Por culpa de las SADP pasarán décadas antes de tener una Roja como ésta

Hinchas chilenos en el Estadio Nacional (foto de KennoJC-Flickr)

La denominada “generación dorada” fue fruto exclusivo de un sistema de Corporaciones de Derecho Privado sin fines de lucro que, con todas sus grandezas y miserias, fue capaz de producir un grupo de jugadores notables y de nivel internacional. En más de una década de implantación del nefasto y corrupto sistema de Sociedades Anónimas Deportivas, en cambio, los clubes no han sido capaces de producir ni un solo jugador destinado a transformarse en relevo de los cracks que nos dieron dos Copas América.

*Lautaro Guerrero

Se cayó el biombo. La alfombra bajo la cual se ha venido escondiendo desde hace años la basura que barre el fútbol chileno, se llenó de agujeros tras la eliminación de la Selección Chilena para el Mundial de Rusia 2018 y ya no sirve para ocultar la mugre. Sin esa Roja ganadora y exitosa, el mejor escudo que hasta aquí habían tenido las Sociedades Anónimas Deportivas para soslayar su impronta nefasta y corrupta evidenciada durante más de una década, las regencias de la ANFP y de los clubes nacionales han quedado definitivamente desnudas.

El fracaso de la Roja en las clasificatorias los tiene, lógicamente, doblemente preocupados. Porque se les acabó la “gallina de los huevos de oro”, pero además porque el “pan y circo” será como nunca pobre para seguir engañando incautos.

¿Qué hacer ahora, que ya no estarán los millonarios ingresos esperados? ¿Cómo afrontar lo que viene, cuando en todos estos años estos señores sólo se han preocupado de engordar sus bolsillos pero sin hacer nada por el progreso y el desarrollo del fútbol chileno?

Lo que se dio en llamar “la generación dorada” de nuestro fútbol llegó tristemente a su fin. Sus integrantes seguirán activos, desde luego, pero teniendo ante sí exclusivamente un horizonte individual. En otras palabras, en sus respectivos clubes podrán seguir aspirando a los triunfos, a los títulos y a esa recompensa económica que les puede asegurar la vida a varios; pero sin compromisos de fuste por delante, sin esos grandes desafíos a los que se habían acostumbrado, quedarán vacíos de revivir esa epopeya nacional de la que fueron protagonistas principales y que los elevó a la categoría de ídolos, cuando no de próceres.

Iluso sería pensar en alguno de esta generación dorada como carta probable para Qatar 2022. Ni siquiera para la Copa América de 2019. Los años no pasan en vano. Y aunque muchos siguen plenamente vigentes, está claro que la curva del inevitable descenso camino al ocaso a varios los alcanzó ya en estas clasificatorias de triste recuerdo.

La velocidad ya no era la misma. La fuerza y la potencia física, tampoco. Y, tal vez, hasta el “hambre” de triunfos y de títulos ya había disminuido luego del logro de dos Copas América realmente brillantes.

Parafraseando el tango “Sur”, de Homero Manzi, a estos muchachos ya nunca más volveremos a verlos como alguna vez tuvimos la fortuna de observarlos, pletóricos de satisfacción y orgullo tras décadas y décadas de frustraciones constantes.

Lo peor es que todo indica que de aquí en más, y no sabemos bien por cuántas décadas, sólo encontraremos refugio en la nostalgia y en el desempolvar recuerdos. Simplemente porque el sistema de Sociedades Anónimas Deportivas, imaginado por la fructífera y brillante mente de Sebastián Piñera cuando se trata de oler negocios y dinero, fue traducido prestamente en proyecto de ley acogido con bombos y fanfarria por el gobierno de quien, supuestamente, se encontraba en sus antípodas ideológicas: el socialista Ricardo Lagos. Y ocurre que el sistemita este ha resultado no sólo todo un fiasco desde el punto de vista deportivo, sino una expresión del todo nefasta y, lo que es peor, absolutamente corrupta.

El fútbol era una de las pocas actividades de este país (quizás si la última), que moviendo dinero no había caído aún en las voraces fauces de aquellos que, bajo el paraguas de la dictadura, se habían apropiado ya de la previsión, la salud, la educación y de más de 700 empresas estatales compradas a precio de huevo.

Y no es que se les “hubiera ido”. No es que desdeñaran el fútbol como un productivo negocio. Si así hubiera sido, el señor Piñera no habría gastado horas valiosas de su tiempo para pergeñar una ley que implantara el sistema de Sociedades Anónimas Deportivas para dejar atrás el de Corporaciones de Derecho Privado sin fines de lucro. Se sabe: el candidato de los empresarios y banqueros no es de los que dan puntada sin hilo

¿Dónde estaba el dinero grande del fútbol? Por cierto, no en las recaudaciones, no en los “sponsors”, mucho menos en las cotizaciones de los socios de los clubes. La ollita de oro al final del arco iris se encontraba en la televisión. Cuestión de la que nuestros sagaces políticos, de todos los colores, se percataron ya en aquellos años en que Colo Colo, peleando la Copa Libertadores de 1991, obtuvo millonarios ingresos en dólares producto de la venta de los derechos de transmisión televisivos a Mega y a Canal 13.

El problema es que, intento que se hacía para vender los derechos del campeonato nacional, se estrellaba una y otra vez con la postura irreductible del propio Colo Colo y de… Universidad de Chile. ¿Razón? Sus presidentes, Peter Dragicevic y el doctor René Orozco, defendían a muerte los “derechos de imagen” de sus respectivas instituciones.

Derechos que, por lo demás, son reconocidos y respetados mundialmente.

La crisis del fútbol chileno

Albos y azules respondían lo mismo frente a cualquier negociación: “Los derechos de imagen nos pertenecen. En otras palabras, no podemos aceptar que por nosotros los negocie un tercero (la ANFP). No podemos oponernos a que la ANFP venda los derechos televisivos del campeonato, pero a nosotros no pueden transmitirnos sin pasar por sobre la legalidad vigente”.

No se trataba de ser un genio para concluir que un campeonato sin los dos clubes más populares del fútbol chileno iba a tener menos éxito que venderles refrigeradores a los esquimales o abrigos a los panameños…

¿Qué hicieron entonces aquellos que veían con desesperación que el negocio no se concretaba? Simple: con malas artes, ilegalmente incluso, les declararon la quiebra a ambos, con el patrocinio del gobierno de turno, la complicidad de organismos estatales y los infaltables poderes fácticos empujando el carro.

Tan irregular fue todo, que en el caso de Colo Colo la quiebra se mantuvo a pesar de que el timonel albo, Peter Dragicevic, canceló de su bolsillo una acreencia por casi 50 millones de pesos, luego que la jueza, Helga Marchant, declarara en todos los tonos que ella levantaba la quiebra en el caso de que el club pagara.

Y tan ilegal fue todo, que Colo Colo y la “U”, por ser Corporaciones de Derecho Privado sin fines de lucro, legalmente no podían quebrar. Si eran insolventes desaparecían, pero en ningún caso se las podía declarar en quiebra. Y, sin embargo, la maquinaria operó implacable en ambos casos.

No fue todo: cuando llegó el momento de que ambos clubes amenazaron con defenderse en tribunales, surgió entonces el Servicio de Impuestos Internos. Sí, el mismo que estruja al ciudadano de a pie con el mismo entusiasmo con que hace vista gorda respecto de los poderosos.

¿Qué hizo el SII? Más de treinta años después, desconoció el DFL 1 de 1970, dictado en las postrimerías del gobierno de Eduardo Frei Montalva, y que liberaba a los futbolistas profesionales de tributar por aquellos dineros que obtuvieran por concepto de primas y premios. En otras palabras, y considerando lo breve de sus carreras respecto de otras, los jugadores sólo estaban obligados a tributar de lo que percibieran por sueldos.

Más allá de que por los años transcurridos esa inventada deuda ya había prescrito, el remitirse únicamente a los últimos cinco años significó que, de la noche a la mañana, todos los clubes se hicieron de una acreencia gigantesca. ¿Y cuáles eran las instituciones más perjudicadas? Adivinó, lector: Colo Colo y Universidad de Chile, que para tener planteles competitivos han sido históricamente los que mejores primas y premios pagaron a sus jugadores.

El golpe de gracia lo dio el propio SII, aventando la más mínima duda acerca de hacia dónde iba dirigida la aplanadora: aquellos clubes que se transformaran en Sociedades Anónimas Deportivas podrían pagar la deuda en cómodas cuotas; los que no, debían cancelar al contado.

Como plaga de langostas se dejaron caer sobre nuestro pobre fútbol chileno inversionistas y empresarios de todas las raleas y pelajes. La mayoría juraba que la pelota saltaba porque dentro tenía un conejo, pero tenían su mérito: la mayoría, también, eran (son) unos sinvergüenzas de siete suelas, verdaderos delincuentes de cuello y corbata.

Y esta gente no llegó al fútbol para hacer filantropía. Muchos menos pretendían emular a aquellos mecenas que el fútbol tuvo en su momento, y que por identificarse con una determinada colonia ponían plata sin pedir nada a cambio en Palestino, Unión Española o Audax Italiano. No, no, no… ellos llegaban para hacer negocios.

Y no se anduvieron con chiquititas. De entrada mostraron la hilacha.

Partieron por meterle el dedo en la boca al Fisco. Se adueñaron de las series menores de los clubes, a pesar de que se suponía que la ley sólo consideraba a las Sociedades Anónimas Deportivas para manejar exclusivamente el fútbol profesional. Pero no más dejarse caer en las instituciones como aves de rapiña, se percataron de una realidad muy ingrata para sus aspiraciones: mantener esas series menores costaba plata. Mucha plata. Y lo peor es que, de esos cientos de chicos integrantes de las distintas series, con suerte a Primera llegarían uno o dos.

Entonces concretaron su primera gran estafa: bautizaron a las series menores (o cadetes) como “Fútbol Joven”, y con un entusiasmo digno de mejor causa las presentaron como algo aparte para hacerlas partícipes de los Proyectos Deportivos Sujetos a Franquicias Tributarias, que considera el Instituto Nacional de Deportes (ex Chiledeportes), para fortalecer, fundamentalmente, al deporte amateur. En otras palabras, tentaron a empresas poderosas para que les financiaran las series menores, obteniendo estas a cambio un descuento de hasta el 60 por ciento de los impuestos que debían pagarle al Fisco.

Transmisión Estadio Nacional

Dicho con todas sus letras: el Estado estuvo por años ayudando con sus recursos a engordar un negocio de privados. Pero parece que le gustaba, porque sólo vino a cerrar la generosa llave luego que los pocos medios de prensa independientes que existen en este país pusieran el grito en el cielo para denunciar el escándalo.

Baste decir que Blanco y Negro, con el coludido del confort a la cabeza del IND (Gabriel Ruiz Tagle, antes presidente de la Concesionaria, vaya coincidencia), alcanzó a recibir más de 1.600 millones de pesos por este concepto.

Pero como más pronto discurre un codicioso que un letrado, cerrada la llave del IND los dirigentes de las Sociedades Anónimas vieron en los municipios la siguiente víctima propicia para su insaciable sinvergüenzura.

Las series menores también les posibilitaron a estos pillos de siete suelas la siguiente estafa al erario nacional: la mayor parte de los millones y millones de dólares que produjo la Selección Nacional en estos años de bonanza, los clubes los destinaron a una adecuada formación de sus chicos. ¿Fue así, realmente? Las pinzas. Ocurre que, con ese supuesto destino, los clubes podían ahorrarse millones y millones pagando menos impuestos que los que correspondían. Y la estafa continúa alegremente hasta hoy, sin que al Servicio de Impuestos Internos se le mueva un pelo.

Con suerte surtieron a los niños y jóvenes de camisetas y pelotas.

Eso, a grandes rasgos, han significado las Sociedades Anónimas para nuestro fútbol.

Una verdadera mafia que se robó lo que pilló a mano (no me vengan con que Jadue actuó solo), que tiene a los clubes arruinados y a muchos técnicamente quebrados, que hace lo que se le viene en gana ante la pasividad increíble de aquellos que debieran meterle mano al fútbol, como el Ministerio de Justicia y el Servicio de Impuestos Internos, entre otros, y que actúa con un secretismo tan denso y absoluto que su conducta es similar a cualquier Cartel de drogas o de armas. ¿Cómo se explica que la prensa pueda acudir libremente a las sesiones del Congreso pero no a los Consejos de Presidentes de clubes?

Resultado: tenemos un campeonato absolutamente mediocre y equipos que en la competencia internacional dan pena y vergüenza. Si reírse es más aconsejable es sólo porque, en relación a otras cosas que nos ocurren como ciudadanos, el fútbol es un pelo de la cola respecto de hechos por cierto mucho más trascendentes y de los cuales nunca salimos de perdedores.

Y fruto de lo que estos señores han hecho (o más bien no han hecho), se nos terminó esta selección brillante, fruto exclusivo de un anterior sistema de Corporaciones de Derecho Privado sin fines de lucro con todas sus grandezas y miserias, para constatar con espanto que en diez años de existencia de Sociedades Anónimas ningún club ha sido capaz de producir siquiera un jugador capaz de emular en calidad y talento a los emblemas más refulgentes de la denominada “generación dorada”.

Los muchachos que han aparecido sólo alcanzan para ser catalogados como “jugadores de pijama”. En otras palabras, sólo sirven para la casa. Al cabo, porque nuestro campeonato es tan pobre, tan malo y tan chato, que con la escasa capacidad que poseen, y los pocos fundamentos con que llegan a Primera, apenas alcanzan para desenvolverse en ese medio.

Así que, si usted tiene contratado el Canal del Fútbol, al menos sospeche cuando sus comentaristas se deshagan en elogios para un chico que debuta. No crea todas las maravillas que le cuentan. Ellos, al cabo empleados de la ANFP y de los clubes, están obligados a ser más publicistas que periodistas.

Y es que las Sociedades Anónimas, que reiteramos han sido nefastas, un fiasco y absolutamente corruptas, han terminado por envilecer nuestro fútbol.

Por ello, si se trata de buscarle el lado positivo a esta eliminación de la Roja en su camino a Rusia, pensemos que este doloroso percance puede marcar un punto de inflexión en el oscuro momento que vive el fútbol chileno.

Ahora que se acabaron los destellos, puede que veamos con mayor claridad la podredumbre oculta por años bajo la alfombra.