La candidata presidencial del Contubernio Concertacionista, Paula Narváez, tocó la tecla de género para hacer mella en el liderazgo de Daniel Jadue, acaso sabiendo que Chile tiene una sociedad particularmente sensible a esas materias. Sin embargo, si observamos con detenimiento, veremos que el «machirulismo» es una cuestión cultural, compuesta por una red de saberes, significados y conductas arraigadas en lo cotidiano, y no necesariamente es una expresión natural de un líder que tiene un pene colgando entre sus piernas. Si analizamos con calma, veremos que el conglomerado que ahora ella representa se comporta igual que un macho maltratador.

La Concertación (o Nueva Mayoría, Unidad Constituyente o, como prefiero llamarla yo, el «Contubernio») actúa igual que el hombre maltratador que se niega a aceptar que ha sido abandonado. El proceder del hombre maltratador es el mismo: golpea y humilla a su pareja por largo tiempo haciéndole consciente de su dependencia y su escaso valor. Y como su pareja es dependiente, sabe que ésta jamás dejará la casa. Podrá hacerlo de vez en cuando, buscando algunos minutos de sosiego en casa de su madre, pero el hombre maltratador asume que es una pataleta momentánea. «Ya volverá», dice; «el hambre la traerá cabeza gacha», agrega, convencido de que su pareja no tiene otro destino en la vida que servirle como empleada doméstica, servidora sexual y cuidadora de los hijos, los mismos que ven cómo su padre maltrata a la madre con cierta regularidad.

El hombre maltratador ve que su pareja, en efecto, retorna tocando a la puerta con sus maletas, con la cerviz inclinada y la mirada clavada en el piso, con una mezcla de capitulación y vergüenza. Y comienza entonces una mini luna de miel. Y vienen nuevas promesas de amor. No sólo eso: le recuerda los bonitos momentos vividos, así como el Contubernio recuerda que ellos «recuperaron la democracia con un lápiz». «¿Te acuerdas?», le pregunta, involucrando a su pareja maltratada en una técnica orientada a amnistiar la brutalidad del pasado reciente. «Nunca más, cielo», le promete el hombre maltratador, garantizando cambios conductuales profundos, así como un futuro de paz y bienestar general que, al cabo, se muestra tan falso como improbable. La razón es que en breve empieza lo de siempre: las golpizas (en caso del Contubernio, nuevas acciones neoliberales y nuevas cocinas), las mentiras, el dinero dilapidado en apuestas y cabarets. El machirulo maltratador es adicto al mambo y al copete. El Contubernio Concertacionista, en cambio, es adicto al poder, que es otro tipo de brebaje embriagador.

El hombre maltratador no tiene autocrítica. Y aquella que llega a realizar nunca es del todo genuina. Siempre la culpa es de otros. ¿No es el Contubernio el que dice que no pudo cortar los lastres que nos dejó Pinochet por culpa de una derecha conservadora? Uno escucha al hombre maltratador y es lo mismo: habla como si hubiera puesto todo de sí.

El caso es que en algún minuto el tipo expulsa de la casa a su pareja agredida porque cree que solo puede estar mejor. En el punto cúlmine de su crueldad le hace saber a su pareja maltratada que ya no es importante; le dice que es fea (él no es precisamente Robert Redford), que es floja, que más encima es mala en la cama, que no se asea y cocina pésimo. Algo similar hace el Contubernio cuando dice que no hará primarias con un bloque FA-PC que, al parecer, no merece nada porque otros dicen que no vale nada. El hombre maltratador incluso le dice que tanto descuido torna legítima la búsqueda de una nueva pareja, una más linda y más «trabajadora». Para ser más claros, el hombre maltratador la expulsa porque ya tiene a otra pareja o bien porque está pensando seriamente en agenciarse una que ya tiene en mente. La tiene hace rato.

Pero el hombre maltratador no es monedita de oro, y la mujer que quería para sí advierte de inmediato que es un bueno para nada; aparte de feo es un poco impotente, eyaculador precoz, y a poco andar descubre que está casado. Y lo deja, o bien lo rechaza. Entonces… ¿qué hace el hombre maltratador? Va en busca de su pareja maltratada porque necesita a alguien en quien descargar sus frustraciones, aunque sea fea, cochina y floja. Mientras tanto sigue comportándose igual que siempre: golpes, tomateras, trasnoches, insultos. El Contubernio hace algo parecido: vuelve con sus negociaciones bajo cuerda a menos de 48 horas de la derrota, trata de amarrar sus componendas insufribles al más alto nivel, y lo que es peor: comienza a visualizar los nuevos arreglines de bigotes que se abren en el horizonte. ¿El bienestar de la familia y los hijos? Las huinchas. Tanto el hombre maltratador como el Contubernio Concertacionista nunca cambian. No conocen otra manera de pensar y proceder.

Y en algún minuto la pareja maltratada se aburre. En un arresto de dignidad decide dejar la casa llevándose a los niños, que también quieren estar lejos del padre. La mayoría de sus hijos, esos que fueron prácticamente abandonados por el progenitor, la acompañan en una aventura llena de miedos e incertidumbres. El hombre se indigna, pues cree que la pareja ha faltado al sagrado derecho de propiedad que él cree tener sobre esa otra persona. No logra imaginar que la vida de ella continúe sin él. Simplemente no lo puede aceptar. Los que integran el Contubernio piensan algo similar: Chile no puede continuar sin sus clásicas figuras. Creen que sin los Girardi, los Vidal, los Lagos Webas y los Harboe el país se verá sumido en el caos. (por cierto: el mismo caos que se produjo en un mundo que ellos mismos contribuyeron a formar).

El hombre maltratador cree que el fracaso la traerá de vuelta. «Ya va a ver», se dice, mientras imagina con fruición las palizas que ha de darle cuando la vea regresando a casa con sus maletas y los niños, a esos que tuvo siempre con ropa andrajosa y zapatillas rotas (excepto al regalón, que vive con él y que siempre tuvo las mejores marcas y mesadas). Sin embargo, ocurre el milagro: a la mujer le va bien en su emprendimiento. Con esfuerzo, dedicación y sacrificio, la mujer, la madre de los niños que crecieron en un hogar marcado por el maltrato, logra independizarse del bastardo que la humillado por décadas. ¿El maltratador? Todo le va mal: lo echan de la pega, en el barrio no quieren saber nada de él (por desgraciado y cruel ni siquiera le fían en el boliche de la esquina), la casa se convierte en una pocilga, las trabajadoras sexuales le hacen el quite porque anda hediondo, tiene la ropa sucia y no tiene un mango…

¿La pareja maltratada? Al cabo se siente bonita. Y siente que tiene todo el derecho de reconstruir su vida, del mismo modo que el Frente Amplio y el Partido Comunista tienen todo el derecho del mundo de «pololear» a una «Lista del Pueblo» que emerge mientras el Contubernio se hunde en el fango de la historia. A veces el acercamiento queda sólo en un intento, es verdad. «Lista del Pueblo» puede repudiar la propuesta, pero el hecho en sí marca el cierre de un ciclo y el nacimiento de uno nuevo.

Pero no creas que todo esto termina ahí. El hombre maltratador va con la cola entre las piernas a pedir una última oportunidad. La mujer lo piensa, siempre pensando en sus hijos. El maltratador se arrodilla, la mujer lo abraza, y al hacerlo nota la presencia de una petaca de pisco barato bajo el sobaco, de las mismas que compraba cuando acudía a los lenocinios de calle Emiliano Figueroa.

Entonces la mujer floreciente advierte de que ese hombre sigue siendo el mismo de siempre, ese sujeto que nunca quiso trabajar su control de impulsos, su alcoholismo, su ludopatía y su afición por las casas de huifas. Y entonces lo deja, ahora sí definitivamente. Y el hombre se pone de pie con el orgullo herido, gritándole «¡maraca!», «¡te va a ir mal, maraca de mierda!», del mismo modo que el Contubernio se despide del FA-PC deseándole los peores fracasos posibles, aun a sabiendas de que ese fracaso puede afectar irremediablemente a sus hijos. Incluso intenta llevárselos de vuelta a la mazmorra, creyendo que los hijos son de su propiedad así como los pobres diablos del Contubernio creen que los votos de las clases populares les pertenecen. El problema es que el tiempo ha transcurrido, y los hijos, ya más grandes, independientes, terminan yéndose en collera y golpeando al padre maltratador borracho, senil e indigno. «¡Ándate!», le dicen los hijos, tuteándolo, mientras el pobre diablo del Contubernio huye confundido y machucado.

La parte final está en desarrollo, pero ya puedo imaginarla: el hombre agredido gastará sus últimas fuerzas en apoyar a todos los que puedan hacerle mella a su expareja, del mismo modo (y he aquí mi apuesta) que el Contubernio será capaz de movilizar el voto en favor de Joaquín Lavín en una segunda vuelta.

¿Te cabe la menor duda con el macho maltratador?

Roberto Bruna

Roberto Bruna (Santiago, 1977) es periodista de profesión y Director de Contenidos de El Soberano. Estudió en un colegio cuyo nombre da exactamente igual y se tituló en una universidad “pública y...

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