El periodista y escritor Roberto Bruna nos dedica esta carta dando luces sobre lo que viene. Se advierte un camino largo, doloroso y desgastante, como suelen ser las grandes victorias sociales. Por lo mismo, es también un tributo a la esperanza de un pueblo que había olvidado soñar.

Chilenas y chilenos todos:

Piñera y los suyos quieren volver a la normalidad. No entienden que estamos cansados de su concepto de normalidad: la normalidad de vivir con un sueldo pichiruche, con una pensión miserable, sin agua, en un país empobrecido y contaminado. Lo de siempre. 

Iré al hueso: el poder político tradicional, siempre al servicio del poder económico, hará todo lo posible para licuar las demandas de un país precarizado. Apelará al desgaste, al olvido, al cansancio, y tratará de enredarte con interpretaciones bastante delirantes del estallido social. Dirán que en realidad la gente está buscando tan sólo sumarse a la orgía de consumo, dirá que la deuda familiar se amortizará sola si apuramos el tranco hacia la prosperidad, y la prosperidad… bueno, te dirán que la prosperidad se consigue haciendo más de lo mismo. Te dirán que hay que flexibilizar el empleo, que es urgente reducir la carga tributaria de los ricos para que “den más”, y sembrarán tantas dudas como mentiras respecto de la conveniencia de contar con un sistema de seguridad social.

Hay tres situaciones que marcarán este proceso. En El Soberano hemos venido a anticiparnos a estos escenarios: 1) Los intentos de la élite para dejarlo todo tal como está. 2) Un cambio cultural que supere el neoliberalismo, y las resistencias internas que el cambio de paradigma producirá, y 3) La necesidad de soñar una sociedad diferente. 

El plan para desactivar la protesta

Los ricos y sus agentes dirán que viene el apocalipsis, y contribuirán a sabotear todo el proceso de deliberación y diálogo en la medida que les sea desfavorable. Tienen un enorme poder económico para ello. Y si nada de eso les funciona, créeme que intentarán convertir en oportunidad de negocio cualquier solución a los grandes problemas sociales.

Los verás invocando la necesidad de más provisión privada de servicios que se requieran para cubrir las necesidades sociales, que es la forma que han encontrado los ricos de Chile para drenar al Estado de sus escuálidos recursos y transferirlos por completo al mundo empresarial. Sí, dirán que te podrás operar a tiempo, pero no te dirán que lo que pretenden hacer es enriquecer a las clínicas.

Recuerda que ellos han sido muy hábiles en demoler todo asomo de espíritu comunitario, algo necesario si lo que se persigue es inhibir la formación de sindicatos y desprestigiar el pago de impuestos. Han hecho enormes esfuerzos por revertir todo el sistema de valores que sostienen aquello que llamamos democracia, que es lo que nunca les ha gustado. Porque es cierto, aunque te digan lo contrario: a muchos de ellos nunca les gustó la democracia, y el orden económico que nos domina apunta precisamente a destruirla. Aun hoy son muchos los que no pueden entender que el voto de un barrendero valga igual que el voto de un gran señor, y creen que un país funciona mejor si opera como un regimiento. Es decir, un lugar donde unos pocos mandan y el resto acata sin chistar. Como es entendible en virtud del principio humano de autopreservación, los ricos cuidan sus espacios de poder y privilegio.

En breve te habrás dado cuenta de que disponen de intelectuales a sueldo y economistas charlatanes que van propagando mitos con cierto nivel de coherencia (“los impuestos bajos estimulan la inversión”, dicen ellos), y para darles tribuna es que han comprado prácticamente todos los medios de comunicación. De esa manera han terminado instalando la idea absurda de que lo que es bueno para ellos es, en consecuencia, bueno para el país. 

Nos dividirán, o tratarán de hacerlo. Para ello sembrarán la desconfianza, y si eso pasa por mostrarte más delincuencia en los noticiarios de TV, entonces así será. Cuando propongas una nueva reforma tributaria, te calificarán de afiebrado; y si hablas de un salario mínimo que empate con el umbral de la pobreza, dirán que eres irresponsable; cuando te refieras a la rampante desigualdad, te dirán que tu alma está cautiva de un venenoso resentimiento; y cuando pidas acabar con un modelo fracasado de pensiones basado en la capitalización individual (que, por cierto, es un sistema anómalo y aberrante en cualquier lugar del mundo), entonces te tacharán de populista, de ideológico (como si ellos no lo fueran) y demagogo; y ya verás que si hablas de la necesidad de impulsar una nueva política industrial –imprescindible para salir de la trampa del ingreso medio en que nos encontramos-, se burlarán acusándote de “cepalino”, de anticuado, de intentar revivir la sustitución de importaciones y otras tonterías por el estilo.

Con toda seguridad movilizarán a los concertacionistas conversos más rastreros para que salgan a criticar cualquier propuesta redistributiva de riqueza y poder. Y si notan un avance legislativo en estas ideas que ellos consideran tan lesivas para sus intereses, ya verás que no tendrán problema en paralizar la producción o entorpecer el funcionamiento de la economía. Y te harán sentir miedo, y además culpa. Convéncete: emplearán todos los medios de los que puede disponer el dinero. Ni te imaginas lo que dirán si propones cambiar el régimen de aguas. 

Una revolución contracultural

Es fundamental comprender que aquí, en nuestro país, ha habido una deliberada destrucción del Estado a través de su desfinanciamiento. Al Estado le han hecho perder los dientes precisamente para favorecer la inversión. Es gracias a la Constitución que tenemos un Estado pro-rico mandatado para reprimir la protesta social, condición sine qua non para favorecer las utilidades del gran empresariado.

Han fomentado la anomia social y una cultura de desprecio por todo lo que es público y ajeno (“sólo respeto aquello que es de mi propiedad” y “sólo los privados son eficientes” son parte de mantra neoliberal), y ese desprecio se nota en la creciente vandalización del espacio público. Los ricos nos han educado en un individualismo tan irracional como el “modelo” económico que lo propicia, algo que fue muy útil a la hora de desprestigiar un sistema solidario de pensiones, que es lo normal incluso en los países más capitalistas del mundo.

Te han hecho creer y repetir como loro que el “trabajador chileno es sacador de vuelta”, cosa que han hecho desde siempre para que los trabajadores no se sientan dignos de un mejor sueldo. No, los chilenos y chilenas no son flojos. La improductividad es culpa de un modelo en cuyo diseño no tienen arte ni parte.

Necesitamos una revolución contracultural que nos haga entender que toda su teoría económica es una superchería que riñe una y otra vez con la realidad y la evidencia empírica. Está bien; los ricos hacen su negocio, y somos nosotros los que nos tragamos el cuento. Pero es bueno tener claridad sobre sus creencias mañosas y falaces. Ellos, los ricos, creen que los individuos sólo pueden ejercer la libertad en el mercado. Para ellos la libertad es un simple acto de consumo, y el grado de libertad de un país será equivalente a la cantidad de bienes y marcas puestas en una góndola de supermercado.

Ten cuidado: ellos no creen en todo lo que predican. Míralos coludiéndose, concentrando la propiedad, esquilmando a los consumidores; míralos corrompiendo los espacios de deliberación y representación; míralos corrompiendo las instituciones. Su defensa del mercado es una mentira. No es más que un inteligente intento por hacer una defensa racional de su codicia. O dicho de otro modo: el empresariado chileno y toda la legión de intelectuales deshonestos que tienen a disposición disfrazan de ideología lo que es pura ambición de poder. 

Obvio que sacarán conejos del sombrero. Encargarán estudios a centros de pensamiento para hacer malabarismo con las estadísticas. Negarán la desigualdad. En todas partes los verás disfrazándose de «liberales», aun cuando la ideología liberal, que nació para desafiar el orden monárquico, repudia todo sistema económico y social que tienda a concentrar la riqueza y el poder. El neoliberalismo es un fascismo light que rigidiza la estructura social. No es casualidad que Jaime Guzmán, nacional-catolicista y admirador del fascismo español de Francisco Franco, haya transitado al neoliberalismo. Seguro entendió a tiempo que la economía podía ser un instrumento de dominación y disciplinamiento aún más efectivo.

Lo peor es que no faltará quién pise el palo y le dé el voto a los que defienden los intereses de los ricos, y lo anterior será posible gracias a que muchas personas no van a votar. Pero esta vez habrá que ir a votar, porque el acto de sufragar es también un deber para con los demás, del mismo modo que pagar impuestos. Eso es lo correcto, que no te engañen. Te hicieron creer que votar era un acto prescindible para que no pidieras derechos a cambio. Ahora están en el paso siguiente, que es hacerte creer que los impuestos son un robo, una rémora colectivista, puro socialismo empobrecedor, de tal manera que paguemos la menor cantidad de impuestos para mantener su hegemonía. La evidencia demuestra que los países más desarrollados son aquellos que tienen una alta carga tributaria y sistemas de protección social, todo lo cual redunda en mayores niveles de riqueza y paz social. Pero ellos ya no quieren paz social ni más riqueza, sino que están buscando el sometimiento de las grandes mayorías y estar por encima de la ley.

Ahora preguntémonos: ¿habrá sido en vano tanta destrucción y muerte? Va en nosotros impedir que así sea. Ya hemos dado un paso importante en tomar conciencia de lo que nos pasa, exteriorizar nuestros quebrantos, reconocer nuestras desgracias y angustias cotidianas. Nos hemos dado cuenta de que no estamos solos y que nos tenemos a nosotros mismos. Hemos recobrado nuestra memoria histórica.

La oligarquía chilena trató por todos los caminos de dinamitar la conciencia de clase, pero el abrazo de hinchas de la Garra Blanca y Los de Abajo, otrora lumpen enemistado a muerte por el fútbol, demuestra que ahí también hay ciudadanía y comunidad. Muchos de esos jóvenes se reconocieron no ya como enemigos, sino como vecinos de las mismas poblaciones depauperadas, personas que han sufrido por igual, independiente de la camiseta, la inacción de un Estado que ha hecho políticas públicas a partir del olvido y la indolencia. Es un brote verde que creíamos imposible en esta tierra enferma y estéril, y seguro que ha de preocupar a los dueños de Chile, hasta aquí los únicos que han demostrado conciencia de clase. También ha sido maravilloso ver las banderas del Wallmapu. Demuestra un orgulloso reconocimiento de nuestro mestizaje y revela un creciente aprecio por los pueblos originarios.  

El sueño y las grandes alamedas

«Hasta que la dignidad sea costumbre». Pancarta durante las protestas en Chile. Fotografía: Carlos Figueroa, bajo licencia Creative Commons.

Hasta el viernes 18 de octubre vi un país de borrachos ávidos por olvidar su desgracia. Un país que abusaba del alcohol y la falopa porque necesitaba evadir la realidad. Creo que no existe otro país de América Latina tan falopero como Chile. Pero de pronto se nos abrieron las grandes alamedas por donde caminaron hombres y mujeres libres, todos reconociéndonos como iguales; distintos, sí, pero siempre iguales en derechos y deberes, deseosos de institucionalizar la solidaridad en la Constitución. Necesitamos un papel escrito para consagrar un nuevo contrato social ya que, y tú lo sabes bien, las palabras se las lleva el viento. Y atento, pues habrá más de una mente torva y psicopática declamando contra un proyecto de sociedad que ayude a los que la pasan mal y que valore a las personas por el solo hecho de ser personas, y no por la plata que produzcan. Atentos con aquellos políticos que llevan décadas en primer plano, porque seguro que a esta misma hora, mientras lees esta carta, se encuentran preparando su próxima estafa política. 

El mejor antídoto para salir de esta sobredosis de mercado e individualismo es empezar a soñar. Yo sueño con un país diferente. Sueño con un país inclusivo, educado, respetuoso y republicano, con altos niveles de participación barrial y comunitaria, tanto en la plaza como en las ferias libres y las escuelas; sueño con un país que añada valor a lo que hace, que ponga en primera línea a los científicos que generan conocimiento y artistas que enriquezcan nuestro espíritu.

Sueño con un país donde los hombres respeten a las mujeres. Sueño un país que respete sus ecosistemas. Sueño con un país donde podamos dejar una bicicleta en la calle sin candados ni cadenas. Sueño un país que desarrolla una industria verde que parta por recuperar todos esos lugares destruidos por la decadente matriz productiva chilena. Incluso sueño con industrias que fabrican baterías de litio y elaboran materiales de construcción con residuos. Sueño con un país donde sea mal visto pasarse de vivo.

Sueño con una educación pública que sea modelo para nuestra América Latina. Sueño con una sociedad donde la procedencia y el apellido importen tres pepinos, y sueño con empresas que atraen a los verdaderos talentos, no a los zorrones amigos y familiares con el solo objetivo de conservar el patrimonio en pocas manos. Sueño con un territorio descentralizado y con ciudades a escala humana. Sueño que nuestra sociedad entiende el valor de la tenencia responsable de animales, y sueño que el rayado de fachadas decline conforme comprobemos que no es arte aquello que empobrece y atenta contra el respeto.

Sueño con calles lindas y casas sin rejas. Sueño que el Metro quedará mejor que antes, y que los nuevos carros los fabricaremos acá, en Chilito lindo. Ya lo hemos hecho. Quiero que tantos extranjeros soñadores se sientan invitados a nuestro proyecto de país. Sueño que todo trabajador extranjero tenga las puertas abiertas para que su anhelo brote regado por su propio sudor, jamás con sus lágrimas. Nuestra tierra es noble. Nos da hierro, pan y vino. ¿Por qué no podría ser igual de noble nuestro pueblo?  

Soñemos, chilenas y chilenos. Soñar es sinónimo de luchar contra el clima de desesperanza, abatimiento y soledad. Antes soñar nos causaba dolor porque constatábamos su lejanía. Pero ahora es cuando más debemos soñar, y soñar con ambición, soñar por todo lo alto.

Debemos seguir soñando aunque nos hayamos asegurado pensiones que no sean inferiores al sueldo mínimo. Debemos seguir soñando aun cuando hayamos logrado subir en más de 150 mil pesos el sueldo mínimo. Debemos seguir soñando cuando al fin tengamos un sistema público de salud  a la altura de tantos sacrificios realizados en las últimas décadas. Sigamos en la lucha, pues nada hemos conseguido. Es muy importante que participes en los cabildos autogestionados con tus vecinos, tus compañeros de estudio o de trabajo. Es muy importante que votes, pues la lucha se da en todos los planos. Sigamos en la lucha, pues, como dijo alguien mientras entregaba su vida, “la historia la hacen los pueblos”. Desde la marcha del millón hemos vuelto a ser un pueblo, no una suma de individualidades.

Atentamente,

Roberto Bruna

Fotografía «La Marcha Más grande de Chile», de Felipe Ovalle.

Fotografía «Hasta que la Dignidad sea Costumbre» de Carlos Figueroa, «Protestas en Chile», bajo licencia Creative Commons.

Roberto Bruna (Santiago, 1977) es periodista de profesión y Director de Contenidos de El Soberano. Estudió en un colegio cuyo nombre da exactamente igual y se tituló en una universidad “pública y estatal” que de pública no tiene nada y de estatal, menos. Se ha desempeñado en sus más de veinte años de carrera profesional en diversos medios escritos, electrónicos, radiales y televisivos. Autor de La Mala Raza, novela que da testimonio del fallido sueño de la Transición y de las dificultades que millones de migrantes enfrentan en un marco de inestabilidad permanente, al tiempo que pretende constituirse en un homenaje a la antigua novela social chilena.

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