¿“Facho pobre”? No estúpido, es el “elector-cliente”

¿Cómo se explica la alta votación de Sebastián Piñera en segunda vuelta? ¿Quién es ese elector quisquilloso, indócil, volátil, que tanto confunde a los analistas de la plaza y a los mismos políticos? Es un personaje ávido de reformas, de reformas profundas, pero con un espíritu individualista que lo aleja de ese comunitarismo que la izquierda añora, y dará su voto a quien le ofrezca nuevos derechos y castigará a quien se atreva a restárselos, da lo mismo si es de izquierda, centro o derecha. La irrupción de este nuevo elector (o al menos su crecimiento exponencial) obliga al progresismo a hacer varios ajustes a sus estrategias y discursos.

El resultado electoral de la segunda vuelta ha sido un mazazo no sólo para el candidato de la Nueva Mayoría, Alejandro Guillier, sino también para los analistas que gustan de hacer caracterizaciones del elector que deciden elección, o bien  proyecciones políticas y teorías que expliquen las pulsiones de los votantes, en especial ese porcentaje de electores que puede votar tanto por Beatriz Sánchez como por Sebastián Piñera con tan sólo un mes de diferencia. Hoy se señala erróneamente a ese votante como el “facho pobre”, un personaje simbólico de nuestro tiempo, signado por su bajo poder adquisitivo y su enorme sed de estatus; un personaje que carece de conciencia de clase y que desea liberarse a través del consumo y satisfacer todos sus anhelos (incluso sanar alguna patología mental) a doce cuotas precio contado.

Ese personaje, el facho pobre, evidentemente existe. Pero no es sólo él quien le ha dado el triunfo a Piñera (sin duda el votante con este perfil se movilizó en masa). También ha sido otro elector, ese que antes votaba por la Concertación y desde 2009 que le perdió el miedo a la derecha, el que terminó volcando la balanza a la candidatura de Piñera. ¿Quién es? ¿Es facho? No, no es facho, o es facho a ratos. El verdadero “facho pobre” viene votando derecha desde siempre, desde el Plebiscito del 88. Es más bien otro el elector que irrumpe, uno que ni siquiera se identifica como “facho”, y muy probablemente tampoco sienta mucho cariño por los “fachos”. ¿Por qué vota derecha? ¿Es posible que haya gente que vote por la derecha apenas un mes después de votar a quien se ubica en antípodas? Completamente. Es muy probable que así sea. Nada raro en la era de las relaciones líquidas, cambiantes, volátiles. Es ante todo una persona despolitizada resultante del crepúsculo de las ideologías, un fenómeno que abrió el camino a la anomia y la sacralización del mercado como único lugar posible para ejercitar nuestras libertades y poder realizarnos como individuos.

No es de derecha, no es de izquierda, no es de centro, su densidad ideológica y conceptual es inversamente proporcional a su enorme resentimiento; en general es un elector que vive a palos con el águila y se siente decepcionado de una clase política que ha sido incapaz de ponerlos a resguardo de los incontables abusos a los que ha sido sometido por parte del empresariado. Ha visto a políticos coimeados por los empresarios, esos que deben gran parte de su obsceno enriquecimiento a su desprotección como consumidor. Es un personaje “apolítico” pero que, sin embargo, es capaz de ir a votar. Es un consumidor a tiempo completo, y ciudadano sólo mientras haga la cola para emitir su sufragio. En suma, alguna vez optó por la Concertación y por la Nueva Mayoría (en realidad, votó por Michelle Bachelet), pero se enteró de que mucha gente de la Nueva Mayoría traicionó el espíritu de sus reformas (reforma que desea, sin duda), que perdió adrede la posibilidad de ser mayoría en el Tribunal Constitucioal, que trajo de vuelta a Burgos y a todos los viejos tercios (los “apitutados”, dice el elector-cliente), que ha visto a una Presidenta enredada en unos negocios de su hijo (otro apitutado). Es la misma persona que, a grandes rasgos, se confunde viendo a “progresistas” coimeados por Ponce Lerou, el yerno del dictador que antes los había expulsado, encarcelado, torturado…

En suma, gran parte del electorado es voto duro (de lado y lado), pero hay una fracción de éste que no tiene complejos en cambiar de bando. ¿Qué lo mueve? Nada muy difícil de entender: es un cliente político, uno que sabe que está siendo abusado por los empresarios y que su nivel de ingresos aumenta a una velocidad tres veces inferior al crecimiento del país. Es un personaje que sólo aspira a acceder a nuevos derechos y prestaciones sociales. Ese elector votará por aquellos que le den y garanticen esos derechos sociales, y castigará severamente al que se atreva a quitárselos. Este deseo por nuevos derechos sociales no tiene una raíz “comunitarista”, como quisiera creer la izquierda. No. Es profundamente individualista. Por ejemplo: sabe que su pensión es misérrima, y que es administrada por una entidad privada (la AFP) que reporta jugosas ganancias. No sabe que las utilidades son del 20% sobre su patrimonio, pero sí tiene conciencia de que es una rentabilidad altísima, anómala. Su explicación para desear el término de las AFP es que la supresión del sistema podría generarle a él una significativa mejora, pero como persona individual. No es la situación de los otros lo que motiva su deseo de ver enterrado el sistema.

Se equivoca Sebastián Piñera, entonces, si cree que su gran votación responde a un mandato popular orientado a restablecer el salvajismo neoliberal de los años 90, ese que nos acompañó, en su estado más genuino, hasta bien avanzada la Transición. El éxito de Piñera se explica sólo porque fue capaz de reaccionar con rapidez y ofrecer derechos sociales, probablemente impulsado por Manuel José Ossandón. La igualación de la apuesta dejó a Guillier en posición fuera de juego. Y este elector-cliente, puesto a escoger entre dos ofertas similares, pasa a su segundo criterio de decisión: la gobernabilidad, la estabilidad que ofrece una y otra coalición. En la psiquis de los chilenos pervive un profundo pavor al desgobierno. Prefiere un mal gobierno al desgobierno, al caos, el desorden, algo tan previsible en la enorme confusión (y falta de mística) que transmitía la campaña del candidato progresista. Las imágenes de Chilezuela surgieron con fuerza cuando veían al candidato desmentir a su comando, o desconociendo cifras clave de su programa. Está claro: la decisión del elector-cliente no goza de mucha densidad conceptual ni es consistente con un análisis detallado de todas las variables en juego, pero es curioso que le exija una sofisticación mayor a su análisis cuando hemos pasado décadas despolitizando a la población en aras de mantener un mejor clima de negocios, demoliendo, de paso, el sentido de lo público y el valor de la comunidad.

Esta nueva cultura clientelar es tremendamente corrosiva para el país.

Si la derecha capta el mensaje, si Piñera se deja guiar por la mano de Ossandón (y del profundo conocimiento que ha adquirido en sus años de aplanar calles en Puente Alto), entonces la derecha podría permanecer largo tiempo en el poder. Si, por el contrario, presta su oreja a los Kast, entonces el gobierno de Piñera será otro paréntesis marcado por la torpeza y la ineptitud… Como fue, en definitiva, su primer gobierno.

Para concluir, la izquierda entonces debe ajustar su discurso y acción política a esta nueva realidad, y los movimientos sociales, en su afán por robustecerse y presionar a la clase política por reformas urgentes (tal es el caso del movimiento No Más AFP) han de evitar palabras que apunten a una matriz comunitarista (palabras como “reparto” deben ser excluidas del discurso) para no abrir ahí un flanco de disputa verbal que, en virtud del alto individualismo de la sociedad chilena y la enorme habilidad tergiversadora y manipuladora de la prensa derechista, el empresariado y la derecha bien pueden explotar en pos de demoler una demanda tan legítima como necesaria.