Tips para progresistas: Cómo propiciar una mayor aceptación a los migrantes

La inmigración genera tensiones, desata sentimientos atávicos y tribales entre quienes se sienten amenazados por la llegada de extranjeros, e indudablemente produce efectos en el mercado laboral de países subdesarrollados al aumentar la oferta de trabajadores no calificados. ¿Es culpa de los trabajadores extranjeros que exista esta suerte de “competencia desleal”? En absoluto; es culpa de los que los explotan, que son los mismos que explotan a los locales. Sin embargo, el debate en torno a este fenómeno se aplaza por temor a las acusaciones de xenofobia, restándose así la debida honestidad intelectual que precisa el tratamiento de este tema no tanto para convencer a los xenófobos (a ellos no les importa la verdad), sino para ordenar a las propias huestes progresistas con una batería de argumentos sólidos y consistentes. 

“La inmigración siempre es positiva”, “la inmigración y la multiculturalidad enriquecen a los países de acogida”, “la inmigración no es un problema, sino una gran oportunidad…”

Tantas son las frases que a menudo se lanzan en defensa de la migración y de una política de puertas abiertas que muchos se preguntan por qué países de larga tradición de acogida, en especial los ubicados en los grandes centros financieros y productivos del mundo, han optado por endurecer sus políticas de ingreso. La explicación reside precisamente en lo absoluto de tales argumentos, los que muchas veces no encuentran correlato en un contexto de globalización (con sus luces y sombras, con sus triunfadores y sus olvidados) mucho más complejo y lleno de matices.

¿Es positiva la inmigración? Sí, pero…

Todo fenómeno o proceso social comporta una cara menos grata, una que se oculta por pura corrección política, y en este caso particular por el temor a ser tachados de xenófobos. La discusión luce pletórica de mitos, medias verdades e inexactitudes, muchas de ellas diseminadas por un progresismo que tiende a crear diagnósticos a partir de las buenas intenciones, olvidando que un fenómeno como el que nos ocupa exige un trabajo permanente por parte del estado en aras de extraer aquellos elementos que verdaderamente contribuyan a beneficiar al migrante y a enriquecer a la sociedad de acogida, al tiempo que pueda mitigar aquellos efectos negativos (que también los tiene). La única afirmación absoluta en esta materia es que ya no hay marcha atrás: la migración es una realidad imparable en el mundo de hoy. Nadie puede esperar que circulen los capitales y no lo hagan las personas.

Equivocando los argumentos: lo banal por sobre lo humanitario

Acaso las grandes tragedias de nuestro tiempo no sólo se explican por la acción decidida de los violentos y la omisión de los justos. Flaco favor a la humanidad también le ha hecho la ingenuidad del progresismo, o derechamente su desempeño irresponsable a la hora de escoger los argumentos que ha de utilizar como artillería en el debate cultural, que es donde se libra la batalla ideológica de fondo.

El desempeño discursivo del progresismo se advierte aquí muchos más irresponsable, indolente y frívolo, echando mano a argumentos que al final terminan siendo funcionales a las pulsiones xenofóbicas de quienes creen, de manera absurda, que es posible frenar un fenómeno consustancial a la especie humana, cual es precisamente la migración. Nada ni nadie, ni un régimen ni un muro, pueda ponerle grilletes al espíritu humano en su afán por encontrar mejores horizontes y regalarse -a sí mismo, pero también a sus seres queridos y descendientes- un futuro mejor. Dicho lo anterior, el progresista debe prescindir de los argumentos que poco ayudan a dimensionar el aporte que puede realizar un extranjero que llega a Chile en busca de mejores horizontes, y es hora de que haga a un lado la corrección política que no hace más que ocultar los comprensibles temores que esta nueva presencia genera en una población poco educada en la diversidad.

Primera urgencia: dejar de creer que aquellas personas que recelan de los extranjeros son imbéciles desalmados poco predispuestos a las transformaciones globalizadoras; gente campechana, poco cosmopolita, egoísta y poco empática. Esa persona (la señora Juanita que, como tan agudamente decía el escritor Pablo Torche en una lúcida columna, reacciona al ver cómo cambia su barrio de manera tan abrupta) es en cierta medida víctima de nuestra insularidad cultural y de una industria de medios que, como única fuente de información, estereotipa en razón de las características físicas de las personas y del lugar de origen.

La difusión de una cultura racista viene de largo, pues desde siempre se nos ha transmitido la idea de que lo blanco es positivo y deseable. La razón es que aquellos países donde abunda el fenotipo blanco suelen ser representados como lugares donde impera la civilización y el estado de derecho, y donde además es posible encontrar un alto estándar de vida, mientras que lo negro o indígena, por el contrario, es propio de lugares desangrados por la guerra, con bajos indicadores de desarrollo humano y altos niveles de corrupción. En suma, el chileno teme (erróneamente, por cierto) que su espacio inmediato degenere en el caos y la miseria con la presencia de estos extranjeros negros o marrones. Por eso suele decir que la inmigración es sinónimo de “importar pobreza”. Esto es consecuencia de una cultura colonial que toma tiempo erradicar, una cultura racista de la que el estado chileno no se ha hecho cargo con la debida premura. Sólo observamos un trabajo consistente en ciertos municipios del país o, más específicamente, de Santiago.

El único argumento posible es que todos debemos abrir, por una cuestión de humanidad, las puertas de nuestro hogar llamado Chile a todos quienes, de manera honrada, necesitan regalarse una vida y un futuro, del mismo modo que tantos países han abierto sus puertas a casi un millón de chilenos.

No es tiempo de tolerar más tonterías. Que nadie mida el aporte del inmigrante en función de los ingredientes que pone en una cacerola, o de las palabras que éste aportaría a un léxico local que se caracteriza por su pobreza. Decir que la presencia de migrantes latinoamericanos dará “color” y “sabor” a nuestros modos (un tanto grises, lo sabemos) parece una nimiedad respecto de otros atributos que urge incorporar en el carácter nacional: solidaridad, rigor en el trabajo, honestidad, etc. Es preferible un tipo gris y un tanto apático pero solidario, y no un sujeto de aspecto simpático al que poco le importa lo que suceda con el prójimo. De esto último América Latina puede dar verdadera cátedra. En suma, son otros los rasgos los que debemos ensalzar respecto del migrante, como su resiliencia y perfil de emprendimiento.

La urgencia de la inducción

Chile debe actualizar su ley de extranjería y aceptar la idea de que es un país de acogida. Punto. Urge implementar, asimismo, un trabajo de educación que vaya en dos sentidos, y que parta por propiciar el conocimiento y el reconocimiento mutuo, así como la creación de instancias orientadas a mediar en los conflictos barriales dadas las diferencias propias de cada idiosincrasia. De esa manera los chilenos entenderán que sus nuevos vecinos son trabajadores y honrados, al tiempo que a los extranjeros bien les convendría ser reconocidos por sus vecino nativos a efectos de acelerar su inserción social y habituarse a los usos y costumbres locales. Este trabajo de inducción, en el que deben participar aquellos extranjeros que ya forman parte de nuestra sociedad, puede ayudar a prevenir los roces de convivencia que actualmente observamos en ciertos barrios de Santiago.

Es fundamental, por poner un ejemplo, que los extranjeros entiendan que la fiesta en Chile empieza y termina en la misma noche, y no al cabo de tres días; que aquí no es bien visto coimear a la policía (en otros países de América Latina aquello es cosa corriente y legítima), que en cierta medida las instituciones funcionan (claro, no tan bien, pero funcionan para que al menos no nos matemos entre nosotros), que está mal prestar dinero de manera informal a tasas usurarias y golpear al que se retrasa en el pago, o arreglar las diferencias por medio de la violencia. El paso de cebra debe ser respetado por el conductor de un vehículo; quien vira siempre pierde la preferencia, no importa si el otro es un peatón; la conducción bajo la influencia del alcohol es algo que cada vez se tolera menos. El secuestro extorsivo es un delito que reviste la máxima gravedad y, por ende, genera un fuerte rechazo en la población. El extranjero que llega debe entender que tendemos a hablar bajito y poco en conformidad a una idiosincrasia menos estridente, con lo bueno y lo malo que eso implica, guste a quien le guste. ¿Debe el extranjero hablar poco? No. Simplemente debe comprenderlo.

Actualización del debate: enchufarse en las nuevas tendencias de políticas migratorias

Es recomendable recordar que el modelo multicultural surgido en Europa fue declarado muerto por los principales gobiernos de ese continente debido a los graves problemas que éste generó en décadas de implementación. Este modelo, que se impuso al asimilacionismo francés (sintetizable en la frase “quien quiera vivir en Francia debe vivir como francés”), consiste en que el país de acogida respeta los usos y costumbres foráneos a fin de hacer menos traumática la adaptación de la comunidad migrante. Esto generó tensiones no sólo entre los locales y los extranjeros, sino entre las propias comunidades de migrantes. La canciller alemana Angela Merkel sostuvo que este modelo, desarrollado en la Alemania de los ’50 y ’60, se basaba en la firme creencia de que los trabajadores (especialmente turcos) retornarían a sus países de origen en algún minuto. Pero al final nada de eso ocurrió.

Gran Bretaña llegó a experimentar un aumento en los crímenes de honor en contra de mujeres a las que se les acusaba de no observar debidamente la fe musulmana, y registró, al igual que Alemania, la creación de verdaderos cuerpos policiales paralelos para asegurar el fiel cumplimiento de la Sharía (ley musulmana), lo que era extensivo no ya sólo a los musulmanes que habitaban determinadas áreas de las ciudades, sino a todo aquel que viviera o transitara en él, independiente de su credo. Se creaban así bolsones territoriales ajenos al estado derecho. Verdaderos estados dentro del estado.

Esta situación, lejos de facilitar la deseada inserción de esos colectivos, les confirió un margen de independencia que los llevó a cuestionar las bases mismas del estatuto liberal y laico propio de los estados de acogida. Es más: en Suecia muchos creyeron tener el derecho de no enviar a sus hijos al colegio (en especial a las niñas, tal como se estila en las zonas rurales de países como Pakistán), situación que atenta contra la debida formación intelectual y ciudadana de una persona cualquiera, independiente de su sexo, origen y clase social, derecho consagrado y garantizado en una constitución como la sueca. La agresión en contra de homosexuales, el rechazo a expresiones culturales trasgresoras que, nos gusten o no, son constitutivas de las libertades de occidente, terminaron por disparar la xenofobia en países como Holanda, que tuvo a la ultraderecha a un paso del triunfo en los comicios generales.

El caso es que la urgencia terminó imponiendo un nuevo modelo, aún en desarrollo, al que muchos han dado por llamar la “interculturalidad contractual”, que consiste básicamente en que la sociedad receptora garantiza todos los derechos de los migrantes (partiendo por el derecho conservar su cultura y a ejercitar su confesión) pero obligando al solicitante de la residencia el respeto irrestricto a las normas del país receptor y a todos los estilos de vida que ahí se desarrollen, por más incomprensibles o chocantes que pudieran parecer ante sus ojos. Es un contrato que implica deberes y derechos en idéntica medida, y establece castigos para el que falta a ese contrato.

Mitos del progresismo

Pero desmontar mitos ajenos y criminalizadores propios del fascismo (“los mexicanos inmigrantes son violadores y traficantes”) no implica permitir que el progresismo levante otros tantos. Por de pronto, no es cierto que la diversidad sea una condición positiva en sí misma, aun cuando puede llegar a serlo en la medida que se desarrolle un trabajo consistente que apunte a impedir que la sociedad receptora se convierta en una suma de guetos, que es más o menos lo que se observa en un país como Chile, donde el estado hace total dejación de sus deberes pues confía que todo lo resuelva la relación oferta-demanda. El déficit habitacional, que ha redundado en la emergencia de verdaderas “favelas” (el caso de Antofagasta), es muy ilustrativo.

En otras palabras: si la diversidad étnica y cultural fuese una fuente de inagotable riqueza en sí misma, Yugoslavia o Ruanda serían paradigmas en la materia, y no dos países (uno de ellos ya desapareció) ensangrentados por sendos genocidios. Lo que garantiza crecientes niveles de prosperidad en una sociedad es el grado de cohesión que ésta alcanza, y eso se logra a través de un contrato social legitimado por las grandes mayorías y por un proyecto de país consensuado y convocante. Demás está decir que esto se consigue tanto en sociedades homogéneas como en sociedades heterogéneas. Persistir en este argumento, una vez que haya sido expuesto y desmentido por los adversarios a la diversidad, sólo contribuye a debilitar todo el cuerpo argumentativo restante.

Debemos, asimismo, hacernos cargo de ciertos elementos que perturban a los trabajadores locales allí donde se ha observado un incremento en el flujo migratorio. No es casualidad que las organizaciones monetaristas (el FMI, el Banco Mundial, etc.) que velan por los intereses del capital vengan ahora a pedir por una política de puertas abiertas. Desde luego no es una solicitud que echa raíces en la solidaridad hacia los depauperados trabajadores haitianos o dominicanos, sino en la posibilidad de conseguir el tan anhelado estancamiento de los salarios. De este modo, sería bueno relativizar aquella afirmación que indica que toda inmigración es buena, al menos si no hemos sido capaces de adoptar las medidas que eviten el abuso sistemático y masivo de los derechos laborales. Con la actual supremacía del capital por sobre el trabajo, sería conveniente aclarar que tal aseveración corre para el empresario, no tanto para el trabajador local que se desempeña en un modelo productivo de baja calificación, y que de un día para otro se ve obligado a competir con trabajadores advenedizos dispuestos, por desesperación, a ser explotados en múltiples formas.

No por nada la mano de obra en Gran Bretaña experimentó una significativa disminución de sus costos precisamente por el aumento en la oferta de trabajadores. Fue acaso el único argumento serio y poderoso de los que estaban a favor de la salida de la Unión Europea (Brexit), aunque lo cierto es que la “competencia desleal” proviene de países extracomunitarios. El economista de la Fundación Sol, Marco Kremerman, decía en el programa Modo Termómetro una verdad enorme: la misión ahora es reformar la legislación a fin de prevenir y sancionar con severidad tanto la informalidad como los abusos en contra de estos trabajadores, por lejos los más vulnerables del mercado.

Asimismo, un progresista no debe permitir que se apunte al trabajador extranjero como culpable del deterioro del mercado laboral, sino señalar a aquellos que se aprovechan de su desesperación para despojarlo del valor que genera su trabajo. El empresario es el culpable. Jamás un hermano, de por sí víctima del capitalismo financiero global, que ha venido hasta acá para ganarse el pan con el sudor de su frente. Por lo demás, no todos los migrantes llegan con la aspiración de trabajar. Muchos vienen con la idea final de emprender.

Tampoco resulta útil afirmar, al más puro estilo de un economista partisano de derechas, que la oferta y la demanda del mercado bastará para regular el flujo migratorio. La crisis europea, y la consecuente reducción de puestos de trabajo, no detuvo la llegada de inmigrantes. La explicación es sencilla: basta que el país de destino se encuentre un poco menos mal que el país de origen para que siga siendo una alternativa atractiva para vivir.

En suma, el llamado al mundo progresista es simple: a ponerse serios y dejarse de tonterías, que hay muchos extranjeros valiosos dispuestos a enriquecernos como país (aunque eso pase por empobrecer al país emisor… ojo).