Finalmente, y después de una serie de problemas organizativos e incidentes, la Convención Constitucional inició sus funciones en una sesión inaugural llena de simbolismos.

“De vez en cuando la vida”, decía una canción de Joan Manuel Serrat, todo un capo en lo que a homenajes a la vida respecta. La canción -ni falta hace decirlo- trata sobre esos momentos sorpresivos que hacen preferible vivir la vida pese a todo, por sobre todos los episodios amargos que, al mismo tiempo y en mayor número, ella nos reserva. Y hoy la vida nos regaló un momento de felicidad que ha de quedar grabado a fuego en la memoria de todos y todas. Con todos los simbolismos posibles, con el claro compromiso del pueblo de involucrarse en la discusión, inició sus funciones la Convención Constituyente encargada de redactar la nueva Constitución Política que nos ayude, ojalá, a dejar atrás al país de los privilegios y la concentración de la riqueza. Nada menos.

Sí, algo se dejaba sentir a primera hora con el ruido, las banderas, las nuevas proclamas, la música, las orquestas y batucadas, la soflama política inyectada de renovado fervor, ese clima festivo de una soleada, fría y contaminada mañana capitalina.

A Plaza Dignidad llegaron los que empujaron la transformación social de Chile en los últimos años: los movimientos sociales, los que representan a los territorios agredidos por la codicia empresarial, las feministas, los pensionados sin pensiones, madres y dueñas de casa que dan cuenta del heroísmo que requiere mantener al flote un hogar hundido en el endeudamiento crónico, los enfermos que confían sus vidas a un bingo bailable y que son esquilmados por las cadenas farmacéuticas, los trabajadores y las trabajadoras que quedaron en la mesa del pellejo de la fiesta neoliberal, esa chacota interminable y pródiga en excesos que, como decía en plena marcha el nuevo gobernador de Valparaíso, Rodrigo Mundaca, “ha servido sólo para enriquecer a unos pocos en desmedro de las grandes mayorías”.  

Rodrigo Mundaca, gobernador de Valparaíso

Es verdad: lo que ocurre con Chile no es un momento ni algo de hoy, pero los 19 meses que nos separan del 18 de octubre de 2019 son tan sólo un suspiro en la vida de un pueblo. Haber sido campeones en Copa América, hace exactamente seis años atrás (¿ves que la vida nos sorprende?), fue un acontecimiento que dulcificó la existencia colectiva. Entonces todos, en mayor o menor medida, vivimos un instante en que volvimos al encuentro de nuestra infancia vestidos de rojo. Hace seis años disfrutamos del carnaval que se produce cuando somos todos felices al mismo tiempo. Es correcto precisar que hacemos referencia a un hecho de menor trascendencia histórica, y encima registrado en tiempo de letargo, anterior al estallido social, cuando el concepto “Chile” no pasaba de ser eso: una celebración en la ex Plaza Italia, cuando mucho una colosal tomatera de septiembre alrededor de un asado. ¿Qué era Chile cuando ganó la Copa América? Era una barra de fútbol, nada más que eso. No había pueblo, no había comunidad de destino. Éramos personas peleando y matándonos entre sí por “un miserable porcentaje”, como diría Jorge González. Sólo queríamos dinero.

Después del 18 de octubre de 2019 el panorama cambió, por lo que mucho le debemos a quienes, según afirmaban los convencionales de la Lista del Pueblo, hoy sufren prisión política. Rodrigo Rojas, convencional de la Lista del Pueblo, quien dio pelea para quedar con la vicepresidencia, decía que “la libertad de los presos de la revuelta es una condición indispensable para avanzar en el trabajo de la Convención”. En tanto Rafael Montecinos, fundador de la Lista del Pueblo, sostenía que la discusión del reglamento “debe ir a la par con las gestiones políticas que pongan fin a la prisión política que sufren decenas de personas, quienes han sufrido la medida preventiva más gravosa, como es la prisión preventiva, sin que hasta ahora la Fiscalía tenga pruebas en su contra”, repetía mientras la columna multitudinaria se dirigía por La Alameda. La ceremonia de instalación culminó, de hecho, con una declaración que compromete la realización de gestiones políticas para liberar a los encarcelados en la revuelta.

Lo que ocurrió este domingo 4 de julio fue, por sobre todas las cosas, un hito simbólico en la historia de la nación chilena (hablemos ahora de “nación” sin complejos), cuyas fronteras culturales se han expandido hasta incluir a aquellos que, hasta hace poco, pertenecían a grupos que nada valían para las instituciones del estado, que es donde se organiza el poder que rige el funcionamiento de una sociedad.

Quedará en los textos escolares que un domingo 4 de julio, una mujer mapuche, de nombre Elisa Loncón, asumió la presidencia de la Convención Constituyente que debe redactar una nueva Carta Magna, una instancia que reúne a 155 personas que, por sus diversos orígenes e historias de vida, dan cuenta de la enorme heterogeneidad de Chile. Mujer, mapuche y, para más señas, académica, para hacer añicos esa oprobiosa caricatura que la oligarquía ha hecho del pueblo mapuche -nación originaria predominante- a efectos de legitimar el despojo de sus tierras

De vez en cuando la vida nos regala un momento inolvidable. Un acontecimiento que deja en segundo plano los problemas de organización de un gobierno inepto e incompetente, todos ellos previsibles, y que dieron pie a una represión tan innecesaria como excesiva por parte de Carabineros en las inmediaciones del ex Congreso Nacional, lugar donde se instalaba la Convención.

Otra prueba de la enorme estulticia de quienes se desempeñan para este gobierno fue la no entrega de acreditación para medios independientes. No es novedad para nadie que hay fuerzas políticas que desean limitar la transparencia del proceso. Estamos a la espera de que el nuevo régimen interno de la Convención corrija esta insuficiencia.

En lo político, dos son los hechos que adquieren relevancia: el carácter decorativo de la derecha y la decisión del pueblo de rodear la Convención. Eso es tan significativo como la presidencia de Elisa Loncón y la vicepresidencia de Patricio Bassa.

El mensaje del pueblo de Chile, nuevamente, ha quedado bastante claro. Por de pronto, ciudadanos y ciudadanas han refrendado su compromiso de realizar acciones de control que resultan imprescindibles en este periodo de crisis, más aún si lo que queremos es una Constitución que, por fin, dé cuenta de los anhelos de un pueblo tantas veces defraudado.    

El Soberano

La plataforma de los movimientos y organizaciones ciudadanas de Chile.

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