centro nervioso de Santiago, desperfecto que generó una alteración severa al funcionamiento de una metrópolis de casi 8 millones de habitantes. La sensación que quejó el vandalismo en la Iglesia de la Gratitud Nacional empeoró con los destrozos en el INBA, y el foco entonces cayó en ese grupo extraño para nosotros, los adultos, que creemos tenerla bien clarita.

Se dijeron muchas cosas sorprendentes, pero hay una que retrata como ninguna nuestra atávica hipocresía, la falta de reflexión crítica sobre los fenómenos que nos aquejan y la enorme desconexión con la realidad social del país. Y nos referimos a la idea de que los padres no han sabido educar a sus hijos, que han hecho dejación de su misión socializadora en lo que toca al debido traspaso de las normas éticas de comportamiento que hacen posible la sana convivencia, lo que ha dejado como producto, decimos nosotros sin pensar, un ejército de chicos malcriados que hacen lo que quieren y que son capaces -ya que están acostumbrados a hacer lo que quieren- de llevar una relación no sólo problemática con la propiedad pública y privada, sino que sumamente irrespetuosa con el espacio público que nos pertenece a todos. Lo dijo claro el diputado UDI Jaime Bellolio en una entrevista con canal 24 Horas.

El problema es que esos padres tan vilipendiados no han tenido oportunidad de ejercer esa autoridad, ya que (y el diputado Bellolio quizás lo sabe) pasan muy poco tiempo en casa. No es que les sobre el dinero para pagar unos preceptores que queden al cuidado de esos hijos. Casi un tercio de esos trabajadores chilenos, según destaca la Fundación Sol, debe endeudarse en un supermercado. La mayoría trabaja más de ocho horas diarias en pos de obtener un ingreso extra, y otros tantos se ven obligados a hacer más de un trabajo porque los sueldos son misérrimos. Pero ojo: esto en la eventualidad de que finalmente les sean pagadas esas horas extraordinarias, porque en Chile los patrones pueden hacer que sus dependientes entreguen más de sí no ya para mejorar los números en su próxima liquidación de sueldo, sino para que mantengan el empleo, como dijo una investigadora de la Fundación Sol, Karina Narbona, en una nota anterior.

Para ello sería fundamental una reforma que alivie de verdad la precarización del trabajo. Sólo así podríamos pedirle una paternidad más responsable. Quizás ahí está la consigna: “Mejoremos el empleo para evitar que proliferen los cabros descarriados”. ¿Sabrá el diputado Bellolio que hay hogares monoparentales, casi siempre dirigidos por mujeres que no cuentan con la colaboración del padre ni con otras redes de apoyo? ¿Lo sabrá?

Cuando se ha minado el valor de la educación y salud públicas, el transporte público, la labor del servicio público, el sentido de comunidad y la colaboración, contrastando abiertamente con el ensalzamiento de la competencia descarnada, el valor de lo propio y el codazo trepador…  ¿Por qué extrañarse ante el hecho de que estos jóvenes no sientan respeto alguno por el espacio público o la propiedad ajena?

Sería bueno que el diputado además se entere de que muchos de esos padres se pasan dos o tres horas diarias (o más) en un transporte público desquiciante, sin mencionar que un número importante de santiaguinos (los más desfavorecidos, desde luego) se ha visto obligado a residir en la periferia, ahí donde no hay servicios, debido a la extensión irracional de la ciudad, todo ello motivado (no podía ser de otra manera) por la especulación inmobiliaria en el mercado de suelos y la galopante corrupción municipal. ¿Lo sabrá el diputado? ¿Sabrá que aquí también hemos preferido el negocio a la familia? Sería un buen lema: “Evite niños malcriados: que los papás destinen tiempo que pasan arriba de la micro en educarlos”.

El nulo valor de lo público

Es decir, resulta que ahora los chilenos ya no sólo deben ser héroes, sino además deben ser magos.

Pero lo que sinceramente llama la atención de las palabras del diputado gremialista es su diatriba al escaso respeto de los jóvenes a la propiedad pública y privada. En realidad todos nos quejamos de lo mismo. Curioso que ahora los representantes de la clase política se sorprendan de ello cuando, subsidiariedad mediante, se han pasado décadas desprestigiando el valor de lo público. Cuando se ha minado el valor de la educación y salud públicas, el transporte público, la labor del servicio público, el sentido de comunidad y la colaboración, contrastando abiertamente con el ensalzamiento de la competencia descarnada, el valor de lo propio y el codazo trepador…  ¿Por qué extrañarse ante el hecho de que estos jóvenes no sientan respeto alguno por el espacio público o la propiedad ajena? Si tanto nos preocupa el respeto por el espacio público, ¿qué hemos hecho entonces para sacar a dos millones de perros vagos diseminados en calles y zonas rurales? ¿Eso no es más grave aún dado el carácter de atentado a la salud pública que supone semejante irresponsabilidad?

Rayados y vandalismo en el espacio público como canal de expresión callejera.
Rayados y vandalismo en el espacio público como canal de expresión callejera.

Sorprende, además, tanto jaleo cuando hemos destruido el valor de la educación cívica, un ramo que debería ser repuesto en aras de valorar el respeto y la sana convivencia y para aprender el funcionamiento de las instituciones que hemos dispuesto para nuestro desarrollo y para solucionar nuestras diferencias. “Es que piden muchos derechos y no quieren asumir deberes”, dicen los políticos de lado y lado. Señores, señoras: han sido los políticos, y los propios ciudadanos que les hemos dado los votos, los que han liberado de responsabilidades a los ciudadanos precisamente para que nada pidan. Un ejemplo de ello es el fin del voto obligatorio.

Por último, hay otros que, confrontados a estos argumentos, responden que, independiente de las causas, ha quedado demostrado que hay personas que no están preparadas entonces para encarar el enorme desafío de ser padres. Volvemos a lo mismo: ¿Sabrán, al menos los que coinciden con el diputado Bellolio, que en Chile hemos sido incapaces de articular un buen programa de educación sexual en el sistema escolar gracias a la tenaz oposición de una minoría? ¿No ha sido la UDI, el partido del diputado Bellolio, el que más se ha opuesto a programas públicos de prevención del embarazo? ¿Lo sabrá?