El club popular parece irremediablemente condenado al descenso por primera en su historia. Todos apuntan sus dardos a Blanco y Negro, sin duda el primer responsable de la debacle, pero ese gesto pretende ocultar la innegable cuota de culpa que le cabe a quienes, por negligencia, anomia, ignorancia futbolística y confianza excesiva, dejaron de realizar acciones orientadas a impedir que gente con dinero convirtiera al club en instrumento para sus fines espurios y egoístas.

Qué significa Colo Colo para Chile (y por qué su descenso puede ser calamitoso para Chile)

Colo Colo no surgió como un centro de reunión para los privilegiados de la sociedad chilena a efectos de reforzar su sentido de pertenencia a la élite, tampoco como un divertimento para las clases medias profesionales e ilustradas que antaño crecieron al alero del aparato estatal. Tampoco estaba en el ánimo de sus fundadores la formación de un club que contribuyese a preservar las diversas identidades nacionales de aquellos inmigrantes que llegaban a nuestras tierras. Colo Colo emergió de la chilenidad despreciada por una oligarquía eurocéntrica toda vez que se propuso representar al chileno de a pie y conectarlo con la práctica deportiva reservada para los más pudientes. Colo Colo es, en buenas cuentas, la representación deportiva del chileno mestizo que carece de tierra y capital. No es baladí la imagen del indígena en su insignia.

A poco andar Colo Colo se consolidó como un catalizador de emociones para los más humildes de este país, una válvula de escape necesaria para los millones de desheredados, aquellos que no tenían privilegios ni redes para trepar por la vida. Colo Colo se convirtió así en una de las pocas alegrías que se le reserva a quienes derraman su sudor a bajo precio. La narrativa primigenia del club indicaba que Colo Colo le pertenecía a quienes subsistían gracias a la venta de su trabajo en las lóbregas profundidades de una mina, de aquellos que se arriesgaban a montar las encabritadas y gélidas olas del mar chileno con tal de extender sus redes en mitad de la noche, del obrero que recibía una paga un poco menos miserable que las fichas que recibía en las salitreras y del campesino que día a día se jugaba la supervivencia de su familia gracias al jornal de hambre que le pagaba el patrón. Las cosas en Chile han cambiado desde entonces, estamos claros; pero se entiende que Colo Colo es de extracción popular, al punto que es el equipo más popular en la comunidad migrante

Colo Colo es, en consecuencia, un sentimiento casi folclórico al que ciertamente pueden adherir los profesionales, incluso los ricos que desean extender su apetito de triunfo personal también a espacios presumiblemente irrelevantes, como es el ámbito deportivo. Al menos esos ricos reconocen el poder simbólico de una institución que forma parte del alma de Chile. Esta introducción sirve para contextualizar la importancia histórica de la institución y las consecuencias sociales que entraña su debacle, de las que haré mención al cierre de esta columna

Pero vamos por parte.

Lo que más duele de esta crisis es que, en concreto, hemos perdido una de las razones base de nuestro orgullo, que era el hecho de ser los únicos en no haber conocido los potreros. Esa pérdida es irrecuperable, y por lo mismo nos resulta tan dolorosa. Pero nada ocurre porque sí, del mismo modo que sus causas no se encuentran sólo en la desastrosa gestión realizada a lo largo de todo 2020. La autopsia dirá que la causa de muerte del club no está sólo en la cancha, sino que también en el directorio que lo gobierna, en la gerencia que gestiona y también en las graderías del Estadio Monumental, ahí donde sus hinchas se sentaron a ver cómo mataban lentamente el alma del club que representa a un 40% de la afición nacional.

Una institución sin alma

Lo cierto es que Colo Colo se nos muere porque le robaron el alma, del mismo modo que los Chicago Boys y los milicos destruyeron el alma de Chile, como bien denunciaba esa célebre colocolina llamada Gladys Marín. Pero no somos enteramente víctimas de este verdadero crimen social que significó el hecho de abrir las puertas de nuestro querido club a un grupo de forajidos y defraudadores, dueños de una ineptitud, zafiedad y deshonestidad a toda prueba, cuya falsa promesa de un futuro pletórico de triunfos internacionales terminó en esta humillante pérdida de la categoría. Nos dejamos embaucar -unos más, otros menos- por quienes deben toda su fortuna a la herencia, el privilegio y la trampa. Nunca pusimos trabas al plan de convertir a nuestra institución en un escaparate para que aparecidos y delincuentes de cuello y corbata que campean en la Bolsa de Comercio -genuinos exponentes de esa cáfila de parásitos que conforma la casta empresarial chilena- limpien su asquerosa imagen con el blanco de nuestra camiseta. Asimismo, también somos culpables por permitir que un millonario ocioso y oligofrénico, de pocas luces y rasgos infantiles, se sintiera con el derecho de convertir a Colo Colo en un juguete personal para obtener el reconocimiento que anhela desde niño.  

Pero seamos claros y autocríticos: en cierta medida, los hinchas de Colo Colo somos culpables de nuestro infortunio del mismo modo que chilenas y chilenos somos culpables de que un consumado delincuente como Sebastián Piñera llegase por segunda vez a La Moneda, objetivo que cumplió con la absurda promesa de los “tiempos mejores”, que no era otra cosa que más plata en el bolsillo. Se parece a la promesa que hicieran los regentes de Blanco y Negro cuando -cuales piratas asaltando un puerto, hambrientos de seguir enriqueciéndose en el único ámbito que no habían alcanzado a fagocitar en Chile- desembarcaron en nuestro club dando esa cátedra tecnocrática que echa raíces en conceptos no del todo aplicables a una industria muy singular, llena de imponderables y cruzada por la emocionalidad como es, en efecto, el fútbol: “Colo Colo será el Manchester United de Sudamérica”. En consecuencia, la autopsia de Colo Colo dirá que dejamos que los delincuentes oligárquicos que tienen cautivo a nuestro país también se apoderaran de nuestro club y, con mentalidad de almaceneros y mercachifles, procedieran a mutilar todo aquello que no aseguraba un lucro inmediato. Leonidas Vial y Gabriel Ruiz Tagle ni siquiera tenían un vínculo con Colo Colo, y quienes los conocen -gandules de la misma estofa- dudan de que alguna vez hayan tenido interés en el fútbol. Más encima, a Ruiz Tagle lo pillaron tirando las manos, según determinó la Comisión para el Mercado Financiero y los tribunales de Justicia. 

A ese par poco le importa Colo Colo, su historia y su gente. Ello explica ese pronunciado vaciamiento afectivo que se produjo entre una institución deportiva reducida a simple empresa y sus hinchas, los que, en este nuevo régimen estatutario, pronto pasaron a ser tratados como meros consumidores de un espectáculo deportivo que se transmite por televisión. Nada más que eso.

La culpa de no saber de fútbol

Lo sucedido es también culpa de nuestra supina ignorancia futbolística, lo que resulta fatal si se combina con la negligencia que observamos en el hincha ante la continua y visible degradación institucional de Colo Colo. 

Dejamos que los empresarios y representantes nos enchufaran numerosos “buzones”, jugadores carentes de jerarquía y proyección, muchos de ellos cojos y viejos. Cuántos de nosotros pidieron traer de vuelta (o mantener) a jugadores acabados (Insaurralde no puede jugar un minuto más). Es fundamental entender que Colo Colo no puede seguir siendo un club que reserve espacios en su plantel para honrar a sus viejas figuras, cuando más bien debería ser al revés. Me explico: si algún día Arturo Vidal quiere volver a Colo Colo, pues que lo haga mientras se encuentre vigente y todavía esté en condiciones de liderar en cancha una campaña por la Copa Libertadores. Es Arturo Vidal quien debe brindarle un homenaje a Colo Colo por ser ésta la plataforma desde donde construyó su brillante carrera deportiva. No es al revés. Colo Colo debe dejar de ser un club para retirarse. 

Otra cosa: nunca jamás debemos permitir que los jugadores con gravitación en el camarín se crean dueños del club. No puede ser que ellos decidan quién los ha de entrenar y cómo, quién viene y quién no, ni mucho menos que sean ellos los que decidan hasta cuándo se prolongan sus contratos. Otra cosa: ¿cuántos “muertos de frío” han llegado a Pedreros? ¿Cuántas componendas y arreglos entre empresarios se han realizado en nombre de Colo Colo? ¿No se suponía que este fenómeno sería erradicado por las sociedades anónimas?

Ahora tenemos un grave problema, uno más si atendemos el destino inexorable de nuestro equipo. Lo primero: es evidente que no tenemos una red de observadores repartidos por el mundo. Por si fuera poco, Blanco y Negro tampoco invirtió en las divisiones inferiores, ¿cierto? Los jugadores formados por la concesionaria son un desastre, impropios del primer club de Chile. Incluso dudo de que puedan lucir en equipos de menor abolengo. Este sumario de antecedentes tiene por objeto arriesgar una respuesta para una pregunta que pocos se hacen, quién sabe si porque siguen aferrados a la ilusión de las permanencia: ¿con qué jugadores vamos a encarar la humillante campaña en la B? 

Los que hoy están en el plantel -incluyendo los que han sido producidos por Blanco y Negro- no tienen nada que ofrecer, y mucho me temo que no nos sirvan para encarar una temporada en la Primera B, menos si resultan “quemados” psicológicamente con el descenso. Sólo tres jugadores podrían sobrevivir a la guadaña: Ignacio Rojas, el uruguayo Falcón y César Fuentes. ¿Querrán seguir el 2021 jugando en la Primera B? El resto, adiós y gracias por tan poco. No nos engañemos: quizás debemos armar un plantel ad hoc para retornar a la Primera A en 2023, porque no es nada claro que podamos ascender al término de la próxima temporada. Que no nos vaya a ocurrir lo de Cobreloa, que lleva un lustro empantanado en ese limbo. Cuidado.

Acciones concretas de los hinchas para enfrentar con dignidad el 2021

Lo primero es movilizarse en aras de recuperar a nuestra institución, y en ese sentido debemos dar todas las batallas, en todas las áreas y en todos los espacios, incluyendo la calle. Supongo que hay abogados colocolinos que podrían diseñar una estrategia legal que nos permita recuperar el control del club. Que no se te olvide la trágica moraleja que nos dejó el estallido social: las cosas se consiguen con violencia. La oligarquía no entiende de otro modo. No atiendas llamados a rendir tus esfuerzos debido a la intangibilidad de los contratos. Recuerda que bien pudimos echar al tacho de la basura la Constitución de Pinochet, como bien decía nuestro columnista Lautaro Guerrero. No hay razón para suponer que seremos incapaces de enterrar el contrato de concesión con Blanco y Negro. Que la memoria sea el antídoto que nos mantenga a salvo de los rufianes y chantas que pululan por ahí. En esa memoria debemos grabar a fuego dos ideas: el amateurismo es positivo como espíritu deportivo, pero no para la gestión administrativa; y el lucro nunca ha sido un buen movilizador de virtudes y talentos en aras de un objetivo deportivo.

-Adiós CDF. Es obvio que los equipos que juegan en los potreros reciben menos recursos por concepto de transmisión televisiva. No podemos ser nosotros quienes financien a los equipos de la Primera A (incluyendo a nuestro archirrival) siendo que estaremos encerrados en el lúgubre sótano del profesionalismo chileno. Todo hincha de Colo Colo debe dar de baja esa suscripción. Sigue al equipo por radio, o acompaña al equipo ahí donde juegue. El lado positivo es que podrás hacer turismo y conocer lugares como Santa Cruz…

-Tan grave es la situación que se me hace intolerable el sólo hecho de imaginar la alba casaquilla paseándose por los potreros. Debemos jugar de negro en señal de luto por la oprobiosa afrenta que hemos hecho sufrir a la memoria de David Arellano y de todos quienes dieron brillo y gloria a nuestra amada institución. Es una vergüenza innecesariamente adicional. De recambio usemos la casaquilla roja.

Y por último, los hinchas de Colo Colo deben recordar por siempre lo vivido este 2020. Quién sabe si el descenso de nuestro equipo pueda desatar un estallido social aún más violento que el anterior, en tanto permite acumular una buena dosis de frustración en el seno de un pueblo tan empobrecido como abusado. He aquí lo que decía en la introducción de esta columna: Colo Colo es un catalizador emocional para los más humildes, una válvula de escape necesaria para los millones de desheredados. Para colmo de males, el histórico descenso de Colo Colo nos refrescará la memoria y podremos recordar el rol que desempeñó Sebastián Piñera Echeñique como arquitecto de la ley de Sociedades Anónimas Deportivas, y cómo fue que utilizó a Colo Colo para su propio beneficio.
En fin. Que el recuerdo luctuoso del descenso quede grabado a fuego en nuestra memoria, y que esa memoria sirva para alejar de nuestro amado Colo Colo a todos los sinvergüenzas que se ven atraídos por el fulgor que emite esa antorcha inmensa de gloria en su destino.

Roberto Bruna

Roberto Bruna (Santiago, 1977) es periodista de profesión y Director de Contenidos de El Soberano. Estudió en un colegio cuyo nombre da exactamente igual y se tituló en una universidad “pública y...

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