Chile y su tormenta perfecta: sequía, estallido, pandemia y un Presidente inepto y chanta Piñera ha ratificado, una vez más, que sólo llega a tiempo a los negocios. Y que, en medio de la llegada y avance de esta crisis sanitaria, una vez más privilegió la economía por sobre la salud de las personas.

*Lautaro Guerrero

Chile, pocas dudas caben, se encuentra en medio de una tormenta perfecta.

A la sequía se sumó el estallido social, la expresión rebelde de un pueblo que ya no aguantaba más tanto abuso, tanta frescura y tanto latrocinio. Como si todo ello fuera poco, y como por lo demás era enteramente previsible, se nos dejó caer el Coronavirus, alias Covid-19, en el mismo momento que quien habita La Moneda en forma por lo demás precaria, dado su casi nulo apoyo ciudadano, ratifica día a día su condición de chanta, de inepto sin vuelta, de sensibilidad nula porque para él siempre va a ser más importante la economía que la salud de las personas.

Como si todo ello fuera poco, persevera en su repudiable papel de mequetrefe figurón. Aparte de extensas e insufribles “entrevistas exclusivas” pactadas con canales de televisión genuflexos, su inveterada megalomanía, nula autocrítica e incomprensible fanfarronería, lo ha llevado a ser protagonista constante y permanente de cadenas nacionales pensando, equivocadamente, que su carisma lo va a hacer subir en las encuestas y que con ello -además- va a tranquilizar a un pueblo que, además de choreado con todo lo que huela a poder (y con él, especialmente), está con el poto a dos manos.

Por la pandemia, por supuesto, pero también porque día a día observa que los mejorales que le tiran no alcanzan, y que tanto su puesto de trabajo, así como sus miserables ingresos, corren peligro de perderse quizás por cuánto tiempo. Y es que, como ese pueblo ha ido aprendiendo aceleradamente que para grandes males se requiere con urgencia de grandes soluciones, no puede dejar de mirar con espanto una verdad a estas alturas irrebatible: Piñera, salvo dinero, no tiene nada. Ni capacidad, ni empatía, ni sensibilidad. Ni siquiera esa inteligencia que muchos chupamedias o zopencos le suponen. No pasa de ser un pillastre vivaracho como pocos cuando se trata de acumular dinero. Y además implacable: ha demostrado que puede cagar a cualquiera con tal de hacer un lindo negocio.

Como era de esperarse, su gobierno de sainete tardó un mundo para reaccionar a tiempo frente a esta pandemia que en el oriente y en Europa Central muy pronto no dejó muñeco parado. Como el más recalcitrante de los canutos, o el más fervoroso pechoño, debe haber pensado que Tatita Dios iba a extender un manto protector sobre este envidiado oasis. Después de todo, en sus alocuciones de morondanga lo menciona siempre como el más fiel aliado de su mandato, y hasta debe pensar que fue precisamente Tatita Dios quien lo puso en el cargo para conducir por otros cuatro años de pesadilla a este pueblo flojo, pedigüeño y descarriado.

Para nada debe de sorprendernos. Ya dijimos, en una nota anterior, que Sebastián Piñera sólo llega a tiempo a los negocios. Y lo demostramos con peras y manzanas. Contando, por ejemplo, la celeridad con que se movió, como todo un Usain Bolt, para adquirir miles de acciones de Lan Chile con información privilegiada, en contraste con esa noche del “18-O”, cuando Santiago y otras ciudades de provincias empezaron a arder por los cuatro costados mientras él se iba a celebrar el cumpleaños de uno de sus nietos y a comer una pizza a un local jaibón de Vitacura.

Preocupado del PIB, del Imacec, de cuanto parámetro chanta exista para hacernos ver lo estupendos que estamos, desde luego que pensó primero que nada en la economía, en que sus negocios y los de sus pocos amigos siguieran funcionando. Su gran amigo y protegido Jaime Mañalich, ministro de Salud, como no podía ser de otra manera andaba por las mismas. Al parecer esperando que el coronavirus, como lo diría después, “se hiciera buena persona” y dejara como por arte de magia de jodernos la pita.

Tuvieron que ser los profesores los que, ante los primeros brotes de la pandemia, registrados en un colegio pituco del sector oriente, empezaran a tocar los pitos, pidiendo la suspensión de las clases para impedir que el resto de la cabrería se siguiera contagiando.

Tuvieron que ser los alcaldes, claramente más criteriosos y humanos, quienes respaldaron la medida y no sólo eso: subieron la necesaria apuesta apelando, además, al cierre de los centros comerciales, pedido a gritos por los propios trabajadores, que veían que, aparte de poner en riesgo su salud, a los locales no entraban ni las moscas.

Fueron nuevamente los alcaldes quienes, ante el claro aumento del número de contagios, exigieron una cuarentena total. El gobierno del inepto respondió decretándola sólo para siete comunas de la Región Metropolitana y otras tantas de la Región de la Araucanía, a sabiendas de que una medida de esa naturaleza no sirve de nada. En otras palabras, y como ocurrió frente a esas sentidas y viejas demandas de índole social, económicas, laborales e incluso de género, Piñera y su gobierno de juguete estiraron la cuerda al máximo. Y por lo mismo, cuando esa cuerda definitivamente se cortó, a las justas peticiones de los manifestantes genuinos se sumó el lumpen, que al igual que los delincuentes de cuello y corbata de este país, y que ya son demasiados, vieron en la crisis una gran oportunidad.

Como ocurre siempre con Piñera, aparte de sus continuas e insufribles apariciones en pantalla, recurrió a los golpes de efecto. Como arrendar el Espacio Riesco a cambio de una millonada para ir ubicando allí a futuros contagiados, pero sin tomar, ni por asomo, medidas que en otros países otros gobernantes sí han tomado: como “expropiar”, aunque sea transitoriamente, el sistema de salud privada para hacerla pública mientras permanezca la crisis.

Tan gil y descriteriado es, además, que hasta se dio el lujo de mirar a huevo al sistema de salud de Italia, señalando que nosotros estamos mucho mejor preparados para sobrellevar con mejores números la pandemia. ¿No hay nadie que le diga a este tontorrón que se ubique? ¿Nadie que le advierta que, aún en los peores momentos, y este claramente lo es, hay que mantener las formas y guardar las normas mínimas de la diplomacia?

Razones hay de sobra, pues, para pensar que recién estamos en la primera etapa. Que esto va a seguir avanzando y que el “peak” lo vamos a tener recién entre mayo y junio. Y el panorama no puede dejar de provocarnos más de un escalofrío, porque si nuestra precaria red de salud pública colapsa cada invierno, sin pandemia de por medio, hay que pensar en las devastadoras consecuencias que esto puede provocar más adelante.

¿Qué nos espera, si en tiempos normales los insumos básicos escasean en hospitales, clínicas y consultorios? ¿Qué cuando, como ya está ocurriendo, comiencen a enfermarse precisamente aquellos encargados de cuidar de los demás? ¿De dónde van a sacar personal para reemplazarlos?

Pero a Piñera al parecer siguen sin entrarle las balas. Urge al Congreso para que aprueben cuanto antes sus medidas de parche mientras sus “gomas” tratan de convencernos de que aprobar el pichiruche bono Covid-19, y que alcanza a la estratosférica suma de 50 lucas, va a significar una extraordinaria ayuda para la familia chilena.

Mientras, la Dirección del Trabajo dejó en claro ya que los patrones y empresarios no tienen ninguna obligación de seguir pagándoles sus sueldos a aquellos trabajadores que no pueden asistir a sus puestos producto de la cuarentena. “El dictamen tiene ya 25 años de vigencia”, dicen todos los alcahuetes de Palacio y tienen razón. Sólo que nunca, durante este cuarto de siglo, nos habíamos vistos enfrentados a una pandemia que deja como alpargatas a aquellos virus que antes nos habían alterado la vida, como la “gripe aviar” o la “gripe porcina”.

Piñera, Mañalich y otros mentecatos del ejecutivo, deben pensar que no hay para qué hacer tanta alharaca por unos cuantos muertos y unos miles de contagiados.

¿Son huevones o se hacen?

Creo que, efectivamente, son una tropa de pelotudos. Y, además, frescos.

Si algo habrá que rescatar de esta crisis sanitaria que estremece al mundo es que el neoliberalismo ha quedado una vez más por completo al desnudo. Como dijo el padre Felipe Berríos, que al contrario de la mayoría de sus pares habita en un campamento de Antofagasta, “esta pandemia ha dejado en claro lo absurda y ridícula de la sociedad que hemos ido construyendo. Una cosa es guardar cuarentena en una casa y otra muy distinta tener que encerrarse en una mediagua. Una cosa es que te recomienden lavarte seguido las manos para evitar el contagio y otra muy distinta verificar que en nuestro país tenemos muchos lugares en que una Coca Cola es más barata que el agua”.

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