Entrevistamos a la directora de La Morada, una corporación feminista no gubernamental que actualmente cuenta con un Centro Clínico que acoge a mujeres en situación de violencia. La actual emergencia sanitaria ha llevado a la corporación a introducir un dispositivo de atención y acompañamiento virtual, con psicólogas y abogadas las 24 horas del día.

Francisca Pérez Prado es la Directora de la Corporación La Morada. En sus inicios como sicóloga trabajó en un programa de Violencia Doméstica, tanto en la prevención como en la intervención clínica. Luego se formó en psicoterapia familiar y en psicoanálisis, y nunca más dejó la clínica, la academia ni el trabajo en los temas de género.

Francisca Pérez, directora de Corporación La Morada

Pérez explica que es muy importante para las mujeres resguardar espacios de confianza y protección que les permitan hablar de su experiencia y contar con la posibilidad de pedir ayuda en los momentos críticos. De la misma manera, es también relevante conocer otras historias y saber que es posible transformar la vida y volver a inventarla las veces que sea necesario.

¿Cuándo y por qué decidiste dedicarte a la psicología clínica? ¿Siempre quisiste vincular tu trabajo al feminismo y al activismo para mejorar la calidad de vida de las mujeres?

Decidí dedicarme a la psicología clínica en los últimos años de mi carrera. Al egresar, enfrenté una gran disyuntiva entre esa vocación “académica” y una vocación “social y política”, y opté por esta última. Al entrar a Psicología me interesé más por la Psicología Social y Comunitaria. Estudié en los años 80, y el contexto del país, al menos desde mi perspectiva, ponía en primer plano la necesidad de trabajar por las problemáticas colectivas impostergables: la pobreza, los derechos humanos, la reconstrucción de los lazos sociales.

Mientras estudiaba, en la U. de Chile, fui también ayudante de algunas cátedras y ayudante de investigación. Me encargaron la realización de una pequeña investigación sobre “Género y Psicoanálisis” y luego, mientras hacía la práctica, participé de un proyecto Fondecyt sobre “Violencia sexual”. En el primero, sobre género y psicoanálisis, descubrí un universo conceptual crítico que cambió mi mirada sobre las relaciones de género.

Yo provengo de una familia en la que las primeras mujeres entraron a la universidad a comienzos del siglo XX: crecí viendo a mis abuelas, madre, tías, como mujeres profesionales, autónomas y con un lugar propio en el mundo. Por lo tanto, nunca antes, ni en la familia ni en el colegio, me planteé la posibilidad de la discriminación: nunca me sentí discriminada por el hecho de ser mujer. Sin embargo, en la academia entendí que esa experiencia particular es una burbuja al interior de un mundo que se caracteriza, muy centralmente, por brechas enormes en las posibilidades que tienen hombres y mujeres para enfrentar la vida: en el ámbito doméstico, laboral, social, político.

Si miramos los últimos 40 años de la historia de Chile, ¿qué ha mejorado, qué se ha mantenido y qué ha empeorado respecto de la violencia contra la mujer?

Creo que, en muchos sentidos, las últimas décadas han visto transformaciones importantes en la vida de las mujeres. Por una parte, el papel que las mujeres jugaron en la época de la dictadura, a nivel social, político y económico, abre las puertas para su ingreso a otras dimensiones de la vida colectiva que antes eran bastante más restringidas. Surgen de allí liderazgos importantes, que luego se incorporan a la vida institucional en distintos niveles: en el parlamento, en los gabinetes, en el mundo local. En ese sentido, creo que el proceso de reconstrucción democrática que vive nuestro país a partir de los 90 va de la mano con la conquista de espacios públicos para las mujeres.

Sin embargo, también es fundamental reconocer que esa desigualdad sigue existiendo, y que afecta dramáticamente, y de manera especial, a aquellas que se ubican en los lugares más precarios de nuestra sociedad.

Es lo que el feminismo denomina interseccionalidad: hoy, la variable de género se articula con otras múltiples desigualdades: aquellas que sufren pueblos originarios, las migrantes, las mujeres que viven en zonas rurales y en zonas de sacrificio, etc.

A pesar de las transformaciones legales relevantes que hoy observamos, persisten elementos culturales también muy determinantes que siguen afectando nuestra convivencia; así nos lo recuerdan las estudiantes, hace un par de años, pero así también lo muestran las cifras actuales de femicidio y de violencia en general. Mientras no seamos capaces, como país, de erradicar las diversas formas de discriminación, no podremos tampoco terminar de erradicar la violencia hacia las mujeres. 

¿La violencia contra la mujer en Chile sigue siendo un tema que se intenta recluir en lo privado? Si hay avances, ¿se notan a nivel país y de manera transversal o hay comunidades o sectores muy rezagados aún a la hora de visibilizar este drama?

Sí. La violencia contra las mujeres continúa siendo una experiencia muy “privada”, a pesar de que sus raíces y sus soportes son históricos y políticos. Esta es una característica muy propia de las relaciones de violencia; el aislamiento progresivo es un mecanismo poderoso que va separando a las mujeres de sus redes familiares y sociales, y haciendo de la violencia una suerte de secreto.

Salir de una relación de violencia constituye un desafío importante; la violencia va consolidando relaciones de dependencia y de daño afectivo que empobrece las herramientas para reconstruir la vida. Al mismo tiempo, quien es víctima de violencia vive esa situación con mucho temor -muchas veces un temor ajustado a la realidad- y no encuentra mecanismos eficientes y disponibles, en su entorno, para hacerle frente.

Por lo tanto, la mayoría de las mujeres vive años de violencia -a veces muchos años- antes de pedir ayuda. Al mismo tiempo, ocurre un fenómeno complejo en su entorno y en el mundo institucional: la dificultad para “comprender” la situación de violencia que viven las mujeres y la tendencia a responsabilizarla por ella.

En el caso de las instituciones, se habla de “victimización secundaria”, es decir, del modo en que las propias instituciones reproducen formas de maltrato hacia quienes debieran ayudar; en el caso de las redes cercanas se produce, muchas veces, una suerte de “decepción” al ver que esa mujer no logra superar la situación de violencia. Son reacciones que redoblan el aislamiento y el problema mismo. A pesar de lo anterior, me parece que hay ciertos ámbitos en los que la denuncia de la violencia se ha hecho más visible y menos secreta: en la educación.

¿Qué te han permitido aprender tus años de trabajo en La Morada?

La Morada ha sido un lugar de muchos aprendizajes; fue el primer espacio en el que trabajé y al que he vuelto luego de otras experiencias, fundamentalmente académicas. Fue también la primera vez -y única- en formar parte de un equipo compuesto sólo por mujeres, lo que introduce lógicas y formas de relación especiales, en lo colaborativo, en lo creativo, en el rigor. Siempre ha sido, además, una institución transdisciplinar, compuesta por cientistas sociales, abogadas, literatas, filósofas, educadoras, antropólogas, psicólogas, etc., lo que me ha permitido, desde el inicio de mi carrera, considerar los fenómenos -la problemática de la violencia, en particular, pero las distintas áreas a las que me he dedicado luego- de manera dialogante y dinámica.

En 1983, un grupo de mujeres feministas creó, en Santiago de Chile, en plena dictadura cívico militar, la Casa de la Mujer La Morada. En ese entonces, su objetivo principal era promover la organización y visibilizar las propuestas del feminismo. Fotografía: MemoriaChilena.cl

Hay, además, una ética que atraviesa la práctica de esta institución: una ética que releva una visión de la democracia, de la convivencia, del pensamiento y de la acción colectivas, que son cuestiones que atraviesan la historia social de las mujeres pero que hoy, en nuestro país, resultan especialmente importantes.

¿Qué consecuencias tiene para las mujeres que en Chile una enorme cantidad de hogares tengan jefatura femenina y que muchas veces la figura del padre sea más bien ausente o decorativa?

Efectivamente, tanto en nuestro país como en nuestro continente, hay muchas familias y hogares monoparentales o con una presencia débil del padre. Aunque cada vez encontramos más hombres que comparten el quehacer doméstico, la responsabilidad última sigue siendo prioritariamente de las mujeres. A ello hay que agregar que el trabajo de “cuidado” -crianza, atención y cuidado de adultos mayores, enfermos, etc.- sigue siendo realizado casi exclusivamente por mujeres. Esta situación también incide en, o al menos se articula con, las condiciones laborales, previsionales y sociales en general: hay grandes brechas salariales, educacionales y en la toma de decisiones.

Si comparamos a Chile con otros países en términos de equidad y seguridad para las mujeres, ¿Cómo estamos?

Creo que es importante distinguir dos niveles en relación a este tema: el nivel legal-institucional y el nivel de la vida práctica y cotidiana. Desde esa perspectiva, en lo legal e institucional, nuestro país ha avanzado muchísimo y ha suscrito múltiples acuerdos y tratados a nivel internacional -como el de la Cedaw, Belém do Pará, etc.- que se orientan al establecimiento de la paridad o la igualdad sustantiva -que es el concepto más utilizado internacionalmente, referido a la igualdad de resultados y no sólo de procesos.

Sin embargo, la vida práctica y cotidiana nos muestra que esos avances formales no han sido suficientes para dar cuenta de la inmensa cantidad de desafíos que se encuentran pendientes. En el caso de la violencia, por ejemplo, tenemos una legislación y una institucionalidad que establecen el deber de erradicación de esta. No obstante, lo que ocurre en los hechos es que cuando una mujer acude a un dispositivo público se encuentra con meses de espera para lograr ser atendida, o con procedimientos complejos que permiten que, después de dos o tres denuncias, una historia de violencia termine en femicidio.

Pero más grave aún, también hemos visto, especialmente durante los últimos años, que esta formalidad institucional – legal convive con prácticas de violencia instaladas desde la infancia: en las familias, en las escuelas y colegios, en las universidades. Y es justamente esta cultura al que debemos lograr erradicar. En ese sentido, Chile es un país avanzado en lo formal, pero profundamente conservador y resistente en la vida real y cotidiana de las personas.

La actual crisis está mostrando la peor cara de la violencia contra las mujeres en todo el mundo. ¿Qué ha pasado en Chile y cómo se está enfrentando?

En Chile también se ha vivido una situación gravísima en relación a la violencia contra las mujeres. La violencia no es un fenómeno que aparezca de un momento a otro; antes bien, se trata de relaciones que se van gestando a lo largo de mucho tiempo; meses o años. Sin embargo, la crisis sanitaria que atravesamos deja en evidencia las grandes desigualdades sociales que aún existen y las falencias institucionales que existen para enfrentarlas, especialmente en el caso de la violencia.

Es así que las medidas de cuarentena o, en general, de distanciamiento físico, agravan las situaciones de violencia existente en varios sentidos; en primer lugar, se intensifican los conflictos habituales; se pierden las redes de apoyo habituales con las que cuentan las mujeres (familiares, amistosas, laborales); se dificulta aún más la posibilidad de pedir ayuda, ya que existe una mayor vigilancia al interior del hogar.

En estas condiciones, se ha descrito un aumento muy significativo de las denuncias por violencia tanto en Chile como a nivel mundial. Sin embargo, esto no quiere decir que surjan nuevas situaciones de violencia; lo que ocurre, más bien, es un aumento del riesgo de las situaciones de violencia existentes ante las condiciones ya descritas y una disminución de las herramientas personales e institucionales para enfrentarla.

¿Podrías compartir experiencias positivas que hayas visto y experimentado en esta lucha que nos inspiren y nos animen a seguir trabajando en pos de las mujeres?

He tenido muchísimas experiencias positivas a lo largo de estos años de trabajo con mujeres. En primer lugar, me gustaría resaltar la capacidad de muchas mujeres que han atravesado situaciones de extrema violencia, precariedad o vulneración, y que sin embargo logran reinventar la vida una y otra vez; aprendo de ellas cada día. Y también de la solidaridad y generosidad con la que acompañan y ayudan a otras para hacerlo.

Me impresiona también la fuerza de las mujeres que hacen de su pasión una vocación colectiva, liderando procesos e iniciativas en el mundo de la política, en los territorios, en sus trabajos o en sus organizaciones. He aprendido a reconocer que esa fuerza surge justamente de la sabiduría que han construido desde sus dolores y desde la porfía de la esperanza y la resistencia. Me conmueve y me alegra la esperanza de las mujeres jóvenes, de las estudiantes, de las trabajadoras, de las creadoras; respeto sus diferencias e intento conocer ese otro mundo que han transitado.

Por supuesto, vuelvo a mirar a todas las mujeres de mi propia historia en cada una de ellas: mis abuelas, mi madre, mis profesoras, mis compañeras del colegio y la universidad, mis amigas… Y cada vez vuelvo a admirar, profundamente, la valentía de cada una de ellas en la multiplicidad de sus vidas y de sus afanes.

El Soberano

La plataforma de los movimientos y organizaciones ciudadanas de Chile.

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