Paula Sánchez, Consultora en Comunicaciones Estratégicas
Que un liderazgo de ultraderecha gane una elección democrática en Chile no es solo un giro político: para mi generación es una pesadilla hecha realidad. Somos hijos e hijas de la dictadura. Crecimos viendo a nuestros padres y madres desvivirse —literalmente— por enseñarnos que la democracia y el respeto irrestricto a los derechos humanos no eran consignas, sino el piso mínimo de una sociedad decente. Por eso la pregunta que hoy duele no es quién ganó, sino qué hicimos mal quienes decimos ser de izquierda.
La derrota no cayó del cielo. Se incubó durante años, en decisiones pequeñas y grandes, en errores políticos, comunicacionales y de gestión que no quisimos mirar de frente. Y cuando no se hace la autocrítica a tiempo, la historia pasa la cuenta.
Recuerdo a mi madre desconfiando tempranamente del Frente Amplio. No desde el conservadurismo, sino desde la memoria. Le recordaba al MAPU: jóvenes brillantes, con una épica intensa, convencidos de que podían conducir el malestar popular sin tener aún una base social sólida ni experiencia suficiente. El MAPU terminó derrotado y, paradójicamente, muchos de sus cuadros fueron luego quienes administraron con eficacia el pragmatismo de la “medida de lo posible”. La historia ya nos había advertido algo: la épica sin arraigo y sin gestión no alcanza.
Un segundo error —más silencioso pero igual de grave— ha sido la incapacidad de la izquierda para revisar su lenguaje simbólico. Tuve el honor de conducir las comunicaciones del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Desde ahí fui duramente cuestionada por intentar mover la estética tradicional de la izquierda. Y quiero ser clara: el dolor de las víctimas es sagrado. La deuda de justicia en Chile sigue abierta. Pero la memoria no se conserva repitiendo fórmulas que solo hablan a quienes ya están convencidos.
Si queremos evitar el olvido, hay que seducir a los jóvenes. Y no se los convoca con videos de música triste, colores apagados y la palabra “lucha” repetida como mantra. Eso no moviliza: produce rechazo. Huele a polvo viejo. La memoria no es un museo congelado en el pasado; es una herramienta viva para producir diálogo. Confundir respeto con inmovilidad fue —y sigue siendo— un error estratégico enorme.
El tercer punto es, quizás, el más determinante: la gestión del Estado. Participé en los gobiernos de Bachelet y Boric y fui testigo directo de una incapacidad creciente para administrar lo público con eficiencia y foco ético. Gobernar hoy es complejo: exige cruces de beneficiarios, coordinación entre ministerios, decisiones rápidas, sistemas que conversen entre sí. Y también exige algo incómodo pero imprescindible: sacar a quienes no dan el ancho.
Eso no ocurrió. Por el contrario, persistió la lógica de los partidos llamando por teléfono para instalar en cargos de confianza a personas sin trayectoria, sin competencias, sin procesos de selección. Fui testigo de una negligencia brutal: miles de niños y niñas en Chile no recibieron sus útiles escolares a tiempo. Eso no es un error técnico ni comunicacional. Es un golpe al corazón de cualquier gobierno que se diga progresista. Y no hubo sanciones. Porque se protegen entre cargos y partidos, mientras los más vulnerables quedan —otra vez— desamparados.
En ese punto se pierde el sentido de para qué y para quién se trabaja en el Estado. Los cargos de confianza terminan siendo, muchas veces, un lastre tan pesado como ciertos funcionarios que se escudan en lo “técnico” cuando su única habilidad ha sido sobrevivir, como tablas de corcho, a cualquier marea política.
Dicho esto, es importante hacer una precisión: estos tres elementos no explican por sí solos la derrota de la izquierda ni pretenden ofrecer una lectura totalizante del momento político. Son, más bien, observaciones parciales, construidas desde mi experiencia directa como funcionaria pública y como responsable de áreas estratégicas del Estado. Tampoco pesan de la misma manera. Un error comunicacional, por grave que sea, es siempre corregible; una mala gestión pública, en cambio, erosiona la confianza de forma profunda y persistente. Cuando el Estado falla en lo básico, ningún relato logra sostenerse. Confundir estos planos —o ponerlos al mismo nivel— ha sido otro de nuestros errores.
¿La derecha tiene estos problemas? Por supuesto. Tal vez incluso más. Pero yo no me siento interpelada por ellos. Me siento profundamente de izquierda. Creo en un Estado que empareja la cancha, que cuida, que protege, que pone a los mejores donde más se necesitan. No creo que la ultraderecha haga ese trabajo. Pero también sé que nosotros dejamos de hacerlo bien.
Vendrán cuatro años duros. No por una fatalidad histórica, sino por responsabilidad propia. No supimos leer el malestar que estalló en 2019. No supimos traducirlo en un proyecto creíble, eficiente y cercano. Confundimos identidad con pureza, memoria con inmovilidad y lealtad con mediocridad.
La ultraderecha no avanza solo porque grita más fuerte. Avanza porque cuando la democracia falla en lo concreto —en la escuela, en el consultorio, en el cuaderno que no llega— la gente deja de creer. Y cuando la izquierda deja de escuchar, otros ocupan ese vacío.
La pregunta sigue siendo incómoda, pero inevitable: ¿estaremos dispuestos, esta vez, a hacernos realmente cargo?



