Para unos (los menos), fue un “viernes negro”; para otros (los más), el despertar por fin de un pueblo harto de abusos, inequidad e irritantes privilegios. El alza en el pasaje del Metro fue sólo la guinda de la torta, el pretexto para decir basta. Saludablemente, connotados deportistas también se expresaron, demostrando que -contra la norma general- son ciudadanos tan opinantes como cualquiera que se gana el pan honradamente.

Por Lautaro Guerrero

El deporte no es una isla ni un enclave dentro de cualquier sociedad. Al contrario: su crecimiento, desarrollo y fortalecimiento depende de lo que esa sociedad sea o pretenda ser. Y como no es un establecimiento estanco, está sujeto a los vaivenes de un entorno que, más allá de disfraces y maquillajes, tarde o temprano desnuda toda la podredumbre e inequidad que afectan a las grandes mayorías mientras una ínfima pero poderosa minoría privilegiada se hace la tonta, porque le conviene que todo transcurra dentro de una ominosa “normalidad”.

Esa “normalidad” saltó por los aires este viernes que algunos denominan “negro” y otros el del “despertar” de un pueblo adormecido por la ignorancia y la superficialidad, cuando no por miedos que nunca nos han abandonado del todo en estos ya largos 29 años de recuperada “democracia”.

Harto de abusos, de sinvergüenzuras, de obscena inequidad, de soterrada burla disfrazada de frases “inteligentes”, el pueblo sacó por fin la voz y dijo basta. Literalmente, Santiago ardió por los cuatro costados, frente a la reacción estúpidamente sorprendida de quienes viven en su propio mundo y no conocen, ni de cerca, el mundo de mierda en el que viven los demás.

Sorprendidos imbéciles que piensan que esta saludable rebelión la provocó única y exclusivamente el alza de 30 pesos en los pasajes del Metro. Que, por lo mismo, haciéndole un generoso gesto al populacho, rebajando la escandalosa tarifa que es aún más escandalosa considerando lo que gana la gente, recuperaremos el “oasis” que era dentro de Latinoamérica nuestro país, de acuerdo a palabras de nuestro honesto y capaz Presidente.

La verdad es que el alza en el pasaje del Metro fue sólo la guinda de la torta, la gota que rebasó el vaso. Así como en 1949 a Gabriel González Videla le explotó el conflicto en la cara tras el alza de 20 centavos en la movilización colectiva, con dos días de intensa revuelta popular conocida como “la revolución de la chaucha”, a nuestro arrogante y hedonista mandatario la rebelión de una ciudadanía harta lo sorprendió en plena autocomplacencia en La Moneda, lo que no le impidió partir a comer pizza en un restaurante del barrio alto para confirmarnos que es tan humano como cualquiera de nosotros.

Quien mejor reflejó el agudo momento que se vivía no fue un político. Tampoco un cientista político. Menos una autoridad “con calle”, como gusta decir el senador Manuel José Ossandón. No. Fue un futbolista quien, con una frase tan demoledoramente explícita como popular y brutal, escribió: “La gente se aburrió de que le vean las huevas”. 

Con esa sencilla declaración “twiteriana”, Mauricio Pinilla sacó muchos más aplausos que los que pudo haber obtenido en toda su vida de peregrinar por canchas de Chile y el mundo. Simplemente, porque dio en el clavo. Porque apuntó al corazón mismo de un problema latente que la clase política y empresarial chilena -por conveniencia o pura imbecilidad-, con una que otra valiosa excepción, se negaba tozudamente a reconocer.

Lo cierto es que la gente se hartó. 

Se hartó de un sistema neoliberal que normaliza el abuso y que cada vez más concentra la riqueza en menos manos. Se hartó de una educación mala, clasista y cara. Se hartó de un sistema de AFP que constituye un robo en despoblado, una expropiación masiva y gigantesca de recursos y que condena a nuestros viejos a una vida miserable. Se hartó de que nos birlen todo, hasta algo tan precioso y preciado como el agua, cuya evidente y creciente escasez no impide, sin embargo, que el gobierno de turno pretenda hacerla aún más cara y escasa vendiendo esteros y ríos al mejor postor. Se hartó de sufrir jornadas extenuantes de trabajo a cambio de sueldos indignos y burlones. Se hartó, en suma, de una codicia desatada que hace que los políticos, los jueces, los milicos y los pacos roben a manos llenas mientras se coluden los empresarios de casi todos los rubros para seguir exprimiéndonos como si fuésemos un limón.

A esta hora, nadie sensato podría celebrar los saqueos, los incendios intencionados, la destrucción bárbara del Metro. Pero clase política chilena, empingorotados empresarios, ¿quién les dijo que podían estirar eternamente la cuerda sin que llegara el momento de que se cortara?

La codicia, la gula por el poder ha sido tanta, que ni el fútbol pudo escapárseles a esta tropa de insaciables mal nacidos. Inventaron un engendro de Sociedades Anónimas Deportivas que han sido nefastas desde el punto de vista deportivo y con una corrupción tan propia como la que ameritan los tiempos de espanto que la inmensa mayoría vivimos.

El gobierno del señor Piñera, sin embargo, hasta aquí no ha entendido nada. Como no han entendido nada, tampoco, los gobiernos que lo precedieron. Encerrados en su torre de cristal de irritantes privilegios, los políticos de casi todos los colores se han dado la vida del oso mientras el ciudadano común tiene que hacer figuritas para llegar a fin de mes. Y, lo que es peor, sin ver el menor atisbo de que esto pueda cambiar, como no sea ganándose un premio gordo de alguno de los innumerables juegos de azar que proliferan mientras haya menos esperanzas en las bondades del trabajo y una vida decente.

Que el gobierno, pues, ponga las barbas en remojo. Pero que la mal llamada “oposición” tampoco saque cuentas alegres. Unos y otros, salvo matices, son parte del problema y no de la solución. Unos y otros están advertidos, a partir de este viernes histórico, que la gente perdió la poca credibilidad que podía tener en ellos después de tanta felonía, tanta sinvergüenzura y tanta traición.

Como amantes del deporte, no puede sino reconfortarnos la reacción de algunos deportistas o ex deportistas connotados. Como Gary Medel, pidiendo respeto al pueblo; Como Claudio Bravo, desde Inglaterra; como Marcelo Barticciotto; como la de Fernanda Pinilla, seleccionada de la Roja; como la propia Erika Olivera, cuya diputación por parte de un partido de gobierno no le impidió apreciar que el estallido social tiene raíces mucho más profundas que una simple alza en el pasaje del Metro; como la del propio Mauricio Pinilla, ya reseñada como ejemplo de argumento poderoso y que no admite dobles interpretaciones.

Seguramente vendrán otras. Es lo que esperamos todos.

Porque así como dijimos que el deporte nunca podrá estar al margen de la sociedad en que se desenvuelve, tampoco los deportistas pueden ser unos “zombies” que ni piensen ni carezcan de una actitud frente al país y al mundo que habitan.


Fotografía de Aeveraal bajo Licencia Creative Commons https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Plaza_Italia_20191020-6.jpg

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