¿Qué sentido tenía dejarlo con capacidad para 16 mil espectadores si el promedio de asistencia de Rangers, en el torneo pasado, fue apenas de 1.668 espectadores? Nadie pensó en la escasez de viviendas para el populacho, los hospitales públicos ruinosos o los colegios que se llueven o se caen a pedazos. Nadie pensó que la escasez de los recursos obliga a fijar prioridades. ¿Qué clase de imbéciles y sinvergüenzas nos vienen gobernando desde que cayó el dictador?

*Lautaro Guerrero

El Presidente Piñera y el intendente de la Región del Maule, Pablo Milad, no cabían en sí de gozo al entregar, el pasado martes, las obras complementarias y definitivas del Estadio Fiscal de Talca.

El reducto, emplazado en la Avenida Libertador Bernardo O´Higgins de la ciudad maulina, fue inaugurado oficialmente en el ya lejano 1937. En otras palabras, es más antiguo aún que el Estadio Nacional, entregado a la ciudadanía al año siguiente, bajo la presidencia de Arturo Alessandri Palma.

Parte de la fiebre de los sucesivos gobiernos que ha tenido el país por construirle a la nueva industria del fútbol modernos estadios, en otras palabras, a privados, el Fiscal de Talca forma parte de la red de recintos que han sido erigidos a través de todo el territorio nacional desde el retorno a lo que algunos llaman “democracia” y otros, un poquitín escépticos de tanto ser pasados por el aro, “democracia de juguete”.

La lista es larga: partió con los de Coquimbo, La Florida, Chillán y Temuco, para continuar luego con los de Valparaíso, Viña del Mar, Concepción, Antofagasta, Calama, Rancagua, Puerto Montt, La Serena, Quillota, La Calera, Curicó, Ovalle y Arica.

Actualmente, se construyen los de Iquique y Melipilla.

Es decir, veinte recintos que, en conjunto, deben haberle significado al Estado de Chile una inversión superior a los 500 millones de dólares. ¿Calculo exagerado? Para nada. Baste señalar que sólo las obras complementarias del Fiscal de Talca significaron una inversión cercana a los 12 millones de la divisa estadounidense.

Un absoluto despropósito en un país donde escasea la vivienda, los hospitales, muchos de los colegios públicos se caen a pedazos y el hacinamiento en las cárceles es, incluso, preocupación de organismos internacionales.

Respecto del Fiscal de Talca, el despropósito es aún mayor.

El viejo recinto de madera quedó convertido en un estadio bastante potable tras las obras de modernización. Con graderías en el sector oriente, y una tribuna oficial hacia el poniente, el Fiscal de Talca tenía un aforo para 8.300 espectadores. Los 12 millones de dólares invertidos para dotar al recinto de aposentadurías tras los arcos, con su correspondiente marquesina, lo dejaron con capacidad para 16.000 espectadores.

Prácticamente, el doble.

Ocurre que, durante el Torneo Nacional del año pasado, en el que Rangers terminó en la octava posición, con 40 puntos y a 17 del campeón, Coquimbo Unido, el cuadro talquino tuvo una asistencia promedio, para sus 15 partidos jugados como local, de 1.668 espectadores.

En este rubro, el equipo rojinegro ocupó la décima posición entre 16 equipos, por debajo de Wanderers, Coquimbo, Cobreloa, La Serena, Ñublense, Puerto Montt, Valdivia, Melipilla y Copiapó.

En el actual torneo de la Primera B, jugadas siete fechas y en el séptimo lugar de la tabla, el promedio de público que ha seguido a Rangers es levemente superior: 2.425 por partido, alza seguramente atribuible a la novedad que ha significado para el aficionado al fútbol de Talca un estadio remodelado.

¿Qué sentido tenía ampliar el aforo de un estadio que ya le quedaba excesivamente grande al club que lo utiliza? Si la plata la hubieran invertido sus dirigentes, esos mecenas hace tiempo ya en extinción, o particulares deseosos de darse un gustito, vaya y pase, pero el país pudo enterarse, con asombro, que los casi 8 mil millones de pesos que se gastaron fueron aportados por el Gobierno Regional (GORE), que año a año recibe sus recursos del Presupuesto de la Nación.

En Primera B desde fines de 2014, Rangers sólo podría llenar ese estadio en el caso de que jugara una final para ascender al fútbol de Primera A. Y en el hipotético caso de que lo consiguiera, sólo podría aspirar a llenarlo dos veces en el año: cuando le correspondiera recibir las visitas de Colo Colo y Universidad de Chile.

A nadie, por cierto, le gusta presenciar fútbol en estadios ruinosos y de entorno más que triste. Todos los que seguimos el fútbol, y en muchos casos hasta lo hemos practicado, disfrutamos viendo estadios modernos, sólidos, acogedores, limpios y con un terreno de juego impecable. Pero se trata de un asunto de prioridades. En otras palabras, no se entiende que un gobierno que proclama en todos los tonos la austeridad en el gasto público, vea con simpatía que el Gobierno Regional del Maule dilapide casi 12 millones de dólares en obras absolutamente superfluas e innecesarias.

Pero el Presidente Piñera, fiel a su costumbre de vender humo, y a su desatada demagogia fruto de encuestas demoledoras para su gobierno y su imagen, no sólo dijo presente con la habitual fanfarria y abundancia de medios de prensa adictos (o sea, casi todos), sino que hasta se dio el gustito de discursear acerca de lo preocupado que está su gobierno de hacer de la masa chilena, obesa y sedentaria, un país de deportistas.

Nadie le advirtió que esos ocho mil asientos de más con que fue dotado el Fiscal de Talca no iban a contribuir ni en lo más mínimo en el progreso de su proclamada política. Más bien se puede lograr el fenómeno inverso: más espectadores arrellanados en sus butacas son menos personas practicando alguna actividad física.

El pecado de estos sinvergüenzas que nos han gobernado después que el dictador fue derrotado en el plebiscito, es doble: no sólo les han prácticamente regalado a privados una veintena de escenarios de lujo, sino que la mayoría de ellos sólo son escenarios de fútbol. A cualquier gobierno decente y capaz, habiendo tantas necesidades insatisfechas, ¿se le ocurriría regalarles a los Luksic, a los Matte o a los Angelini, un edificio para que funcionen allí sus oficinas corporativas?

Con muy buen ojo, sin embargo, la Intendencia del Maule desechó la idea original expresada por Pablo Milad cuando ya las obras del Fiscal de Talca concluían: pensaba él que la mejor forma de reinaugurar el recinto sería con un partido entre Rangers y uno de los grandes equipos capitalinos. “Con entrada gratuita -agregó en la oportunidad- de modo que el pueblo de Talca y sus alrededores puedan conocer las bondades de su nuevo estadio, uno de los diez mejores de Chile”.

Dicen que al Presidente, cuyo ego es más grande que el Costanera Center, la idea le había gustado a rabiar, pero que entró a pensarlo mejor luego del concierto de Paul McCartney en el Estadio Nacional.

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