La historia de cómo un “socialista” entregó el fútbol chileno al poder económico

La crisis del fútbol chileno
¿Dónde están los jugadores producidos por las Sociedades Anónimas destinados a relevar a Claudio Bravo, Gary Medel, Arturo Vidal o Alexis Sánchez? No existen. Imagen: Flickr/runesteiness Bajo licencia Creative Commons

Fue durante la Presidencia de Ricardo Lagos que se implantó el sistema de Sociedades Anónimas Deportivas, cambiando para siempre la naturaleza y la esencia del más popular de los deportes. El expropiado fútbol pasó a ser dominado también por el poder económico, sumándose a la salud, la educación, el agua, la energía y ese largo etcétera que los ciudadanos padecemos día a día.

 Por Lautaro Guerrero

Dicen que no pudo tolerar la conducta delictual de la barra de Wanderers, que en el lapso de pocos días se enfrascó primero en una batalla campal con la “Garra Blanca” de Colo Colo y luego se tomó violentamente la sede del club, en protesta por la no renovación del contrato del mediocampista Jorge Ormeño, considerado un símbolo “caturro” a pesar de haber hecho buena parte de su carrera defendiendo la camiseta de Universidad Católica. Nicolás Ibáñez, pinochetista acérrimo y uno de los principales accionistas de Walmart, que es lo mismo que decir supermercados Líder, decidió de pronto que el fútbol no encarnaba los valores que él dice propugnar y le comunicó a la Sociedad Anónima Deportiva que controla al club más antiguo de Chile que retirará el dinero allí invertido.

Pasó Ibáñez de accionista a acreedor de un Wanderers que, súbitamente, comenzó a caminar por la cornisa, sumándose a una serie de clubes que están técnicamente quebrados, que se mantienen en un precario equilibrio sólo porque,  al contrario de los tres denominados “grandes”, que cotizan en la bolsa (Colo Colo, Universidad de Chile y Universidad Católica), no tienen sobre sí el control de la Superintendencia de Valores y Seguros (SVS).

Dicho en forma clara, categórica e indesmentible, la implantación del sistema de Sociedades Anónimas Deportivas en el fútbol, durante el gobierno del “socialista” Ricardo Lagos, ha resultado un absoluto y completo fiasco, dándole en todo la razón a las aprehensiones que en su momento explicitó el defenestrado presidente de Universidad de Chile, el doctor René Orozco.

Connotado nefrólogo, hombre que a la hora de opinar no se anda con rodeos ni medias tintas, Orozco le dijo en una oportunidad a Lagos que “lo que usted ha hecho, Presidente, constituye un error mayúsculo. De la “U” se va a apoderar la UDI y de Colo Colo Renovación Nacional”.

Y aunque desde el punto de vista ideológico y partidista no fue así exactamente, lo cierto es que durante el gobierno de un socialista se produjo la colosal paradoja que significó la entrega en bandeja de plata a los grupos económicos de la única actividad que, hasta ese momento, se había librado de la voracidad empresarial, no contenta con habernos expropiados ya la salud, la educación, la energía, el agua y un largo etcétera: el fútbol chileno.

Quiebras digitadas desde las sombras

Para que se implantara el nuevo sistema, publicitado como la nueva panacea, necesario fue provocar la quiebra de los dos clubes sin los cuales era imposible cualquier cambio.

Primero cayó Colo Colo, por una deuda de tono menor para los históricos avatares que ha vivido el “Cacique” durante 90 años de existencia. Y que todo se trataba de un plan fríamente calculado quedó meridianamente claro cuando la jueza Helga Marchant, que se había comprometido a levantar la quiebra en el caso de que la institución popular pagara, la mantuvo en pie a pesar de que el presidente albo de la época, Peter Dragicevic, canceló la acreencia de inmediato con un cheque de su propio bolsillo.

Tal como se esperaba, pronto le tocó el turno a Universidad de Chile.

Lo increíble es que, por ser ambas Corporaciones de Derecho Privado sin fines de lucro, no podían legalmente quebrar. Podían desaparecer en el caso de ser insolventes, pero en ningún caso quebrar.

No sólo eso: cuando albos y azules prometían una dura lucha en tribunales, apareció el Servicio de Impuestos Internos para darles el golpe de gracia. El SII desconoció el DFL 1 del año 1970 que, considerando lo breve de la carrera del futbolista, liberaba a los jugadores del pago de impuestos por los dineros que percibieran por concepto de primas y premios. En otras palabras, los futbolistas sólo tributaban por sus sueldos.

No nos equivoquemos: nuestro fútbol estaba lejos de similar un Edén. Pero aun así, se trataba de un sistema donde no era el lucro el objetivo y durante el cual se logró conquistar la Copa Libertadores, se construyeron estadios sin pedirle un solo peso al Estado, se pudo traer al país jugadores de primerísimo nivel y se produjeron, además, con recursos de los propios clubes, esos jugadores que años después alcanzarían  por primera vez la Copa América para Chile.

Los clubes –todos- de la noche a la mañana, haciendo fe de un DFL 1 que tenía ya más de 30 años de vigencia, se vieron enfrentados a una deuda gigantesca por no haber descontado a sus jugadores tributos que, legalmente, no existían. La solución propuesta fue la última palada para un sistema que, con altos y bajos, con logros y dificultades, con avances y retrocesos, había sostenido al fútbol chileno durante décadas: aquellos que se transformaran en Sociedades Anónimas podrían servir esa deuda impositiva en cómodas cuotas mensuales a través de los años; los que no, debían pagar de inmediato.

Estaba claro para dónde debía ir el fútbol luego del sistema propugnado por el “socialista” Ricardo Lagos.

No nos equivoquemos: nuestro fútbol estaba lejos de similar un Edén. No faltaban los problemas ni las “pellejerías”. Aun los equipos de mayor convocatoria se veían a menudo afectados por agudos problemas de caja que derivaban en planteles impagos y en episodios dignos de transformarse en titulares de primera página. Como aquel del diario que en tiempos pretéritos había decidido graficar la crisis económica que transitaba Colo Colo con un titular que señalaba que no había plata ni para pagarle a la lavandera que se ocupaba de las camisetas. Como aquella declaración de un jugador azul que un día aseguró que “estamos a 63 de abril y todavía no nos pagan”.

Tampoco faltaron las huelgas en aquellos clubes que, con menor convocatoria, se veían también cíclicamente enfrentados a serios problemas de caja.

Pero aun así, se trataba de un sistema donde no era el lucro el objetivo y durante el cual se logró conquistar la Copa Libertadores, se construyeron estadios sin pedirle un solo peso al Estado, se pudo traer al país jugadores de primerísimo nivel y se produjeron, además, con recursos de los propios clubes, esos jugadores que años después alcanzarían  por primera vez la Copa América para Chile.

A una década de la implantación del sistema de Sociedades Anónimas Deportivas, la situación se traduce en una profunda crisis no sólo económica, sino también moral.

Las trapacerías del ex presidente de la ANFP, Sergio Jadue, ya son conocidas por todos. Se robó lo que pilló a mano, se dejó coimear alegremente por poderosas empresas televisivas internacionales y transformó el mayor organismo futbolístico nacional en una empresa que hasta en los más mínimos detalles actuaba como una mafia. Y aunque su accionar despertó pronto las sospechas de unos pocos clubes, a menudo perjudicados por decisiones arbitrarias, cuando no derechamente gangsteriles, eran escasas las voces disidentes que se alzaban en el seno del Consejo de Presidentes.

De la prensa, ni hablar. Aquellos que habían apoyado fervorosamente la implantación del sistema preferían hacerse los lesos. Y varios –o muchos- de los que cubrían ese “frente” informativo inagotable que significa la ANFP, terminaron por ser cooptados, vaya a saber uno mediante qué métodos y razones.

Había, ciertamente, una buena cuota de desidia, de dejar hacer mientras yo no fuera el perjudicado. Pero también una inmensa porción de complicidad. Mientras varias instituciones recibían bajo cuerda gigantescos préstamos que vulneraban groseramente los estatutos de la corporación (por pura coincidencia, aquellas que contaban con un dirigente en el directorio de la ANFP recibían más dinero), otras se dedicaban con un entusiasmo digno de mejor causa a meterles el dedo en la boca al Fisco o a las municipalidades para obtener cuantiosos fondos que liberaran a los accionistas de los clubes S.A. del financiamiento de sus series inferiores. ¿Cómo? Presentando a las divisiones menores como un club aparte para postular proyectos al sistema de Donaciones Deportivas sujetos a Franquicias Tributarias que mantiene el Instituto Nacional de Deportes, ex Chiledeportes.

Varios se dedicaron  a meterles el dedo en la boca al Fisco o a las municipalidades para obtener cuantiosos fondos que liberaran a los accionistas de los clubes S.A. del financiamiento de sus series inferiores. ¿Cómo? Presentando a las divisiones menores como un club aparte para postular proyectos al sistema de Donaciones Deportivas sujetos a Franquicias Tributarias.

Entre trampas y engaños

En otras palabras, poderosas empresas financiaban con sus aportes estas series también denominadas “Cadetes”, sólo que luego, llegado el momento de tributar, podían rebajar sus impuestos hasta en un 60%. Dicho de otra forma, el Estado, ingenua o estúpidamente, estuvo por años ayudando a financiar un negocio de privados que no buscan el fortalecimiento del deporte, sino el lucro. Llegado el momento eventual de transferir en montos millonarios a algún jugador surgido de sus series menores, o del “Fútbol Joven” de cada club, que fue la martingala utilizada, de ese dinero obviamente ni un peso iba a retornar al Fisco. Iba a ir en entero beneficio de los accionistas.

El mismo cuento del tío llevaron a cabo instituciones de provincias (Everton y San Antonio Unido, entre ellas) para sacarles cuantiosas sumas a sus respectivos municipios e incluso a algunos de localidades vecinas.

De la triquiñuela hicieron uso y abuso al menos ocho Sociedades Anónimas, pero fue Blanco y Negro, que regenta a Colo Colo, la que obtuvo los mayores dividendos: entre 2010 y 2013, siendo Director de Deportes y luego ministro Gabriel Ruiz Tagle, la concesionaria recibió 1.605 millones de pesos en proyectos sujetos a franquicias tributarias. El que Ruiz Tagle llegara a ser la más alta autoridad deportiva a nivel gubernamental habiendo sido antes presidente y uno de los principales accionistas de Blanco y Negro no pasa de ser, por cierto, una mera coincidencia.

El Canal del Fútbol –creado en 2003- ha sido otro botín suculento para los accionistas de este negocio. Tasado en 1.200 millones de dólares, se ha transformado en la principal fuente de ingresos de los clubes, para los cuales la asistencia de hinchas a los estadios se ha convertido en todo un “cacho”. Un Canal del Fútbol que sólo fue posible echar a andar luego que, quebrados Colo Colo y la U, dejaron de existir esos dirigentes que, como Peter Dragicevic y René Orozco, se oponían tenazmente a resignar los respectivos “derechos de imagen” de ambas instituciones y que son reconocidos y respetados internacionalmente.

¿Se entiende ahora por qué para implantar este negocio era preciso primero hacerlos quebrar?

Para repartir el dinero entre los clubes, en el fondo los verdaderos dueños del CDF, el fútbol recurre a un lenguaje alambicado, que habla falsamente de “excedentes” en lugar de “ganancias”. No sólo eso: los dineros van con frecuencia al “Fútbol Joven” de las Sociedades Anónimas, con el obvio objetivo de eludir impuestos, aunque todos saben que el dinero llega finalmente al bolsillo de los accionistas y que a los muchachos de las series menores con suerte les compran balones y camisetas.

El CDF, una mina de oro

Dueña del Canal del Fútbol en un 80 por ciento, la ANFP es protagonista de una paradoja monumental: técnicamente es una Corporación sin fines de lucro, pero recauda año a año cifras millonarias en dólares por su monopólico negocio: si en 2015 se calcula que recaudó algo así como 122 millones de dólares, la empresa PwC calcula que, para 2025, esos ingresos,  por año, aumentarán a 233 millones de la divisa estadounidense.

Para repartir el dinero entre los clubes, en el fondo los verdaderos dueños del CDF, el fútbol recurre a un lenguaje alambicado, que habla falsamente de “excedentes” en lugar de “ganancias”. No sólo eso: los dineros van con frecuencia al “Fútbol Joven” de las Sociedades Anónimas, con el obvio objetivo de eludir impuestos, aunque todos saben que el dinero llega finalmente al bolsillo de los accionistas y que a los muchachos de las series menores con suerte les compran balones y camisetas.

La Selección Chilena, campeona de América y 5ª a nivel mundial según el ranking de la FIFA, constituye, sin lugar a dudas, la mejor generación de futbolistas que Chile ha podido exhibir en toda su historia. Pero esa generación, producida por clubes que no se movían por el lucro, se extingue lenta e inexorablemente sin que se observen los más mínimos atisbos de recambio.

Los sucesivos papelones de las Selecciones Chilenas de menores, en las competencias internacionales, constituyen el más claro anticipo de que esa Roja, tan elogiada en la actualidad, pasará a ser en cosa de pocos años un equipo mediocre destinado a vivir de los recuerdos.

¿Dónde están los jugadores producidos por las Sociedades Anónimas destinados a relevar a Claudio Bravo, Gary Medel, Arturo Vidal o Alexis Sánchez?

No existen. Simplemente porque a los actuales regentes del fútbol no les interesa invertir en chicos que son en su etapa formativa una simple apuesta. ¿Para qué gastar millones y millones de pesos cuando de antemano se sabe que de mil niños que pasan por las series menores de un club, cualquiera sea éste, sólo uno llegará a Primera, y de esos pocos escogidos sólo uno o dos podrán transformarse en estrellas de nivel internacional?

Los sucesivos papelones de las Selecciones Chilenas de menores, en las competencias internacionales, constituyen el más claro anticipo de que esa Roja, tan elogiada en la actualidad, pasará a ser en cosa de pocos años un equipo mediocre destinado a vivir de los recuerdos.

Una reacción, al fin…

Recién hoy, en vista de la profunda crisis económica y moral que envuelve al fútbol, el Estado chileno, tan generoso y dispendioso para ayudar a la implantación del sistema, parece sonrojarse.

Ese mismo Estado, que puso al Poder Judicial y a Impuestos Internos al servicio del modelo que iba a ser la panacea, que desembolsó 200 mil millones de pesos en construir estadios y remodelar otros para el beneficio de privados, que colaboró con entusiasmo en nutrir el negocio de un organismo corrupto, como es la FIFA, comprando miles de boletos para el Mundial Juvenil Sub 17 realizado el año pasado en el país, ahora, a través de su Ministerio de Justicia, encabezado por la ministra Javiera Blanco, parece por fin estar reaccionando y marcándole límites a ese enclave mafioso en que se transformó el fútbol.

Quizás si desde el Olimpo para pontificar y dictar cátedra de presunto estadista, Ricardo Lagos tenga claro hoy lo que con tanto entusiasmo ayudó a crear cuando fuera Presidente: un fútbol envilecido por la trampa, la sinvergüenzura y la codicia. Imagen: Agência Brasil, bajo licencia Creative Commons.
La implantación del sistema de Sociedades Anónimas Deportivas en el fútbol durante el gobierno de Ricardo Lagos ha resultado un absoluto y completo fiasco. Imagen: Agência Brasil, bajo licencia Creative Commons.

Un fútbol al que llegaron tipos de la calaña de Leonidas Vial, implicado en el fraude del Caso Cascadas; alguien como José Yuraszek, que estafó a miles de pequeños accionistas en el Caso Chispas y que, cuando se fue de la U, desmintió en forma rotunda su amor por los colores llevándose con él 15 millones de dólares; un personaje como Gabriel Ruiz Tagle, implicado en el caso de colusión del papel tissue y que extravió miles de millones de pesos del erario nacional en su paso por el IND y el Ministerio del Deporte con motivo de la realización de los Juegos Sudamericanos de 2014; un tipo, por último, como Nicolás Ibáñez, procesado por violencia intrafamiliar, partícipe de la colusión de los supermercados, y que ahora le pide a Wanderers la devolución de los aproximadamente mil millones de pesos que aportó como accionista.

Quizás si desde el Olimpo donde él mismo se ubicó, para pontificar y dictar cátedra de presunto estadista, Ricardo Lagos tenga claro hoy lo que con tanto entusiasmo ayudó a crear cuando fuera Presidente: un fútbol envilecido por la trampa, la sinvergüenzura y la codicia.