El escritor y periodista Roberto Bruna nos cuenta las razones que lo llevan a creer que Piñera tiene una responsabilidad penal ante lo que sucede en el país.

Nunca esperé nada de Piñera Echeñique, salvo lo peor. Por lo mismo, he presenciado toda esta enorme tragedia sanitaria (y económica) con la desesperación de quién sabía que íbamos directo al desastre y que sólo tiene una certeza: que nada, absolutamente nada de lo que se diga o haga, podrá evitar el desenlace que nos reserva el destino: el dolor de miles de familias a las que se les arrebató un ser querido, y las millones que verán un deterioro profundo de sus condiciones de vida, muchos de los cuales se verán forzados a limpiar vidrios en las esquinas para poner un pan en la mesa, o que deberán (hay que decirlo, por muy brutal que suene) prostituirse para pagar el techo que los cobija. No sería raro que las mismas familias de la clase media chilena deban coordinar ollas comunes con sus vecinos a fin de hacer más eficiente el gasto en alimentación.

Todavía no quisiera referirme a los números que nos deja esta crisis, aunque todo hace suponer que la auditoría respectiva será de suyo interesante. Pero ya podemos, más o menos, trazar un diagnóstico tanatalógico del verdadero crimen social que perpetró Piñera Echeñique en aras de alimentar su narcicismo patológico y salvaguardar los intereses del grupo al que pertenece.

Narcicismo, porque tenemos bastante claro que privilegió su imagen en las encuestas, pensando que él y un puñado de expertos podrían lograr ese fino equilibrio entre la salud de las personas y la salud económica del país en virtud de una cuarentena dinámica, eje de una estrategia que tenía como gran atractivo su bajo costo de implementación, al menos en comparación con los modelos que le planteaban voces expertas y disidentes, quienes pedían un plan más radical y, por ende, mucho más costoso. El objetivo inicial era claro: llevarse todo el crédito y mejorar sus números en las encuestas después del 18 de octubre. Sólo cuando los números empezaron a desmentir el éxito de su estrategia es que se animó a gastar algo más de plata en todo aquello que, con mucha anticipación, le fue planteado por los expertos, y que el mismo Piñera Echeñique rechazó cuando se creía destinado a prevalecer sobre los “irresponsables” y “populistas”, que es como él califica a los que buscan herramientas o alternativas ajenas a su dogmatismo ideológico. 

No hablo del personal médico de refuerzo que debió salir a buscar con desesperación ni de su alocado procuramiento de camas y ventiladores, sino de una inversión clave para prevenir la propagación del virus, y que permitiría implementar una estrategia robusta toda vez que se componía de un set de medidas que implican un desembolso mayor por parte del Estado: testeos masivos, la entrega de un ingreso familiar de emergencia digno a cada adulto mayor de 18 años por un plazo de tres meses, el arriendo y acondicionamiento de hostales sanitarios para aislar a contagiados (incluyendo sospechosos y asintomáticos) y la contratación de personal orientado a trazar la capilaridad del contagio. Se trata de medidas que le fueron planteadas desde un inicio, pero Piñera Echeñique, al parecer, no quiso escuchar nada que escapara a los estrechos confines de su ideología, que tiene por eje (lo sabemos) no gastar dinero público en favor de las personas, sino en las empresas y en quienes son sus propietarios. 

Recién a fines de mayo se escuchó al mentiroso de Mañalich y a Paula Daza diciendo que el gobierno estaba contratando habitaciones para aislar enfermos y el personal requerido para hacer el seguimiento de los contagiados. Un poquito tarde, ¿no?

Piñera es indecente y caradura. No te olvides de ello.

Claro, era plata, desde luego; pero ¿no era mejor eso que esperar a sumar, como afirman investigadores de la Universidad de Talca, unos 500 mil contagiados, casi cinco veces más que los registrados oficialmente por el Gobierno? ¿No era mejor invertir fuerte desde un principio a objeto de contener este contagio que, como una necrosis, se expande liquidando el tejido económico y productivo del país que todavía permanece sano? Por lo demás, igual llegamos a la famosa cuarentena. El problema es que llegamos tarde, y el tiempo es oro, y esto vale para la salud y la economía. 

Lo curioso es que, aun cuando todas sus ideas y proyecciones se han demostrado erradas, Piñera Echeñique insiste en creer que se las sabe todas. Mantiene, al igual que el impresentable de Mañalich, ese mismo tono arrogante del delincuente habituado a salirse con la suya en cada fechoría que comete, y que no tiene problema en mostrarse sonriente ante las cámaras mientras va esposado.

Es evidente que el llamado de Piñera a un gran “pacto social” no busca ideas nuevas que, tanto en lo económico como en lo sanitario, corrijan la ineficaz acción de su gobierno, sino la típica reafirmación de quien cree que su éxito personal le da la razón. En el fondo, ahora que las cosas no andan, Piñera quiere repartir las culpas con esos miles de chilenos que salen a la calle motivados por la necesidad (los “inconscientes que no colaboran”) y con aquellos politicastros que integraron la antigua Concertación. 

Piñera Echeñique tuvo dos alternativas al comienzo de esta crisis. Pudo encararla como un estadista que reconoce su pequeñez frente a la naturaleza, y que, por lo mismo, debe convocar desde un principio a todos los científicos, investigadores, técnicos, economistas, comunicadores y políticos que estuvieran en condiciones de ayudar, incluso a sus más enconados opositores. La otra opción era creerse el gran macanudo, el que se las sabe todas, el que arma un grupo selecto y excluyente para no repartir el crédito en caso de conseguir el éxito, el tipo grosso que puede mitigar los efectos de una crisis que ha provocado semejante descalabro sanitario y económico en países de verdad, con estados de verdad, con sociedades cohesionadas. En la primera opción, Piñera Echeñique debía anteponer los intereses del país a los suyos y bien que hubiera ganado puntos; en la segunda opción, Piñera Echeñique tenía que poner su interés por sobre la seguridad sanitaria y económica del pueblo que gobierna. Optó por la segunda.    

Estamos claros, entonces, que Piñera Echeñique privilegió la salud de las finanzas por sobre la salud de las personas. Nada extraño en la psicopatía neoliberal. Si tanto le hubiera importado la suerte de su gente, Piñera Echeñique no hubiera lanzado una idea tan poco eficiente como la entrega de canastas alimenticias. Lo hizo porque vio en ello la oportunidad de lucirse, de mostrarse caritativo, preocupado, atento y empático con las personas que la pasan mal.

Echar marcha atrás habría significado reconocer un error, y el tipo no reconoce errores. Aquí, nuevamente se puso él por encima de todos los demás. Una reflexión al cierre: una persona de lábil moralidad y disoluto (cierra los ojos, para que consultes con tu conciencia), ¿sería capaz de extender esta catástrofe sólo para tratar de enterrar el plebiscito de octubre, que ha dejado entrever como uno de sus más íntimos deseos? Sé que suena extremo suponer esta intencionalidad, pero… ¿Qué valdrá más para Piñera Echeñique? ¿Los miles de muertos que deje su paupérrima estrategia o los privilegios de clase que consagra una Constitución que hipotecó a regañadientes? Yo, personalmente, creo que Piñera Echeñique es lo suficientemente indecente para perseguir aquello por esa vía, y lo suficientemente perseverante y caradura para intentarlo.

Yo acuso a Piñera. Derechamente lo culpo de todas esas muertes. Y espero que la Justicia lo persiga al menos por tan negligente gestión de la crisis. Ya está bueno que las autoridades jueguen con la vida de las personas en beneficio propio y queden impunes como si nada hubiera ocurrido.

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Roberto Bruna

Roberto Bruna (Santiago, 1977) es periodista de profesión y Director de Contenidos de El Soberano. Estudió en un colegio cuyo nombre da exactamente igual y se tituló en una universidad “pública y...

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