Un buen sistema de pensiones no sólo requiere de legitimidad social y sustentabilidad financiera, sino también gestoras y funcionarios que actúebn con probidad y transparencia (cosa que en Australia se cumple».

*Luis Abarca
Periodista y escritor

Desde la perspectiva de las pensiones chilenas, esta historia podría parecer increíble. Pero es una historia verdadera. En los largos dos años y medio que se desarrolló, la seguí de cerca. Me interesaba conocer su final, por razones humanitarias. Y, también, por mi incurable curiosidad.

Ocurrió entre el año 2017 y el 2019. Se inició con una tragedia: Nasher, pintor “de brocha gorda“, vivía en Sydney desde hacía un año y medio. Casado, 42 años de edad, era afgano y tenía una “Working Visa” que le permitía trabajar pero que no le daba derecho a postular a una visa permanente. Y mucho menos, optar a la ciudadanía australiana. Su visa le duraba mientras tuviese trabajo; es decir, mientras lo necesitaran.

Nasher llevaba un año en una empresa que ejecutaba subcontratos de pintura para empresas constructoras. Nasher estaba feliz, pues así, desde Australia, podía ayudar a su mujer y tres hijos, que vivían en un campo de refugiados afganos, en Irán. Pero un día, Nasher se cayó de un andamio. Al azotar su cabeza en el piso de concreto, murió en forma instantánea.

Nasher no tenía parientes ni amigos en Australia. Trabajaba duro y el dinero que lograba ahorrar, se lo enviaba a su mujer, Aadila y a sus tres hijos, de 8, 10 y 13 años. La empresa para la cual trabajaba le pagaba el sueldo puntualmente; y también, los extras (vacaciones, impuestos, fondo de pensiones). Y desde que Nasher ingresara a la Superannuation C-BUS, había estado cubierto automáticamente por un seguro de vida. Tras su muerte, dirigentes del Sindicato de Trabajadores de la Construcción (CFMEU) constataron que el balance de su “cartola”, tras trece meses de trabajo, era poco más de cinco mil dólares australianos (tres millones de pesos chilenos). Pero, más importante aún, su muerte había gatillado el pago de su Seguro de Vida, por más de A$200.000 dólares australianos (alrededor de unos 122 millones de pesos chilenos).

En su formulario de ingreso a la Superannuation, Nasher había tenido que nombrar a un beneficiario, en caso de muerte. Por supuesto, Nasher había nominado a su mujer. Pero, su familia ya no estaba en Irán. Peligros, precariedades, incertidumbre, habían empujado a Aadila e hijos a dejar el campamento de refugiados Afganos en Irán, hacía un mes. Ante ese problema, funcionarios de la “Super C-BUS”, ayudados por dirigentes del sindicato de la construcción, se dieron a la cuasi imposible misión de ubicar a Aadila y sus hijos.

Fue una tarea larga, laboriosa, frustrante. Cada vez que daban un paso adelante, retrocedían dos. Porque, tras centenares de llamadas telefónicas (erizadas de desconfianza, líos con la traducción y la abulia de los funcionarios), se informaron que Aadila y sus hijos se habían movido de sucesivos campos de refugiados, primero en Irán. Más tarde, en Turquía. Y de allí, habían marchado a Grecia. Al fin, tras un año y medio, los australianos lograron por fin hablar con Aadila: en Atenas, a través de intérpretes del Consulado Australiano. Ella ya sabía la muerte de Nasher, su marido: se la habían comunicado funcionarios de la Oficina para Refugiados, de la ONU, advertidos por el gobierno de Australia.

Fue una conversación dolorosa, repleta de llanto y dolor. Pero, al mismo tiempo, la gran sorpresa: Aadila y sus hijos eran los beneficiarios de 214.000 dólares australianos, la suma de los fondos acumulados por el trabajo de Nasher, el beneficio por Seguro de Vida de su esposo, más los intereses que había acumulado el dineros desde el accidente. Aadila debía ahora llenar el formulario de la Superannuation, para reclamar el dinero. Eso tomó otros meses más. Además, ella tenía que abrir antes una cuenta bancaria, en Atenas, para la transferencia. El Consulado Australiano prestó sus buenos oficios, y los documentos hicieron muchos viajes aéreos (los reglamentos aceptan sólo originales), para el capítulo final de la odisea.

Dos años y medio tras la tragedia, la “Super C-BUS” completó la liquidación de la cuenta transfiriendo A$214.000 dólares australianos (130 millones de pesos chilenos) para que Aadila y sus hijos, dos niños y una niña —ahora de 10, 12 y 15 años de edad—, pudieran iniciar una vida mejor, en algún lugar del planeta, donde los recibieran con amor.                 

El Soberano

La plataforma de los movimientos y organizaciones ciudadanas de Chile.

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