Fraude en la TV: el engaño de economistas opinólogos al servicio del poder

Son empresarios, o son empleados de empresarios, o bien hacen negocios con ellos. Defienden, como es lógico, aquello que beneficie a los empresarios, pero van a la televisión –el medio de mayor penetración en los hogares- para hablar contra cualquier cosa que afecte a los grandes empresarios como si fueran unos simples académicos o expertos en economía y finanzas. Incluso se presentan en televisión como seres imparciales e independientes, preocupados sólo del bien común. He ahí el origen de la terrible desinformación que intoxica el debate económico y social chileno, un problema que se ve agravado por el rol de periodistas especializados que –digámoslo fuerte y claro- también son cautivos del poder empresarial.   

Si hay algo que en Chile abunda tanto como los perros de vida libre, los endeudados y los borrachos en septiembre, bueno, ese algo son, pues, los economistas que defienden el fracasado sistema de pensiones que rige en Chile y los bajos impuestos que el empresariado paga al Fisco…  Lo dejamos en puntos suspensivos pues la lista es mucho más larga. No es raro verlos declamar contra la legislación ambiental, el etiquetado de alimentos, planes reguladores, los derechos de los trabajadores y todo aquello que afecte las utilidades del insaciable empresariado chileno.

Los medios les dan generosa cobertura para que expresen sus puntos de vista sin que abunden esos periodistas que realizan preguntas incisivas o “contrapreguntas”. Rara vez aparece uno que esté dispuesto a contrastar las afirmaciones de estos economistas con lo que pueden aportar otras fuentes o la misma estadística, ni mucho menos uno que se digne a verificar el grado de veracidad de todo cuánto dicen estos personajes, quienes ni siquiera son confrontados por pares que defiendan otras miradas. No es muy curioso que todo discurso que provenga de este grupo está alineado, convenientemente desde luego, con los intereses del gran capital. Convenientemente, decimos, pues la defensa de esos intereses suele ser significativamente más lucrativo que defender, por ejemplo, a los sindicatos.

Alguien podría decir que no hay problema en aquello ya que, como es normal, en todas partes hay escuelas de pensamientos más hegemónicas que otras. Pero aun cuando esta razón sea tan válida como discutible en el contexto que nos ocupa, lo cierto es que esos economistas no son simples académicos o investigadores, sino que además son inversionistas, empresarios, directores de empresa, consultores de empresas, o gestores de inversiones, o bien integrantes de un centro de pensamiento financiado por la gran empresa. O todo junto. Alguien podrá decir que sólo los muertos no tienen intereses, como dijo una vez con proverbial sabiduría nuestro Presidente Piñera, pero lo ético y saludable en todo proceso orientado a formar opinión pública es que esos actores revelen sus intereses y se reconozcan como parte interesada. Mientras tanto mucha gente se confunde y cree lo que dicen, y lo hacen confiando en una independencia que no existe.

El economista de la Fundación Sol, Marco Kremerman, reconoce la existencia de este conflicto ético. Pero más allá de referirse a intereses concretos, este economista cree que su origen está en un estándar moral fijado por una ideología que domina en la inmensa mayoría de los centros de estudios donde se estudia y se investiga sobre ciencia económica.

Marco Kremerman, economista de la Fundación Sol
Marco Kremerman, economista de la Fundación Sol

Hablamos de centros de estudios que escogen sólo una forma de entender la economía, una que, desde un punto de vista ético y estético, se especializa en subvertir los valores propios de la vida en comunidad, pregonando así el beneficio personal a todo evento y el egoísmo “socialmente responsable”. Y como la mente humana es experta en justificarse, ninguno de estos economistas siente el menor pudor o el más mínimo conflicto ético cada vez que pasa de contrabando sus intereses particulares en opiniones aparentemente “académicas”.

Se subentiende que los economistas que egresan de ciencias económicas trabajan para el capital, y esa relación surge porque los economistas se desempeñan en sus áreas de influencia, tales como los directorios de empresas, o bien porque ellos mismos crean empresas propias, o realizan asesorías a gobiernos con agendas que tienden a proteger la acumulación”, dice Kremerman, quien recuerda que la naturaleza destructiva del economista convertido en intelectual orgánico se reitera al opinar, con un dogmatismo religioso, desde una escuela (ciertamente ideológica) que concibe a esta ciencia social como una ciencia dura.

“Lo que vemos en los medios es el discurso de la escuela neoclásica, y hay muchas otras formas de ver la economía. Están la escuela regulacionista, la marxista, etc. Lo importante es que aquello debe quedar establecido y se transparente al público. Y la economía es más una ciencia social pues tiene que discutir las relaciones de poder y considerar las enormes asimetrías de poder e información que vemos en toda sociedad humana. Por eso las proyecciones económicas de estos grupos suelen estar erradas, ya que se hacen sobre un marco teórico muy rígido, de poca apertura epistemológica, y que responde a una visión de mundo. Muchos economistas adhieren a esa mirada y, como es lógico, acaban tomando trabajos vinculados a las empresas. Pero es importante que se aclare esa condición de dependencia”, señala el economista de la Fundación Sol.

Kremerman recuerda la vez que, participando en un programa de conversación en ña televisión abierta, el investigador y economista Andras Uthoff, uno de los mayores expertos en temas previsionales, pidió a sus colegas que dejaran “de ser prisioneros de los lugares donde trabajan”.

“Esa relación entre el capital, el ciclo de acumulación y los espacios que recomiendan cambios en las políticas públicas suele ser muy gris porque ellos mismos se ven favorecidos. Esos mismos economistas son parte del ciclo de acumulación”, concluye Marco Kremerman.

Consciente de este grave dilema, el periodista económico e investigador Sergio Jara Román, autor de “Piñera y los Leones de Sanhattan(una investigación que indaga en los entresijos del mundillo financiero chileno y el origen algo espurio de muchas de sus fortunas) cree en la necesidad de “transparentar” los vínculos entre economistas entrevistados y los intereses que representan. “Todos somos dependientes de algo o de alguien. Por eso me parece que esto tiene que ver más con la transparencia. Lo importante es transparentar el nexo”, dice el periodista, quien recuerda a dos figuras del mundo económico con profusa cobertura en los medios.

“Uno es Bernardo Fontaine, que le hizo la guerra a cuanta reforma empujaba el gobierno de Michelle Bachelet, en especial la laboral y la tributaria con una campaña que nadie sabe bien cómo financió y que llamó ‘Reforma a la reforma’. Encabezó todo este movimiento y está bien; el problema es otro, el problema es que nunca dijo que su fondo de inversión estaba camino de vender Place Vendome, la empresa óptica, y que ambas reformas, en especial la tributaria, le harían perder valor a la empresa ya que tendría que pagar más impuestos, y si paga más impuestos, la empresa valdría menos. Los medios nunca analizaron ese aspecto. Otro economista muy activo en redes sociales y medios es Alejandro Alarcón, que se presenta como académico aunque nadie dice que fue gerente general de la Asociación Nacional de Bancos por casi 20 años. Todos los medios le dan generoso espacio, pero a nadie se le ha ocurrido investigar si tiene vínculos con la industria financiera, ya sea con bancos, con AFP. Nadie lo investiga y nadie lo dice”, sostiene el periodista.

El descalabro del periodismo económico

Eso por el lado de los economistas, porque aquí falta otra pata: la de los periodistas y los medios de comunicación que contratan sus servicios profesionales, medios que tienen, como ocurre en todas partes del mundo, una agenda política que se traduce en una línea editorial concreta. En Chile la situación es aún más compleja, ya que todos los grandes medios de comunicación pertenecen a una trasnacional o son propiedad de grandes empresarios. A la larga, el mensaje es el medio. Y lo que se dice a través de uno de ellos coincide plenamente con aquello que le resulta beneficioso a su socio controlador o propietario.

Sergio Jara Román y su libro "Piñera y los leones de Sanhattan"
Sergio Jara Román y su libro «Piñera y los leones de Sanhattan»

“Los dueños imponen la pauta, pero igual hay periodistas cómodos ganando plata, que se acomodan, muchos se achanchan y reproducen el mismo discurso económico que nos hemos tragado durante más de 30 años. La tarea del periodista es ser crítico de la información que le llega, pero muchos perdieron ese espíritu crítico. Ya estoy viejo y no estoy para caretas. La gente vota, y lo hace en circunstancias que le contamos la mitad de la película”, dice Sergio Jara.

El problema es que hay otras fórmulas tendientes a limitar la independencia informativa y a generar un cuadro de opacidad que afecta la salud democrática del país. “Hoy existe la Aipef (la Asociación Interamericana de Periodistas de Economía y Finanzas) encabezada por Nicolás Paut, de CNN, que le pone harto empeño y trata de sacar esto adelante para que los colegas se capaciten, pero es una instancia muy ligada al mundo empresarial, con reuniones que se hacen en un banco, y eso influye en las coberturas. Otras veces se han hecho reuniones en Sura, en el banco Santander, ahora está organizando un diplomado en la Pontificia Universidad Católica que conduce Felipe Aldunate, por quien siento el mayor respeto. El problema es que la casa de estudios que ha formado a la inmensa mayoría de empresarios vinculados a escándalos”, señala.

La relación es tan incestuosa que en Chile los medios de comunicación no regulan los vínculos que debe tener un periodista con sus fuentes. Simplemente no hay protocolos o no hay voluntad de hacerlos cumplir. “Reuters, una empresa internacional, prohíbe asistir a cenas de la CPC o de la Sofofa, pero los medios nacionales no fijan normas. No es bueno que aceptemos viajes, invitaciones a cenas, o que aceptemos regalos. Me han invitado a Europa, a China, siempre dije que no; cuando mucho me he llevado un pendrive que entregaban en la carta de invitación a una pauta. Hyundai regala autos, HP regala computadores, Latam regala viajes, Santander invita todos los años a los editores y sus familias para pasar una semana en España. Me parece grotesco. Yo debería dar este debate adentro, debo reconocerlo”, concluye.