Productividad en Chile: científicos piden fortalecer universidades para dar salto al desarrollo

¿Para dónde va Chile? ¿Pensará perderse para siempre en una plantación de pinos? ¿Querrá morir aplastado por un inmenso cerro de estériles que deja la intensa actividad minera que se desarrolla en su territorio? ¿Querrá ahogarse en un tranque de relave o en sus aguas sin peces?, ¿o quizás enterrado en el sedimento de estiércol que dejan las salmoneras? Nadie sabe. Nadie sabe nada, del Presidente para abajo. La productividad retrocede y Chile insiste en aferrarse a lo que ha hecho toda la vida: extraer, vender…

Veremos el lado positivo: cada vez se hace más habitual esta conversación, ganando espacios en círculos de empresarios y economistas donde lo extractivo no provocaba complejos ni angustias. Eso es lo primero. Lo segundo es que hay quiénes saben cuál es el camino y tienen las fórmulas y las habilidades para lograrlo. Son los científicos, que creen que, antes que nada, como primera cosa, convendría  fortalecer a sus universidades para generar el conocimiento que le permita dar el salto.

 

Las preocupantes cifras sobre productividad en Chile reavivaron nuevamente el debate sobre la necesidad de complejizar y enriquecer la matriz productiva del país. Se entiende que el cambio implica dejar de apostarlo todo a la extracción y exportación de materias primas e incorporar más conocimiento a nuestras cadenas de valor, que es lo que necesita Chile para dar ese salto al desarrollo que todavía, demás está decir, vemos muy lejano.

¿Y por qué se ve tan lejano? Porque a la hora de la verdad, la élite en Chile (léase la suma entre el poder político y el poder económico) demuestra no tener mayor interés en poner este tema en el top de las prioridades. Basta con ver cómo este Gobierno redujo en más de 30 mil millones de pesos el presupuesto de 2019 en innovación, investigación y desarrollo. Basta con ver los escuálidos recursos que invierte el Estado en sus propias universidades, que son las instituciones llamadas a generar conocimiento para resolver esos problemas que afectan la calidad de vida de quienes habitan este territorio. Peor aún: basta escuchar que a la inversión le llaman “gasto”.

Académico e investigador Jorge Babul

Esto me lleva a concluir una cosa terrible: en Chile no creemos que la forma de encarar nuestros problemas y desafíos sea a través del conocimiento. No cree en el conocimiento científico. Por eso no estamos preocupados de generarlo en mayor cantidad”, dice el activista por la ciencia y la investigación Jorge Babul, profesor de la Facultad de Ciencias y director del Programa Académico de Bachillerato de la Universidad de Chile, quien por años fuera el presidente de las Sociedades Científicas de Chile.

Mientras tanto, chilenos y chilenas escuchan al presidente ejecutivo de Codelco criticando la productividad de los mineros chilenos, sin mencionar que la cuprífera estatal lleva décadas viendo cómo su producción se hunde en lo más bajo de la cadena de valor.

“¿Sabe cuántos investigadores especializados en minería de cobre tenemos en Chile?”, pregunta Babul. Y responde: “Unos 350, siendo el primer productor de cobre en el mundo, y algunos productores que le siguen tienen tres veces ese número. Y generar conocimiento científico tarda años. Jorge Zanelli, cuando estaba en la Comisión Chilena de Energía Nuclear, decía que para desarrollar esa energía Chile iba a tardar 25 o 30 años. Eso tarda formar a los científicos, a los físicos, y capacitar a los técnicos que ello necesita. No lo hemos hecho y siguen pasando los años”.

“No vemos un plan de desarrollo de las universidades”, que es donde se genera el conocimiento que sacará a Chile de su atolladero, dice el académico. “El plan de fortalecimiento a las universidades del Estado tiene un presupuesto de 300 mil millones de pesos para 15 años. A la Universidad de Chile le tocaría menos del 1% de su presupuesto, algo así como el 0,3%. El presupuesto de la Universidad de Chile es de mil millones de dólares. Uno puede decir muchas cosas, decir que Chile está por pasar a la era del conocimiento, pero en los hechos no se ve respaldo a esas palabras. No hay un empujón de las universidades. No se les valora como una herramienta”, agrega.

“En Chile hay aproximadamente 60 universidades. Si uno saca la cuenta verá que las que más publican trabajos en revistas, cuáles tienen más postulantes a programas de doctorado tanto en Chile como en el exterior, cuántas tienen más doctores… en fin; cuando uno toma toda esa producción y actividad y cruza esa información con las universidades veremos que cerca del 60% lo aportan tres universidades: la Universidad de Chile, la Universidad Católica y la Universidad de Concepción. Luego vienen la Austral, la de Valparaíso, etc. que agregan un porcentaje de un dígito. Pero de las 60 universidades, veremos que no todas esas 60 facultades de ciencia están produciendo conocimiento”, señala el investigador, quien intenta ser más claro al respecto: “Uno enseña lo que hace, que en el fondo es enseñar lo que investiga, cosa que es muy distinta a hacer clases con un libro en sala”.

Según el académico, no sólo faltan los recursos para que cada universidad del país fortalezca la investigación en ciertas áreas, dependiendo de múltiples variables como su situación geográfica. Hay un problema que está aún más en la base, y que tiene que ver con la transparencia y valoración del sistema universitario y la incapacidad de fijar estándares mínimos de calidad.

“Veamos a todos esos estudiantes que están en las universidades que ni siquiera están acreditadas en investigación y en postgrados, ¿qué profesionales estamos formando entonces? Cuando apareció la Comisión Nacional de Acreditación (CNA) destinaba un 20% de su presupuesto a informar. Cada quien iba y hacía la consulta en su sitio web y ver el resultado de su acreditación, ver en qué fallaba, ver su trabajo en investigación… en fin. La idea era guiarlos para que sepan dónde se metían, cuántos académicos a tiempo completo, qué áreas de la investigación son sus fuertes. Pero ahora se meten a cualquier universidad sin tener idea. Y se ha visto a jóvenes que entran a estudiar medicina en una facultad acreditada por 4 años mientras que la carrera dura 7”, concluye.