El ofertón de beneficios para el populacho no logró el efecto esperado. En las calles los manifestantes se multiplicaron para continuar protestando. Y cómo tendrá de clara la película la gente, que seguidores albos y azules unieron sus banderas para sumarse también ellos a este pueblo que por fin despertó y sacó la voz.

*Lautaro Guerrero

Su a estas alturas escandalosa ineptitud, su miopía para seguir sin entender el estallido social y los factores que lo provocaron, hacen de Piñera un Presidente no sólo inútil, sino incluso peligroso. Con el agua al cuello, hundiéndose su gobierno como el Titanic, no titubeó en ofrecer una batería de medidas urgentes que no sólo son migajas, sino que constituyen una posibilidad más de negocio para la plutocracia de la cual él forma parte como un advenedizo de la hora nona, puesto que carece por completo de la raigambre aristocrática de quienes, en último término, son sus socios y, al mismo tiempo, sus patrones.

Con el estilo grandilocuente que tanto le gusta, y hasta haciendo alusiones literarias seguramente sacadas de Google o el Rider´s Digest, Piñera hizo uso, una vez más, de una cadena nacional para dar cuenta de la solución que había encontrado para acabar de raíz con la crisis o, al menos, apaciguarla, de modo de ganar tiempo, obtener algo de oxígeno y apostar al desgaste de los manifestantes, en las calles masivamente desde el viernes pasado.

Como se presumía, ninguna de las medidas adoptadas ataca el fondo del problema. Es, como siempre, el Estado quien paga la cuenta, mientras el empresariado respira aliviado de saber que los pichiruches impuestos que pagan siguen tal cual y, pese al incendio, el gobierno al parecer no tiene en sus planes aumentarlos y, de esa forma, caer en una abusiva expropiación de eso que tanto esfuerzo les costó acumular.

Todo indica, como dijo Alvaro Elizalde, presidente del Partido Socialista, que la batería de medidas estaba tomada antes de la publicitada reunión de Piñera con los jefes de los otros dos poderes del Estado y con los presidentes de los partidos. Nada que suene descabellado, considerando que Piñera nunca escucha a nadie, ni a sus colaboradores más cercanos.

Su descomunal aunque injustificado ego se lo impediría.

Ocurrió, sin embargo, que las medidas, celebradas con fanfarria por los partidos gobiernistas, no desactivaron para nada el conflicto. Al contrario: si en los días precedentes una multitud se había tomado las calles de Santiago y del país, y lugares que ahora son todos “emblemáticos” al decir de reporteros y conductores de TV, este miércoles la convocatoria superó todo lo esperado, incluso por sus más optimistas voceros.

No fue, sin embargo, un asunto sólo de cantidad. Fue también de calidad. Y es que la colosal estulticia de Piñera logró incluso milagros. Como que las marchas se tomaran calles del barrio alto, por donde a lo más transitan nanas y jardineros. Como que -y esto sí que es increíble- hinchas albos y azules depusieran su enconada rivalidad para marchar juntos por un objetivo común: decirle a Piñera que sigue sin entender nada y que el pueblo, harto de desigualdad y de abusos, se hartó también de un mandatario experto en oler negocios y dinero, pero absolutamente incapaz de dar las soluciones que la gente antes balbuceante, cuando no derechamente muda, ahora exige con toda la voz que puede porque entiende que por fin ha llegado su momento.

Es verdad: unos o dos días antes, y frente al incontrolable estallido social, los tres denominados “grandes” de nuestro fútbol -Colo Colo, Universidad de Chile y Universidad Católica- habían hecho una declaración conjunta comprendiendo el fondo de las protestas y llamando al Ejecutivo a ofrecer soluciones satisfactorias. Sin embargo, tal documento, aunque valioso y necesario, era meramente cupular.

Dicho de otra forma, una declaración diseñada entre cuatro paredes.

En otras palabras, había sido consensuada por los regentes de los clubes, pero no por el pueblo que los sigue y que les da vida. No por ese hincha de a pie que, integrante también de esta sociedad que hace agua, conoce mejor que nadie las pellejerías que viven día a día sus pares, porque también ellos son protagonistas de parecidos dramas.

Esto fue claramente diferente. Era el pueblo albo, el pueblo azul y el pueblo “cruzado”, los que salían a la calle para unir sus banderas y enarbolarlas tras una causa común. Por esta vez, la “Garra Blanca” y “Los de Abajo”, marchaban juntos y hasta revueltos, dejando por completo de lado sus agudas y profundas diferencias.

Es probable que los muchachos que marcharon a cara descubierta ni siquiera sepan que ambos son compañeros de desgracia. Que, producto de esta codicia irrefrenable, que tiene todos los visos de una plaga, los que han manejado este país las últimas tres décadas decidieron, hace algunos años, expropiarles sus clubes para convertirlos en Sociedades Anónimas Deportivas. Que para ello no titubearon sólo en inventarles a ambos quiebras absolutamente truchas, sino además fraudulentas. Que, una vez robadas ambas instituciones a sus hinchas, los síndicos de ambas quiebras regalaron los derechos de imagen que tanto habían defendido Peter Dragicevic y René Orozco, para que de esa forma pudiera crearse el gigantesco negociado que significó el Canal del Fútbol.

Les damos otro dato, muchachos manifestantes albos y azules: tras el diseño de esta ley de Sociedades Anónimas Deportivas estuvo, como no podía ser de otra manera, nuestro sagaz Presidente, que vio en el fútbol otra expectativa de negocio o, al menos, la posibilidad de disfrazarse de hincha y embaucar giles en sus diferentes campañas electorales.

Piñera no sabe de empatía, no conoce de afectos, pero en cambio tiene un amor ilimitado por el poder y el dinero. La plata ya la tenía, y se sabe que no con buenas artes. Pero le faltaba el poder, y para empezar a conseguirlo no titubeó en meterles el dedo en la boca primero a los porteños, simulando ser hincha de Wanderers cuando su meta era ser elegido senador por la Región de Valparaíso. 

Conquistado el escaño, y como su fin último era ser Presidente, por más que claramente no tuviera dedos para ese piano, se hizo pasar por acérrimo hincha albo, y como con plata se compra todo, incluso huevos, se compró Colo Colo, a medias con ese otro pillastre que lleva por nombre Gabriel Ruiz Tagle.

Así que, muchachos de los dos clubes más populares de Chile, por esta vez al menos cuentan con toda mi simpatía y todo mi respeto. No niego que verlos en papel de flaites en los estadios me repele, al punto que son ustedes los principales culpables de que desde hace años me haya tenido que conformar con ver los partidos por la tele en lugar de presenciarlos desde el tablón. 

Sin embargo, verlos unirse, y una vez unidos sumarse a ese estudiante, a esa dueña de casa, a ese trabajador, a esos miles que desafiaron el cansancio, el calor y a los pacos para marchar por lo que es justo, me devolvió una cuota grande de fe en la vida.

¿Será que el sentido de clase de ustedes estaba sólo adormecido, pero nunca muerto? ¿Será que estaba en estado de perpleja hibernación por culpa de esta miserable clase política nuestra que, por ser pobres y proletarios, los condenó a ser cumas para que fueran funcionales al sistema que tan buena vida les ha otorgado a ellos, pero jamás a ustedes?

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