Viendo la multitudinaria marcha del pasado viernes, que se tomó las calles de Santiago y de todo Chile, recordé con nostalgia las últimas palabras de Salvador Allende en la bombardeada La Moneda. Tras décadas de engaños y abusos de todo tipo, el pueblo volvía a abrir las anchas Alamedas por las suyas, sin el permiso ni la tutela de los políticos.

Por Lautaro Guerrero

Viendo con asombrada emoción ese mar humano que se tomó las calles de Santiago, y otras tantas ciudades del país, no pude evitar recordarlo a usted, don “Chicho”.

Con nostalgia, y para qué voy a negarlo, con una buena dosis de admiración y cariño. Bombardeado por los hawker hunters, escena final para un destino escrito desde la noche misma de su triunfo, nos dejó en claro que no nos habíamos equivocado con usted para que, en nombre de todos nosotros, intentara llevar adelante el proceso de profundas reformas políticas y sociales que Chile venía pidiendo a gritos y desde hacía ya bastante tiempo.

Porque, al contrario de otros mandatarios latinoamericanos, algunos de ellos simples títeres del Imperio, la mañana infausta de ese 11 de septiembre de 1973 usted no entró a negociar con los golpistas ni a pedir un avión para arrancar usted, su familia y sus más cercanos. No. No sólo los mandó a la cresta, sino que, aún a sabiendas de que bien poco podía hacer frente a un ejército liderado por traidores, se puso su casco y empuñó su metralleta, para morir con las botas puestas en ese lugar donde el pueblo lo había colocado.

Conociendo bien el final de este acto trágico, a usted no le tembló la voz para tomar un teléfono y, mientras las bombas seguían cayendo, dirigirse al pueblo a través de las ondas de Radio Magallanes, única emisora que a esas alturas seguía sobreviviendo a la felonía y a la barbarie.

Y lo que usted dijo en esos minutos dramáticos fue, además de una pieza de oratoria superlativa dadas las circunstancias, un documento histórico que ha resistido como pocos el paso del tiempo.

Para que quedara testimonio en Chile y en el mundo de lo que es un Presidente con coraje, y mucha, pero mucha dignidad.

No voy a idealizarlo, don “Chicho”. Mucho menos a intentar sacralizarlo. Usted, como todos por lo demás, sin duda cometió errores. Más fáciles de cometer si consideramos que, aparte de la oligarquía nacional, y esas Fuerzas Armadas que siempre constituyen la “guardia pretoriana” de los poderosos, tenía usted que cuidarse de los termocéfalos enquistados en su propio sector, que jugando a la revolución pretendían estúpidamente tomarse el “Palacio de Invierno” con un Presidente del pueblo dentro.

Tipos afiebrados, como el “Mayoneso” Altamirano, entre varios otros que, para colmo, dejaron de ser “revolucionarios” con el primer balazo de los milicos y corrieron a esconderse o a asilarse en una embajada.

Pero esos errores, don “Chicho”, eran la nada misma para lo que usted, honrando su programa, había conseguido, como la nacionalización del cobre, leche asegurada para los cabros chicos y dignidad para el trabajador, entre muchas otras, nunca tuvieron que ver con robarse la plata del Estado, por ejemplo, algo que en los últimos tiempos se ha vuelto toda una costumbre.

Usted, por lo demás, lo había advertido la misma noche de su triunfo, cuando desde los balcones de la sede de los estudiantes de la Universidad de Chile, ubicada en aquellos años en plena Alameda, dijo fuerte y claro que en su gobierno se podría meter las patas, pero nunca las manos.

Y tan cierta fue su advertencia, que años después de un Golpe digitado desde Washington por Nixon y Kissinger, y apoyado por la plutocracia nacional, hasta un milico de alto rango tuvo que reconocer que, por más que lo revisaron, por más que pusieron patas arriba sus bienes, por más que buscaron una irregularidad para intentar desprestigiarlo más todavía de lo que ya lo habían hecho, no le habían encontrado nada oscuro o turbio. “Ni un puto peso”, como dijo ese mismo
uniformado. ¿Cómo les quedó el ojo, políticos actuales?

Viendo a esos miles y miles que se expresaban, pues, don “Chicho”, fue imposible no recordar ese, su postrer discurso. Sobre todo esa parte en que, resignado frente a lo inexorable, consciente de que iba a ofrendar la vida, usted dijo que llegaría el día en que se volverían a abrir las anchas Alamedas para que pudiera transitar una vez más el hombre libre.

Le confieso que, ingenua, o quizás estúpidamente, pensé que esa premonición suya, una expresión convencida y sincera de deseos, había llegado por fin la tarde del 5 de octubre de 1988, cuando acudimos en masa a votar en ese Plebiscito en que tendríamos que elegir entre perpetuar al Dictador o elegir otro rumbo.

Como todos sabemos, el triunfo del “No” nos devolvió a las calles pletóricos de euforia y esperanzas. Sólo que, a poco andar, don “Chicho”, nos fuimos dando cuenta de lo mucho que la Dictadura había envilecido a nuestra sociedad y, dentro de ella, a nuestros políticos. Es cierto: de esa derecha que pasó de la noche a la mañana a creer en la democracia, y que por conveniencia marcó cierta distancia con esos 17 años tan interminables como oscuros, no podíamos esperar nada.

El problema pues, don “Chicho”, fue que al interior de ese conglomerado de partidos y movimientos que pesar de las dificultades había triunfado, había de todo: desde los que creían firmemente que “la alegría había llegado” (los menos), y los que pensaban que la alegría había llegado, pero sólo para ellos (los más).

Y como generalmente ocurre, esta tropa mayoritaria de sinvergüenzas nos escamoteó el triunfo. En sus ansias por recuperar pronto la teta del Estado, de la que habían estado casi por dos décadas sin poder profitar, no titubearon en aceptar la espuria Constitución de Pinochet, pactar con los vencidos otorgándoles patente de “demócratas”, mantener incólume el abusivo sistema neoliberal y no tocar al dictador ignorante, ladrón, cobarde y criminal, ni con el pétalo de una rosa.

Terreno despejado, pues, don “Chicho”, para recuperar ese poder que tanto habían echado de menos. Y el pueblo, único y verdadero autor y dueño de ese triunfo, quedó en el más absoluto olvido mientras esta tropa de patanes se acomodaba, se arreglaba los bigotes con descaro y se forraba en cargos obscenamente bien pagados.

La suerte suya, don “Chicho”, es que no pudo ver este triste e indignante espectáculo. No pudo enterarse de que usted y otras personas decentes de su sector, como la “Negra” Lazo, la Mireya Baltra y unos pocos otros que igual sería largo de mencionar, habían dado paso a tipos despreciables y oportunistas cuyo fin único y último era en lo posible enriquecerse, no importa si al costo de sumir al pueblo en una cada vez más profunda y ominosa miseria.

Imagínese pues, don “Chicho”, que hasta Ricardo Lagos, el mejor presidente que la derecha y el empresariado han tenido quizás si en todo un siglo, se decía “socialista”. Si usted hubiera visto como lloraban en la Sofofa los grandes empresarios cuando terminaba su período y debía irse, habría querido morirse de nuevo.

Mal no los debe haber tratado, ¿no cree usted?

De todo eso se hartó el pueblo, don “Chicho”. De que lo estrujen como limones, de que lo abusen, de que lo humillen, mientras los que mandan se hacen los tontos y hasta tienen la desfachatez de burlarse de la gente haciendo chistes de mal gusto sobre la injusticia y la inequidad existente.

Por eso, el que este pueblo que estaba dormido haya despertado, que haya alzado por fin la voz, me devolvió la ilusión y la esperanza, don “Chicho”. Que miles y miles hayan marchado portando banderas chilenas y hasta de clubes deportivos, pero sin lucir banderas partidarias, me produjo una satisfacción que ni le cuento. ¿Con qué cara, además, iba a sumarse a la multitudinaria manifestación un desubicado ondeando la bandera de la Democracia Cristiana, del Partido Socialista, del PPD?

Era la gente de a pie, el trabajador, el estudiante, el oficinista, la dueña de casa, aquellos que integran la legión de cesantes, los que después de años y años de sufrido aguante le decían a Piñera, a la clase política y empresarial, que ya basta. Que, en su espontánea y sublime rebelión, el pueblo volvía a ocupar las grandes Alamedas sin su permiso y sin su tutela.

No sólo eso: que ya no les cree más. Que dejen de aparecer en televisión pontificando acerca de lo que hay que hacer. Que buena cosa sería que se fueran todos, manga de carcamales aprovechados.

Y que esta vez no se va a dejar escamotear por los mismos de siempre. Porque de trampas y celadas bien adornadas y presentadas, también estamos requete contra hartos.

¡A su salud, don “Chicho”…!

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4 Comentarios

  1. Me dio pereza leer, esto ya no es derecha, izquierda, socialismo, comunismo, fachismo… Esto es un ya basta, a todas las clases políticas y empresariales de Chile… Don chicho, como ud lo llama, ya fue… No queremos escarbar en el pasado… No se olvida, pero no renueva nada tampoco… Hoy chile Chile está sin color político, es el pueblo contra unos pocos, que abusan de todos, hasta de aquellos que si tienen un sueldo digno… Ya basta… Aquí ningún poder político ni empresario, se puede lavar las manos y subirse al carro de la victoria, además que aún no hemos ganado nada… 30 años, 3 décadas y aún esperamos el cambio, la mejor vida, la igualdad y las oportunidades… No queremos bonos, no queremos las cosas gratis, queremos las cosas justas y equitativas, meritocracia por sobre el compinche, el lobby, el enriquecimiento fraudulento por corrupción…. En fin..

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