Sobreviviendo a Ricardo Lagos: Chile antes y después del ex Presidente

Ricardo Lagos ha muerto (políticamente hablando). Pero algunos creen que la necrológica de su figura política no puede ser excusa para basurear a sus críticos. En tal sentido, una respuesta contundente no sólo exige destacar esos groseros errores que contribuyeron a degenerar el sentido de la política (reduciéndola a una disputa por el control burocrático del país inspirada en la sobrevivencia laboral de sus cuadros), sino también a resaltar el trato prepotente que brindó a quienes votaron por él y su nulo esfuerzo por dignificar el sentido de lo público a efectos de contrarrestar el discurso hegemónico neoliberal.   

*Por Roberto Bruna

Soy una persona que, por lo general, procura ser respetuosa de los duelos ajenos, incluso de aquellos que son puramente simbólicos. Me parece comprensible que el adiós de Ricardo Lagos Escobar suma en un estado de convalecencia a muchos que crecieron agarrados de su faldón, y que al tiempo maduraron en lo profundo de la Transición agarrando buenas pegas ministeriales o una agregaduría cultural en un bello país de Europa. Y las becas, claro; las infaltables becas en universidades del mundo desarrollado, el pituto para desembarcar en una empresa perteneciente a un grupo económico, de esas que destacan por sus bajos niveles de innovación y productividad. Los que lloran hoy son los mismos operadores políticos e intelectuales que lograron tejer una extensa red de poder y contactos mientras engordaban en el Liguria a punta de wiskachos y ricos sánguches de carne mechada.

En los últimos días algunos han tenido a bien hacer, en clave autobiográfica, una testificación laudatoria de su legado. El director de The Clinic y Cristián Warnken están en su derecho a hacerlo. No soy un obtuso que negará el rol clave que jugó Lagos en Dictadura. En realidad, yo iba a morir pollo respecto a su retiro (el PS sólo vino a extenderle el certificado de defunción), pero ya no me parece aceptable que el comprensible plañido de su grey devenga en vehículo para difamar, deslegitimar y amenazar a aquellos que, como yo, nos acogemos al sagrado derecho democrático a disentir respecto de su figura y a expresar una crítica directa sobre su obra. Todos los panegíricos escritos en los últimos días destacan por negar el sano ejercicio tendiente a buscar liderazgos nuevos en la izquierda y renovar el proyecto político del sector.

A comienzos de los ’80 tuve conciencia de mi vida y de lo que ocurría en el país que habitaba. Tenía claro que los milicos mataban a sus opositores, que los torturaban, que los expulsaban del país y les quitaban la nacionalidad, y que incluso eran capaces de hacerlos desaparecer tal y como estilan hacer las mafias, que operan (he ahí la necesidad de ocultar los restos) con plena conciencia de su naturaleza criminal. En esa etapa de la vida es natural tener ídolos. Como era fanático del fútbol, admiraba a las estrellas de mi equipo favorito: al Chano Garrido, Simaldone, el Negro Vasconcellos, el Chino Caszely… A poco andar me di cuenta de que pertenecía a ese grupo de chilenos que contaba con un padre en casa, esa figura casi decorativa a lo largo de la historia patria. Admiraba mucho a mi padre. Al tiempo mi padre me hizo conocer a quien, con el pasar de los años, emergería como un superhéroe de carne y hueso presto a dar cara a los malvados que nos oprimían (milicos y civiles) y que perpetraban, al mismo tiempo, el mayor expolio de la historia.

Ese superhéroe era Ricardo Lagos Escobar, cuya voz profunda emergía con regularidad en el “Improvisando”, un programa de debate de radio Chilena, para denunciar la naturaleza atrabiliaria y abusiva del régimen, la sevicia económica hacia los trabajadores y los desheredados, su predilección por el saqueo. Ricardo Lagos, hombre culto y preparado, vivaz y pertinaz, tan asertivo como certero, siempre convencido y convincente, decía todo lo que mi padre hubiera querido decirles a los que detentaban el poder. Mi padre lo admiraba. Y si aplicamos la regla de tres (considerando mi admiración por mi papá), era obvio que también yo admirase a don Ricardo. Uno de los momentos más memorables fue aquel cuando apuntó a Pinocho con el dedo. Yo lo vi en directo.

Para mí fue muy lamentable que perdiera en la senatorial de 1989. Me cayó pésimo que su cupo, producto del binominal, quedase en manos de Andrés Zaldívar. No podía comprender que Lagos se inclinara ante un sujeto al que la CNI le había volcado un balde con caca. Lagos, en cambio, había sido detenido luego de que fracasara el ajusticiamiento de Pinochet. Otra cosa.

En los ’90 fue ministro de Educación, luego de Obras Públicas. A poco andar se escuchaba con insistencia que éramos unos “jaguares” y otras tonterías por el estilo. Mi papá y yo no veíamos que el nuevo gobierno avanzara mucho en desmontar la basura que nos había dejado la Dictadura. Me tocó padecer la mercantilización educativa en democracia al tener que pagar enterito el arancel. A decir verdad, de Aylwin y Frei nunca esperamos nada. Ni de ellos ni de los personajes que parecían dictar el curso de la naciente democracia; muchos de ellos eran sujetos cuyas soflamas en los años que precedieron al Golpe, dicho sea de paso, tornaron aún más procelosas las aguas de la política chilena al punto de hacer naufragar el proyecto de transformación social más profundo que haya emprendido el pueblo chileno, pero que, una vez retornados del exilio, tuvieron el olfato para botar esas banderas rojas que, con tan irresponsable vehemencia, agitaron durante la Unidad Popular.

Ricardo Lagos no. Por entonces yo todavía pensaba que Ricardo Lagos estaba más allá del bien y del mal. Pero vino la detención de Pinochet en Londres. Ese hecho vino a revelar no ya sólo la debilidad de los civiles frente a la derecha y la “familia militar”, sino que también venía a confirmar una conversión ideológica masiva que propiciaba un margen de comprensión y tolerancia respecto a las brutalidades del régimen y ponía en relieve la necesidad de una amnesia colectiva en aras del crecimiento económico. La actuación de Lagos no fue la ideal. Lo sé. Pero algún día, pensaba yo, sería Presidente y comenzaría a poner las cosas en su lugar.

Nada de eso ocurrió. Puedo entender que el tipo tuvo que ser pragmático puesto que le tocó asumir en un marco de crisis económica, con decrecientes niveles de aprobación hacia el conglomerado oficialista (la gestión de la crisis asiática por parte de Frei había sido lamentable). No podemos excluir de esta ecuación la existencia de una camisa de fuerza constitucional. Nunca esperé, sin embargo, que mi héroe de la infancia profundizara el modelo y extendiera el radio de acción del capital hacia sectores tan importantes para el futuro del país. Para peor, me descompuso el hecho de saber que Lagos se resistía a recibir a los familiares de las víctimas de la Dictadura cívico-militar.

Al igual como hacían todos los conversos, Lagos también parecía destacar el lado bueno de la “modernización capitalista” (si por “modernización capitalista” se entiende un giro cultural que echa raíces en la mera expansión del consumo y la masificación del crédito). En cierta medida, y aunque ellos lo nieguen del mismo modo que un alcohólico niega su adicción a sus seres queridos, Lagos y todo ese mundo acabó plegándose al universo derechista más ciego y fanático. A juzgar por los parches que introdujo a la Constitución, y remitiéndonos al hecho de que las personas hablan más a través de sus actos que a través de su boca, el mundo concertacionista consagraba su creencia en que la libertad económica es lo único que importa, y que incluso es más importante que la libertad política, la que puede ser sacrificada en aras de la primera tal y como afirmaba el mismo Federico Hayek (sin la última es imposible de que exista la primera, por cierto). La sola tesis de la “modernización capitalista”, con la que tanto jode la pita Carlos Peña, no es más que una reducción de la libertad a un acto de consumo, algo muy propio de una derecha cerril, irreflexiva, delirante y poco atenta a la realidad social que se desarrolla fuera de su área de confort.

Para mí Lagos pasó a representar a toda esa banda. A Tironi, Brunner, Correa, Garretón, Estévez, Marfán, Armanet  y otros tantos. Páginas y páginas se han escrito sobre sus gazapos: el Transantiago, un Plan Auge que acentuó el drenaje de recursos fiscales, la locura del CAE (entrar a garantizarle las utilidades a empresarios de la educación ya me parecía infumable), los generosos contratos celebrados con las concesionarias, el Transantiago y otras políticas públicas cuyas terribles consecuencias desmienten, de facto, una de las pretendidas virtudes del ex mandatario: su visión de futuro, su poder de anticipación. En Lagos se advertía ese complejo que siente el exsocialista que, avergonzado de su historia personal, desea simpatizar con los empresarios, a los que incluso les regaló el fútbol.

Lo de Lagos era decepcionante, es cierto. Pero hay algo que me marcó mucho más, y que gatilló en mí un sentimiento de rechazo a su figura: el trato siempre despectivo e insolente hacia personas de pobre condición; a los más modestos, los más humildes, a los que dejaban los pies en la calle dando la lucha por un país menos injusto; sindicalistas, ambientalistas, mapuches, pobladores, también los trabajadores comunes y corrientes, pensionados, dueñas de casa… ¡Toda esa gente que le había dado el voto, y que había depositado en él su esperanza en un país mejor! Mi impresión del sujeto hubiera sido distinta de haber presenciado igual desplante ante los empresarios (me parece que está mal decirles “empresarios”, porque nunca emprenden nada). ¡Pero no! Ante ellos fue sólo genuflexión y reposo, complacencia y sosiego, voz baja y servilismo, salvo con los empresarios microbuseros que bloquearon las calles de Santiago, los que no lograron gozar la ya clásica impunidad empresarial sólo porque carecían del abolengo y el buen gusto que se exige el ingreso a Casa Piedra (por cierto: Lagos despenalizó la colusión). Fresco en mi retina permanece el apaleo verbal a los estudiantes y su menosprecio, por ejemplo, a la causa de “los famosos cisnes”, tal como se refirió a los animales que murieron por la contaminación de las aguas del Río Cruces por parte de la empresa Celco, del grupo Angelini.

Pero eso es que resultó desopilante verlo asumir como comisionado de los asuntos ambientales de Naciones Unidas. Lagos se convertía en un invento global gracias a las redes de contactos de las que goza el poder financiero. Le sobran publicidad y las lisonjas de los rastreros y oportunistas que formaron parte de su “proyecto histórico”.

El paso de los años proporciona un catalejo que permite mirar en perspectiva una gestión presidencial desastrosa para el futuro de la república, pero muy conveniente para el crecimiento y el poder económico. Hoy nos parece increíble el nivel de popularidad que consiguió nada más dejar La Moneda. Para muchos, Lagos llegó a convertirse, a punta de reprimendas, en el papá sustituto de todo Chile. Ojo: no el padrastro maltratador que yo creía ver, sino el papá postizo que venía a redimir a todo ese ejército de chilenos con padres ausentes y lejanos.

Que nadie se engañe: Lagos, en tanto referente y emblema de la Concertación, hizo muy poco en pos de contrarrestar ese barbárico desprecio por lo público, el mayor triunfo cultural de la derecha conservadora (llamada en Chile “neoliberal”). Nada hizo por dignificar la educación pública, la salud pública, la vivienda pública y el transporte público; nada hizo por culturizar a la sociedad chilena en el respeto al valor del espacio público. Ya no me extrañaba que se le restara valor a la educación cívica, uno de los gérmenes de la severa crisis cultural que padecer el país en su conjunto. Con todos estos antecedentes, ¿alguien puede sorprenderse de que hoy, con 22 mil dólares per cápita y un 13% de pobres, haya un número considerable de personas que juzguen necesario boicotear un Censo, que escupan en la calle como si tal cosa o que vandalicen mobiliario urbano y la propiedad de otras personas? ¿Alguien puede sorprenderse de que algunos incluso crean legítimo ganarse unos pesos descargando escombros en sitios eriazos o plazas, y que otros tantos arrojen basura en la calle con total impudicia?

Hay quienes prefieren olvidar que Lagos se sumó a la ola demagógica de la transición tardía que empezaba a destacar las bondades del voto voluntario, cuya aprobación en el congreso tenía por objeto lograr que los chilenos, a cambio de esta “libertad de elegir”, se abstuvieran de pedir derechos. ¿Que acaso no son ellos mismos quienes dicen que los derechos se otorgan a los ciudadanos en la misma medida que éstos asumen nuevos deberes? Pues bien… ahí está la respuesta.

Ni la negativa de Lagos a apoyar la guerra de rapiña contra Irak mejora su imagen a ojos de sus críticos. Mucho menos podría lograrlo el ratonil royalty a la minería que ideó durante su gobierno, mientras hacía todo tipo d egestiones para echar a andar el controvertido proyecto Pascua Lama. Lagos no es una desilusión. No, es peor que eso; es más bien un fraude, una estafa política colosal sólo comparable al gobierno de González Videla. Por ende, lo último que quiero es que se acuse a sus críticos de hacerle el juego a la derecha cuando ellos han hecho tan buen trabajo reforzando las vigas maestras del modelo. Ya es suficiente tener que escuchar el discurso de sus hagiógrafos que, tan majaderos como previsibles, dan cuenta del luminoso legado concertacionista: que Chile tiene los famosos 22 mil dólares per cápita, que el 13% de pobres (¿o era el 12%? En fin, qué más da), que los indicadores de Chile en la encuesta de la felicidad y tantos otros “datos duros” presentes en la batería de argumentos que le son tan propios al mundo tecnocrático y monetarista.

Para fortuna de Chile, Lagos Escobar ya no podría seguir viviendo a cuenta de su dedito. Ese crédito se agotó hace mucho tiempo, pero él no se había enterado. En su parnaso no se oye la vociferación callejera. Cómo se te ocurre que don Ricardo estaría para semejante ordinariez.