Mientras el señor Corales suma apenas un 6% de respaldo, la oposición, los políticos y el Congreso no tienen nada que festejar de la medición. Incluso el promocionado Plebiscito de abril a estas alturas está oliendo a tongo, aunque para el sociólogo Felipe Portales lo fue desde su origen. Sin un Chapulín Colorado que lo salve de este marasmo, el pueblo deberá arreglárselas solito y estar vivo el ojo para evitar el nuevo engaño que fraguan los sinvergüenzas de siempre.

La última encuesta del Centro de Estudios Públicos (CEP), a la que le prenden velitas desde empresarios a políticos chantas, tanto de oposición como de gobierno, no dejó mono parado ni títere con cabeza. Mientras el señor Corales marcó un vergonzoso 6 por ciento de apoyo, el Congreso y los partidos por poquito no quedaron debiendo puntos, al paso que los pacos se desplomaron de tal forma en la valoración ciudadana que, en lo que a desprestigio respecta, pelean ahora palmo a palmo con los empresarios, las AFP, las isapres, los bancos, la Iglesia pedófila y la canutería sinvergüenza formada y financiada desde siempre por Estados Unidos.

El problema es que, a pesar de la contundencia de los números, en este país de sainete todos siguen jugando a hacerse los giles. Dicho de otra forma, ninguno quiere darse por enterado del profundo desprecio que provocan en una inmensa mayoría de ciudadanos que, más allá de todas esas claras señales que viene dando desde el 18-O, está viendo que la pequeña elite de privilegiados sigue sin tomarlos en cuenta. O haciéndose la que los considera mientras urde las trampas de siempre para volver a meterles el dedo en la boca y aquí no ha pasado nada.

Si semanas atrás ya había resultado entre indignante y risible ver a Piñera en La Moneda anunciando sanciones para la delincuencia de cuello y corbata, porque era lo más parecido a mentar la soga en la casa del ahorcado, las últimas apariciones del señor Corales en el Palacio de gobierno han resultado, además de indignantes y risibles, absolutamente patéticas.

Una de ellas fue cuando, flanqueado por sus “gomas”, anunció que el Plebiscito se hacía. Que jamás tal actividad republicana haya estado en sus intenciones, ni en la más terrible de sus pesadillas, no le impidió, sin embargo, adoptar un aire triunfal más falso que billete de 15 lucas, e incluso completar el sainete depositando en una urna llevada expresamente para la picante “mise en scene” lo que se suponía era un voto del magno acontecimiento de abril, donde el pueblo tendrá la posibilidad de ajustar cuentas “en la medida de lo posible”, como decía Aylwin cada vez que le tiritaba la pera viendo un uniforme de milico.

Cualquiera venido del exterior de nuestras fronteras, y que como la mayoría supiera que Chile existe sólo porque está cerca de Brasil y Argentina, al ver esa imagen se habría quedado con la impresión de que Piñera estaba disfrutando ese momento, mostrando ese Plebiscito como todo un logro de su gobierno.

Las pinzas. Con su caradura acostumbrada, sólo pretendió una vez más pasarnos gato por liebre a todos. Mostrarse como ganador de una pelea en la que se ha ido incontables veces a la lona y tiene ya el caracho como papa. Después de todo, nos tiene acostumbrados a arrogarse éxitos y logros que jamás han sido suyos. Como cuando, tras producirse la marcha más gigantesca y multitudinaria que recuerda este país a través de toda su historia, sin que se le moviera un músculo de la cara dijo que en la ocasión se había “sentido feliz”.

El fue el único que jamás se enteró de que esa masa compacta y vociferante lo mandaba a buena parte a él y a toda la despreciable clase política chilena.

Es que así es Piñera. De cabro chico, de haber tenido amigos que lo invitaran a un cumpleaños, le habría apagado él las velas al festejado, aparte de birlarle las bolitas, supongo. Y en una fiesta de Navidad lo más seguro es que también él les hubiera abierto los regalos a sus compañeritos.

Por eso ya va en un escuálido 6 por ciento de apoyo. Porque, aunque se demoró, la gallada ya cachó que, aparte de no tener dedos para el piano, es un mentiroso, un fresco y un chanta.

La última está fresquita: cadena nacional para abordar el tema previsional y las pensiones de hambre que sufre el pueblo gracias a las AFP que inventó su hermano sociópata, José. Y, como siempre, resultó más envase que contenido, más forma que fondo, más bla bla rasca y de poco nivel que medidas concretas y, sobre todo, creíbles. En concreto y en resumen, las malditas y ladronas AFP seguirán vivitas y coleando y condenando viejos a la miseria.

Por lo que se comentó, nos robarán un poco menos, porque hasta prohombres de la derecha, como Luis Larraín, señalaron que la solución que había propuesto Piñera es, detalles más, detalles menos, lo más parecido a lo que había ofrecido Bachelet.

Dicho en corto y en buen chileno, estamos hasta las masas. Y eso que todavía no conocemos la “letra chica” a la que son tan afectos el señor Corales y su gobierno.

En medio de este panorama desolador y patético, la mal llamada oposición también cosechó lo suyo en la mentada encuesta CEP. Su desprestigio corre a parejas con el del ejecutivo, pero, al igual que Piñera, se siguen haciendo los lesos pensando, al igual que este, que “lo peor de la crisis ya pasó”.

Los prohombres de la ex Concertación, devenida luego en Nueva Mayoría tras el consabido maquillaje para intentar seguir cazando incautos, siguen haciendo nata en cuanto programa político existe y, con una caradura muy similar a la de Piñera, opinan y pontifican como si alguien les creyera, como si lo que ellos dicen siguiera teniendo importancia para la gente, harta de ver las mismas caras y a los mismos sinvergüenzas.

Productores de programas de televisión: cambien a estos bacalaos, por favorcito. Tonys ultra repetidos, al igual que los chistes, salen ultra podridos.

A estas alturas, y como siempre, gobiernistas y opositores parecieran estar protagonizando un tongo tan inmoral como descarado. Y a tal punto llega esto, que, más allá de los villancicos entonados a coro en el Congreso la madrugada del 15 de noviembre por los políticos de todos los colores, cuando se acordó el Plebiscito, hoy hasta existen algunos que incluso ponen en duda que este se realice. Aún más: parlamentarios oficialistas, firmantes del acuerdo a través de sus representantes, gritan a voz en cuello que votarán en contra porque “la violencia no se ha detenido”.

Eso es verdad: lumpen y pacos se siguen dando como bombo en fiesta, mientras el pueblo genuino tranquilo el perro espera su momento.

Mientras, y fiel a su naturaleza engañosa, la Nueva Pillería sigue empeñada en que el Plebiscito se lleve a cabo en forma normal. Hasta en ganarlo. Para mostrarse incluso más democráticos frente a los pocos zopencos que les siguen creyendo, hasta se han envuelto en la bandera de la Constitución Constituyente, en la paridad de género, en la participación de los pueblos originarios, y hasta simularon mostrarse indignados luego que el Consejo Nacional de Televisión -otro antro de frescos- adelantara que en la campaña televisiva los organismos sociales no tendrán cabida para hacer proselitismo ni exponer sus opiniones.

Tongo puro y duro.

La oposición actual sabe que, incluso logrando mandar definitivamente al averno la Constitución de Jaime Guzmán hecha a la medida del dictador patán, obtener un cambio de fondo en este país que se cae a pedazos será poco menos que imposible. Razón: la UDI, RN y Evopoli ya los convencieron de que una nueva Carta Fundamental considerará de todos modos un tercio para el derecho a veto, con la barreta de que es la única forma de que Chile tenga “estabilidad”.

¿Los convencieron o se hicieron los convencidos?

Claramente, se hicieron los convencidos, incluso utilizando ellos mismos la barreta de la “estabilidad”. Y es que, si históricamente la Concertación quedó como una coalición que traicionó al pueblo una vez alcanzado el poder, ¿por qué ahora va a tener una actitud distinta cuando al interior de ese conglomerado siguen roncando los mismos sinvergüenzas de siempre, los mismos que en 1989 se prestaron groseramente para que la derecha ganara, aunque teóricamente hubiera perdido el 5 de octubre de 1988, la tarde del Si y del NO?

Tal verdad fue meridianamente explicada por el sociólogo Felipe Portales el pasado 14 de enero, cuando en el “Salón Rubén Darío” de la Universidad de Valparaíso, en un conversatorio titulado “Un remedo de Constitución”, abordó el tema evidenciando su profundo rechazo a lo que él estimó el nuevo engaño que se fragua a espaldas de la ciudadanía.

En resumen, Portales señala que, al aceptar que en la eventual nueva Constitución la oposición haya convenido que un tercio permite el derecho a veto sobre cualquier iniciativa de cambio profundo y trascendente, no es más que otra prueba de su entreguismo, de su acendrado “gatopardismo” para que todo cambie sin que cambie nada.

Más allá de que en cualquier país, planeta o galaxia 66 es más que 33, Portales lo explica:

«La Constitución original de 1980 planteaba un sistema de aprobación de las leyes simple, por medio del cual bastaba la mayoría absoluta en una cámara y sólo un tercio de la otra para aprobar las denominadas Leyes Ordinarias. Y es porque se pensaba que el Plebiscito lo iba a ganar Pinochet, con lo que tendría mayoría en el Senado gracias a los senadores designados a iba a alcanzar a tener el tercio en la Cámara de Diputados. Pero Pinochet perdió y teóricamente iba a ser favorable para la Concertación, porque la disposición de los Artículos 65 y 68 planteaba indistintamente mayoría en una Cámara y un tercio en la otra”.

Continúa Portales su esclarecedora exposición:

“Al revés de Pinochet, Aylwin iba a tener mayoría absoluta y la tuvo en la Cámara de Diputados. Respecto del Senado, y más allá de un sistema binominal y de los senadores designados, iba a tener asegurado el tercio, toda vez que el Senado original estaba conformado por 26 senadores electos más los nueve designados, lo que da un total de 35. El tercio de 35 es 12, pero era obvio que la Concertación iba a elegir al menos un senador por región, y como en ese tiempo eran 13 las regiones del país, tenía 13 asegurados, lo que le daba a la Concertación la presidencia y la mayoría parlamentaria”.

El sociólogo concluye: se hizo una negociación bajo cuerda, a espaldas de la gente, mediante la cual la Concertación renunció a tener esa mayoría. ¿Por qué? ¿Para qué?

Portales lo explico así en el conversatorio:

“Esto es algo que yo creo que en la historia nunca ha pasado, que una Coalición política prefiera ser minoría a mayoría. El temor no puede ser la explicación, es todo lo contrario, porque si uno le teme al adversario no le va a regalar poder. Uno podrá hacer un uso cauteloso del propio poder, pero no le vas a regalar poder a tu adversario. Por otro lado, pensar que Pinochet iba a poder hacer un golpe a mediados del 89, cuando todo indica que trató de hacerlo el 5 de octubre del 88 en la noche y no pudo, porque no tuvo respaldo de nadie, menos iba a poder hacerlo a mediados del 89. La explicación está en lo que dijo Boeninger (Edgardo, ministro secretario general de la presidencia de Aylwin y luego senador designado. N. de la R.): como el liderazgo de la Concertación había llegado a una convergencia con la derecha que políticamente no podía reconocer, a ese liderazgo le convenía, entonces, no tener mayoría parlamentaria, para no tener que estar desnudo ante sus bases diciéndoles que no. Entonces pudo decirles plausiblemente “no puedo”.

El panorama descrito explica meridianamente los resultados de la encuesta CEP.

El poder político y económico de este país vale callampa. Está maleado y podrido en medio de arreglines y componendas.

Y lo dramático es que no tenemos ni un Chapulín Colorado que pueda salvarnos de este azote, lo que significa que el pueblo es el que deberá encargarse.

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