Qué es El Soberano

De pronto en Chile nos habituamos a que destruyéramos el patrimonio arqueológico para favorecer la realización de un rally, que empresarios agrícolas se apoderaran del agua o que intervinieran un río para desarrollar un proyecto energético, o que se destruyese un edificio antiguo para construir en su lugar un inmueble sobre toda norma, sin los permisos respectivos, afectando la calidad de vida de los vecinos.

Nuestro país parece haber metabolizado lo anómalo, aquello que es poco legítimo, ético o estético sólo porque el acto puede estar revestido de legalidad.

¿Podría ser distinto cuando los chilenos hemos naturalizado situaciones que resultan aberrantes a ojos del mundo? Una educación convertida en negocio, orientada a mantener la pureza de clase con la consiguiente transferencia genética de privilegios fuera de todo mérito; una salud cuya calidad está, del mismo modo, sujeta a la capacidad de pago de quien no ha elegido enfermarse; un sistema de pensiones único en el mundo, un experimento chocante y desestimado por todos los países del orbe, a excepción de un puñado de países que, por suerte, han ido asumiendo a tiempo su fracaso. Si todo aquello es una realidad, ¿por qué extrañarnos con las conductas cerriles, bárbaras o derechamente criminales de nuestra élite?

En el fondo, todo lo anterior obedece a una concepción de mundo que cree lógico que Chile deba ordenar toda su institucionalidad en pos de crear oportunidades de negocios o de favorecer el enriquecimiento de particulares, lo que ha hecho infatigablemente desde la dictadura por la vía de subsidiar (directa o indirectamente) la actividad económica de grandes empresarios en aras de lograr una delirante concepción de desarrollo, la mayoría de las veces a costa de perjudicar a las personas.

No obstante lo anterior, tanto el poder político y el poder económico nos han hecho creer que estamos en un país normal.

Esta locura resulta de una connivencia incestuosa entre política y negocios que impacta directamente en la calidad de vida de las personas y en la salud democrática de un país. Cuando esto se hace realidad, no es exagerado asumir que ambos poderes le han declarado la guerra a los ciudadanos. Esto se torna patente cuando vemos, por ejemplo, la contumacia con que actúa el poder político en una reforma política que establezca nuevos estándares de transparencia y dé espacio a nuevas voces, nuevos liderazgos y nuevos grupos, y que permita subsanar todos los vicios que padece el sistema político imperante.

Frente a este desolador panorama, El Soberano aparece entonces como una plataforma informativa que surge desde las organizaciones de la sociedad civil y de los movimientos sociales a efectos de informar directamente a los ciudadanos, sin censuras editoriales, sin aceptar presiones de ningún tipo. Es un espacio para informarse, pero también para discutir, para coordinar acciones y, de igual modo, para denunciar aquellas acciones políticas y empresariales que resulten lesivas para la calidad de vida de ciudadanos comunes y corrientes. Es, en definitiva, un lugar de encuentro que posibilita el diálogo entre distintas agrupaciones que pugnan por un Chile más justo e inclusivo.

No es menester de este sitio dar espacio a informaciones que emanen de otros grupos de interés, ya que, mal que mal, ellos cuentan con todos los medios para difundir sus puntos de vista y hacer valer sus posiciones. Sólo los importan los puntos de vista que surjan de los ciudadanos, máxime si están organizados, porque en ellos reside el poder de decisión respecto al rumbo que debe tomar la república.

Sólo el pueblo organizado es soberano de su destino.