La autodenominada “derecha liberal”, la misma que se opone al tercer retiro y vota contra las libertades individuales en el Congreso, ha impulsado una ofensiva a través de los medios para lograr que el diálogo constituyente discurra por un canal de moderación, sin maximalismos, instando a la oposición a renunciar a todo intento por plasmar proyectos ideológicos en un texto constitucional que ha de ser inclusivo y aglutinador. En definitiva, piden a los demás lo que esa derecha (y todas las otras derechas) nunca han sido capaces de entregar.

No hay que hacer arqueología política para recordar cómo la derecha chilena, siempre miserable y atrabiliaria, se ha opuesto desde siempre a los cambios constitucionales que democraticen el poder, único camino posible para acometer una tarea acuciante, cuyo éxito o fracaso puede determinar el futuro de un proyecto-nación tambaleante: la desconcentración de la riqueza. Nada más basta con retroceder un lustro para ver qué decían -y cómo se burlaban- del tímido intento de Michelle Bachelet por impulsar sus “cabildos ciudadanos”.

Evópoli decidió participar en los cabildos, pero más con un enfoque vigilante a efectos de anular y denunciar, desde adentro, propuestas demasiado transgresoras. Sumarse a la iniciativa, dijeron en la tienda “liberal”, «no modifica en forma alguna el trabajo conjunto entre Evópoli y los demás partidos de Chile Vamos y no cambia su visión crítica del proceso».

Créame: no necesitamos desenterrar momias. Basta con mirar a los cadáveres políticos desfilando por los medios de comunicación. 

Hoy vemos que un fantasma recorre las tres comunas del Rechazo. Es el viejo fantasma de siempre, el fantasma del miedo que aflora cuando algunos, los mismos de siempre, ven en riesgo su posición de poder y privilegio. El miedo les brota por los poros, de forma inconsciente, como un acto reflejo que revela esa total incapacidad de garantizarlos por mérito propio. El miedo que asoma suele ser traicionero, porque habla lo que nosotros nunca queremos reconocer. Aterrados miran como ese niño que asiste al desmoronamiento del castillo de arena que levantó en la playa, esta vez tumbado por una ola que parece imparable. “La ola del populismo”, dicen alarmados los habitantes de las tres comunas, personas informadas y estudiosas que, pese a todos sus estudios, pese a toda la información que poseen, nunca parecen entender nada de lo que ocurre más allá de sus tres comunas. 

El miedo se advierte en estentóreas y apasionados llamados a instalar un debate constituyente respetuoso, “generoso”, con “altura de miras”, a efectos de llegar a los más amplios acuerdos constitucionales. Hablamos del mismo concepto de “diálogo” que dejó a la mitad de los trabajadores ganando menos de cuatrocientos mil pesos mensuales. Evópoli -a través de su página web y por medio de sendas cartas publicadas por sus dirigentes- ha expresado particular preocupación por el tema, llamando a rechazar cualquier intento “antidemocrático” por rodear la Convención Constituyente y a suprimir esas pulsiones que, desde la izquierda, apuntan a plasmar determinados proyectos ideológicos en la Carta Magna

Entienden los muchachos de Evópoli que es mala idea “petrificar” políticas públicas o programas de gobierno en el texto. Hasta aquí parece un llamado sensato y razonable, sólo que es una invocación poco decorosa si consideramos que su sector plasmó en la actual Constitución un proyecto ideológico extremo que favoreció no ya sólo el turbo-enriquecimiento de pungas y retruécanos como el tipo que nos gobierna, sino que además consagró el privilegio oligárquico que ahora tanto defienden y legitimó el saqueo de los recursos en beneficio de los grandes capitales. La Constitución es un contrato social retorcido, único en su tipo toda vez que consagra, a lo largo de todo su articulado y sin mucho disimulo, ese “estado de bienestar para los ricos” cuyas consecuencias pagamos todos, y su promulgación fue el punto cúlmine del mayor experimento de ingeniería social llevado a cabo en la probeta pinochetista. 

¿La derecha llamó a comportarse con generosidad en materia constitucional cuando la suponía intangible y pétrea hasta el fin de los tiempos? ¿Llamaron ellos a construir la “casa de todos” cuando tenían las llaves y las escrituras de esa casa? No. Nunca. Le exigen a sus adversarios una serie de gestos y acciones que ellos nunca, jamás, estuvieron dispuestos a realizar.  

Ahora los veo quejarse amargamente de la propuesta de los candidatos constituyentes Jaime Atria y el exministro Marcos Barraza (PC) en orden a plebiscitar aquellas normas constitucionales que no logren una aprobación de ⅔. No han escatimado calificativos para retratar una idea que juzgan nefanda y sibilina, por lo bajo antidemocrática, todo ello resultado de una maniobra tan abyecta como inmoral ya que ambos personajes vendrían a desconocer uno de los dos acuerdos establecidos el 15 de noviembre de 2019, día en que Piñera Echeñique salvó de ser defenestrado de La Moneda. El otro acuerdo era la intangibilidad de los tratados internacionales, incluyendo los tratados de libre comercio que son -lo sabemos todos- una de las vigas maestras del modelo de acumulación en curso. 

Lo curioso es que al mismo tiempo que exige el respeto de este quórum, la derecha entera, salvo contadas excepciones, empuja la ratificación del TPP-11 en el Senado precisamente para limitar la soberanía popular en la Convención Constituyente, toda vez que ese oprobioso tratado obliga a pagar enormes compensaciones para las empresas extranjeras en la eventualidad de que un tribunal internacional ad hoc, previamente amañado, crea que cualquier reforma que impulsemos en aras de la dignidad nacional pudiese afectar las “razonables expectativas de ganancia” de una corporación, entorpeciendo cualquier posibilidad de reformar el régimen de aguas, el sistema de pensiones, la legislación laboral y las leyes que “resguardan” el medio ambiente, etc. Se explica claramente el apuro que muestran Piñera Echeñique y el gran capital por terminar cuanto antes la tramitación del mismo en el congreso. 

Acaso las primeras víctimas del miedo cuando éste se revela (y se nos rebela) es la cordura y el pudor de quien lo padece. Para los que soñamos con una sociedad diferente, es una positiva señal de que el poder ha comenzado a escapárseles como arena entre los dedos.

He ahí la razón que explica estas abundantes y resecas lágrimas de momia. 

Roberto Bruna

Roberto Bruna (Santiago, 1977) es periodista de profesión y Director de Contenidos de El Soberano. Estudió en un colegio cuyo nombre da exactamente igual y se tituló en una universidad “pública y...

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