Actores políticos tradicionales y empresarios se quejan cada vez más del lenguaje procaz y violento que, a juicio de ellos, inunda la política chilena, y piden -o exigen, mejor dicho- que el debate constitucional sea llevado por un cauce de respeto y amistad cívica. El problema es que esa exigencia no da cuenta de los masivos abusos cometidos por el contubernio político-empresarial que, como sabemos, ha humillado a millones de ciudadanos de nuestro país. Por ende, no hay nada raro en que la Convención Constituyente replique -en vista de su justa representación del Chile real- esa rabia y ese resentimiento que anida en el corazón del pueblo. esperemos que tan sentimiento innoble retroceda conforme la nueva Carta Magna reconozca la dignidad de todos y todas.

*Roberto Bruna
Periodista y escritor

Dijo Claudio Orrego, a pocos minutos de imponerse en la elección de gobernador a Karina Oliva: “(Es importante) que cambiemos el lenguaje, que desterremos la descalificación, que desterremos el odio, la mentira, este afán de dividirnos entre amigos y enemigos”. Palabras similares han sido proferidas por constituyentes que pertenecen al mundo conservador, quienes invocan un mayor respeto por las formas y el debido civismo que exige una instancia como la que arranca este domingo 4 de julio.

No es la primera vez que surgen voces bienpensantes que piden por un ambiente menos agresivo. Desde luego, son aquellos que acusan ser víctimas del odio quienes piden eliminar discursos y expresiones violentas y odiosas, todas ellas muy habituales en espacios públicos y en las redes sociales. Lo curioso es que son políticos del duopolio y empresarios prominentes los que más insisten en tan loable emplazamiento, ya que son ellos los que han sido justamente señalados como responsables primeros y últimos del brutal cuadro de descomposición social que vive el país y de la aberrante desigualdad que afecta a la sociedad en su conjunto.

¿Es bueno el odio? No pues, claro que no lo es. A la larga el odio enferma más a quien lo siente que aquel que sufre sus expresiones. ¿Por qué tendríamos entonces que detenernos en este punto si existe un consenso general de que el odio y la violencia son indeseables en la vida? Porque mucho tiene que ver aquí la identidad de quien se siente zaherido por este tipo de manifestaciones de odio, en especial las funas. No es lo mismo que se declare ofendido un ciudadano basureado por su tez morena y apellido mapuche que un político que ha engordado en estos últimos 30 años de chacota. Estamos claros.

«Dejemos que el odio que manifiesten los convencionales se disipe conforme vayan redactando una Constitución que consagre la dignidad de la vida humana como máxima«

Pero lo sorprendente del caso es que este tipo de llamados, aparentemente recubiertos de un profundo y diáfano espíritu cívico, revelan en el fondo la absoluta falta de autocrítica de políticos y empresarios que han dominado la escena en los últimos años, pues asumen que ellos no deberían ser justos depositarios de tan innoble sentimiento. Sin duda que tanta sensibilidad demuestra que en ese mundo no hay conciencia del daño causado, ese daño del que seguro darán cuenta los nuevos convencionales elegidos y que representan a aquellos que han sido vejados, abusados y esquilmados.

Pero vamos a ser claros: ¿por qué sería injustificado ese odio genuino y corrosivo que ha de sentir el padre que vio enfermar a su hija por vivir en una zona de sacrificio? ¿Por qué sería desmedido el odio que deben sentir todos esos campesinos que, por años, fueron obligados a beber agua de un camión aljibe y que vieron morir de sed a sus animales, mientras las empresas agrícolas se enriquecían secando provincias enteras? ¿No es justo acaso el odio que debe sentir el pescador artesanal, ese que apenas puede llevar el sustento al hogar, por todos aquellos políticos y empresarios corruptos que se apoderaron de la biomasa marina? ¿Qué han de sentir los habitantes del sur cuando ven a las salmoneras destruyendo ecosistemas a diestra y siniestra? ¿Amor? ¿Gratitud? ¿Gratitud por los “generosos” sueldos que paga tan nociva industria?

Las preguntas se acumulan, y ya es tiempo de que alguien se las transmita a los señores que han dirigido este país. ¿Les importó envenenar a cientos de niños por los depósitos tóxicos que por décadas acumularon las empresas, tanto nacionales como extranjeras? No. A nadie le importó. No eran sus hijos. En consecuencia, hay que ser tajantes en afirmar que el odio que sienten millones de chilenos y chilenas es justificado y comprensible, y que todo político y empresario, al menos todos ellos que han formado parte de este patético sainete que nos han brindado ininterrumpidamente por tres décadas, todos ellos, digo, merecen cada insulto y cada escupitajo que les lancen en la calle. Merecen más que eso. Si aún pueden salir a la calle, entonces deberían estar agradecidos del carácter pacífico del pueblo chileno. Dejemos que el odio que manifiesten los convencionales se disipe conforme vayan redactando una Constitución que consagre la dignidad de la vida humana como máxima.

Del mismo modo, ya es tiempo que estos mismos personajes dejen de cuestionar aquellos discursos que separan “entre amigos y enemigos” y que hablan de restablecer un clima fraternal. No, señores: nosotros no somos amigos. Nosotros somos enemigos, enemigos enconados e irreconciliables, y no porque los ciudadanos de este país así lo hayan querido. No fuimos nosotros los que elegimos disociarnos de la realidad y de nuestro entorno sólo para evitar objeciones morales a nuestro enriquecimiento. Si somos enemigos es porque ellos, políticos del duopolio y empresarios, así lo quisieron.

Y sin embargo, pese a este reconocimiento y pese a esta promesa de odio eterno, el pueblo de Chile sigue siendo noble con ustedes, ya que si bien el pueblo les prodiga un odio de enemigos, los enemigos al menos se acogen a ciertas convenciones que velan por su dignidad. Ustedes, en cambio, trataron al pueblo de Chile no ya como enemigos, sino como simple basura. Basura que nada vale y que a nadie importa.

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Roberto Bruna

Roberto Bruna (Santiago, 1977) es periodista de profesión y Director de Contenidos de El Soberano. Estudió en un colegio cuyo nombre da exactamente igual y se tituló en una universidad “pública y...

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