Por Manuel Zúñiga, Fundación Memoria Histórica.

Vivimos envueltos en una cultura militarista o cultura de la violencia, que glorifica y sacraliza la guerra, sus símbolos, sus actos, sus hombres. Y todavía más, cuando valoramos lo militar, terminamos por legitimar moralmente la violencia como “partera de la historia” y como una manera de convivir.

En medio de estos tiempos de pandemia el calendario nos pone, una vez más, frente al feriado del 21 de mayo, día de las glorias de la Armada chilena. Una vez más de seguro, las escuelas pedirán a los niños hacer ensayos y dibujos sobre el acto heroico de Arturo Prat en el Iquique peruano por allá en 1879, donde se recree la desigual batalla entre una débil embarcación chilena frente a un muy superior acorazado enemigo.

Y una vez más, los mecanismos institucionales de perpetuación de estereotipos harán su trabajo como lo señaló el historiador Mario Góngora:

“A partir de las guerras de la Independencia, y luego de las sucesivas guerras victoriosas del siglo XIX, se ha ido constituyendo un sentimiento y una conciencia propiamente “nacionales”, la “chilenidad”. Evidentemente que, junto a los acontecimientos bélicos, la nacionalidad se ha ido formando por otros medios puestos por el Estado: Los símbolos patrióticos (banderas, Canción Nacional, fiestas nacionales, etc.), la unidad administrativa, la educación de la juventud, todas las instituciones. Pero son las guerras defensivas u ofensivas las que a mi juicio han constituido el motor principal 1 ”.

Es a través de aquellos mecanismos de adoctrinamiento, que bien parecen funcionar como una inoculación que vivimos desde la más temprana edad, la cual nos deja sensibilizados o con una mayor capacidad de empatizar con ciertas valoraciones positivas respecto a actos, personajes e instituciones sociales.

No es mi intención entrar a debatir el carácter de heroico del acto del capitán Prat y sus hombres. De seguro, en el contexto particular fue una decisión valiente y que muy probablemente los llevaría a la muerte. Mi interés es invitarles a reflexionar respecto a estas y otras acciones que bien pudiesen parecernos inocuas y neutrales.

Al nacer UNESCO, se señala en su acta fundacional de 1945, que:

“puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz;”.

En efecto, vivimos envueltos en una cultura militarista o cultura de la violencia, que glorifica y sacraliza la guerra, sus símbolos, sus actos, sus hombres. Y todavía más, cuando valoramos lo militar, terminamos por legitimar moralmente la violencia como “partera de la historia” y como una manera de convivir.

Así las cosas, esta cultura militarizada, conquista y coloniza las mentes y corazones de hombres y mujeres, los cuales la internalizamos a través de mitos, simbolismos, políticas, comportamientos e instituciones. Esta cultura militarizada no se manifiesta exclusivamente un par de veces al año, en el caso de Chile, es más potente de lo que se cree. Amén de circunstancias de nuestra historia reciente, tenemos un modus vivendi marcado por el verde olivo. Instituciones castrenses que se autodefinen como baluartes de la identidad nacional; organizaciones militares (y Carabineros) asumidas como plenamente autónomas y que, además, han moldeado la historia de Chile.

Y tanto o más poderoso que lo anterior, lo representa la constelación valórica que justifica a la violencia abierta como una manera normal de buscar los cambios sociales o enfrentar los procesos políticos. Impulsar una memoria histórica que sea integral, debiese llevarnos a considerar otros ejemplos de hacer ciudadanía, otros tipos de liderazgos y, por sobre todo, valorar otras heroicidades. De este modo, caminaremos desanudando la red de la cultura militarista y tejiendo otra, la de la cultura de la paz.

Manuel Zúñiga Sandoval

Manuel Zúniga Sandoval es director de la Fundación Memoria Histórica. Licenciado en Historia, Diplomado en Defensa y Seguridad de ANEPE, Diplomado en Derechos Humanos, Magíster (c) en Historia y Gestión...

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