En los últimos 15 años el Estado de Chile ha impulsado la inversión minera en la Región de Arica y Parinacota y en la Región de Tarapacá, sin siquiera detenerse a pensar en los perjuicios que esta industria genera en materias tan diversas como la medioambiental, social y cultural. Por de pronto, las comunidades de la Quebrada de Camarones, como la comunidad del poblado de Nama -situada a unos 120 kilómetros al interior de Pisagua- dan una pelea épica frente a un proyecto minero que se planea impulsar en el cerro Mamuta. He aquí el relato de una madre aymara de dos hijas que intenta movilizar a los suyos para impedir que su pueblo dé un nuevo paso a su apocalipsis.  

Por Ana Arriagada y Roberto Bruna

Palmenia Mamani sufre una extraña pesadilla de manera recurrente. Es una pesadilla que se sufre con los ojos abiertos, provocando desvelo por las noches y un fuerte y permanente cuadro de angustia. Le basta con cerrar los ojos para imaginar en qué terminará convertida su comunidad de Nama una vez que la minería entre en operaciones, con todo ese ejército de forasteros mitigando los sentimientos de melancolía y desarraigo con la ingesta de alcohol. Ya puede imaginar las calles atiborradas de borrachos en estado de inconsciencia, el consumo de drogas. 

Pero hay más: ya puede ver y escuchar las riñas, incluso puede imaginar la merma creciente en su rebaño de auquénidos, ni qué decir de los robos en las viviendas… Ya se imagina pidiéndole a sus dos pequeñas niñas, minutos después de cosechar cebollas o pastorear con sus animales, que apuren el tranco cada vez que caminen juntas por las quebradas altiplánicas o por los solitarios senderos que surcan el desierto, temerosas de ser víctimas de un asalto o quién sabe qué otra cosa. El mismo silencio que llena de paz a su mundo en la quebrada de Camarones es, por contrapartida, tan fuerte como para devorar los gritos de espanto y auxilio. ¿Por qué no imaginar escuelas? ¿Por qué no centros comunitarios, teatros y talleres para los niños? ¿Bibliotecas? ¿Cursos de capacitación? ¿No hay espacio para la prosperidad económica? No, nada de eso, cree ella. En su sueño se imponen al final las schoperías y los prostíbulos, las cantinas ilegales y los lupanares, las botillerías, las casas de narcos, y los empleos precarios en labores de aseo y preparación de comidas. En suma, un lugar con dinero, pero miserable.   

Lo peor es que todo lo anterior tiene por sustento la experiencia en innumerables comunidades que se vieron “bendecidas” por la inversión minera, donde ha sido más que evidente el deterioro de la calidad de vida.

“De hecho, es cosa de ir a ver cómo está Pozo Almonte, donde operan estas grandes mineras. Los antiguos vecinos reconocen el aumento importante de la prostitución, las drogas. Vean a toda esa gente que no es de ahí y que no tiene ningún apego por la comunidad que es de ahí; gente extraña que entra y sale, gente que es de otras regiones bastante más al sur. Pero lo del comercio sexual es increíble”, recuerda Palmenia.

La muerte de la tierra

Aún así lo anterior es evitable y en cierta medida subsanable si se adoptan las medidas correspondientes (hasta ahora no es el caso, por cierto), porque hay otra parte de la pesadilla que no es posible de soslayar: la contaminación, la sequía, la muerte de sus animales, “y el agua contaminada con metales pesados, el aire sucio… Me imagino que Nama va a terminar convertido en un lugar como Calama, o como Chuquicamata; tierra desolada, lleno de tierra y arsénico, con contaminación al tope, sin agua. Nuestro pueblo desaparecería si las mineras siguen expandiéndose, ya que la actividad minera no es compatible con la agricultura. Las comunidades están obligadas a vivir de la minería, y se hacen dependientes de ellas”, sostiene esta madre aymara.

“En la comuna de Pica hicieron un diagnóstico para determinar cuánto tiempo de vida le quedaba a ese pueblo, que va a desaparecer el día que la minera ya no vea negocio en seguir sacando minerales de ahí”, añade. “Cuántas generaciones más resistirán”, se pregunta Palmenia, quien luego confiesa su temor a “que se destruya nuestra cultura aymara”. 

“Estas mega mineras están acabando con el subsuelo, y ahí está el agua. Es nuestra agua, son nuestras napas, y se están secando. Yo he asistido a seminarios donde hablan de cómo la minería ha destruido la biodiversidad de la zona, envenenando nuestros humedales, secando bofedales, que están muriendo, pero resulta que lo único importante es la minería. La minería está por sobre la agricultura”, agrega esta madre aymara de 32 años, quien tuvo que dejar su casa en Nama para lanzar Paricota, su emprendimiento turístico.

“Actualmente estoy viviendo en Alto Hospicio porque tengo la necesidad de seguir aprendiendo y me puse a estudiar. Tomé una carrera técnica: administración de empresas, porque no estudié una carrera universitaria y más adelante quiero ver si puedo seguir la ingeniería. Justamente porque necesito seguir realizándome, aprendiendo más”, señala. 

“En Nama tengo un emprendimiento de operador turístico local y actualmente tenemos un bajo nivel de conectividad para comunicarnos con los turistas de una manera más rápida.  Por eso me tuve que venir a la ciudad. Y para no perder el tiempo me puse a estudiar y también trabajo. Por esa razón estoy acá. Pero no es de mi agrado estar en la ciudad, porque lo mío es el campo”, agrega.

Familias divididas

La pesadilla también incluye la ruptura de vínculos familiares y afectivos entre quienes se allanaron a negociar con la minera y quienes se declararon siempre en contra del proyecto, lo que ocurre siempre en cada territorio intervenido por el gran capital. Este parece ser el preludio de la definitiva extinción de una comunidad y su forma de vida, contribuyendo así con la paulatina desaparición de un pueblo, en este caso el aymara. 

“Es increíble ver cómo la minera entra a dividir a la gente, y así hace su jugada. Se aprovechan de que hay gente que tiene necesidades, o de los jóvenes que ya se fueron a la ciudad y no están muy interesados en lo que pase en las comunidades. Las que creen las promesas de que vivirán mejor son siempre pocas. Son personas que no están dispuestas a dar la lucha porque piensan ‘qué sentido tiene pelear si las mineras van a ganar igual con la ayuda del Estado’. Y entonces dicen ‘mejor llego a un arreglo con la minera porque, si no, puedo quedarme sin nada’. Eso es lo que ocurre. Por eso han avanzado proyectos de la gran minería”, agrega Palmenia, quien, de tanto involucrarse en la defensa de su pueblo, ya ha sido invitada a encuentros internacionales de mujeres indígenas. 

Desde luego que esta pesadilla no tendría asidero de no ser por el desembozado apoyo que el estado presta a la inversión minera privada, la misma que evade el pago de impuestos utilizando palos blancos y filiales en las ventas a futuro. “Y eso se nota porque el MOP (Ministerio de Obras Públicas) empieza a hacer proyectos para ayudar a las mineras. En nuestras comunidades dicen que van a ayudar al turismo para que la gente visite la Laguna Roja, pero al final se sabe que es para que la minera use ese camino para hacer los sondajes en el cerro Mamuta. Siempre se hace todo en silencio”, indica la luchadora social del pueblo aymara.

Iglesia de Nama en la Región de Tarapacá. Fotografía de Claudio Cortés Aros, bajo Licencia Creative Commons.

Claro que la ayuda estatal se extiende a una deliberada laxitud fiscalizadora y débiles sanciones en caso de infracciones ambientales. “El ejemplo del poblado de Belén en Arica y Parinacota, intervenida por Río Tinto, ha sido súper claro para los aymaras. Las faenas de la mina Trinidad no han tenido ni respeto por el patrimonio arqueológico. Bueno, esa misma empresa quiere hacer minería en Mamuta, que está en el río que llega a la Quebrada de Camarones. Y hay otro proyecto en Ancovinto”, sostiene Palmenia Mamani, en referencia a la verdadera ofensiva minera en el extremo norte del país bajo el pretexto del “desarrollo”. 

“Tenemos que demostrar que las mineras actúan de mala fe, pero las demandas son largas y no hay plata. Al final la gente se aburre y se rinde. Los abuelitos en Nama saben lo que pasará, pero no tienen fuerzas para oponerse, y los jóvenes ya se fueron a la ciudad”, señala más tarde quien levanta esta bandera en defensa de su pueblo inspirada en el recuerdo de su abuelita. 

“Desde chica mi abuela, Raimunda Choke, me hablaba de la importancia de la madre tierra y lo que nos proveía. Mi abuelita era una mujer muy amable y nos enseñaba el valor de la vida. Yo era la hija menor de mi papá, era como la más regalona, y siempre andaba bien apegada a mi abuela escuchando. Incluso yo dormía con ella. A mis seis, siete años vivíamos juntos con mi familia, mi madre y mi abuela, hasta que tuvo que partir. Yo me quedé con esas ganas de aprender y saber más de mi pueblo, de la cultura y del cuidado ambiental. Luego vino un periodo en que en mi zona ya no se hablaba más de nuestras costumbres, pues era mi abuelita la que enseñaba mucho de eso, porque amaba a su pueblo y su cultura”. 

Laguna Roja cerca de la localidad de Nama. Fotografía: Paricota Turismo Ancestral.

“Esta etapa duró desde que yo tenía 7 años hasta que terminé la enseñanza media, y ahí empecé a retomar nuestras costumbres y empezamos a trabajar con el turismo, que ayuda mucho a proteger el medio ambiente, a trabajar de forma colaborativa y al empoderamiento de nuestra cultura. La razón principal ha sido proteger todos los recursos naturales para la subsistencia del humano y de nuestro pueblo”.

“Mi abuelita era una mujer muy sabia.  Sabía muchísimo de la vida. Para nosotros las personas mayores son espíritus sabios, que han vivido la vida, y para mí son verdaderos tesoros humanos, por lo que enseño a mis hijas que tenemos que respetar a los adultos mayores ya que son personas con mucho conocimiento”, agrega.

La Pachamama está con el pueblo aymara

Pese a lo oscuro del vaticinio, Palmenia cree que la comunidad cuenta con la energía de sus ancestros para impedir que tan contaminante e insostenible industria se siga expandiendo. Cierto es que no hay un liderazgo que reúna a todas las voces aymaras y hable por ellas antes las autoridades correspondientes, ni que existan las organizaciones capaces de aunar voluntades para impulsar una acción de resistencia más efectiva contra la destrucción de su pueblo. La voluntad está, de todos modos, del mismo modo que la esperanza. Mal que mal, sobran los casos en que las comunidades han logrado doblar la mano a grandes empresas que intervienen sus territorios. 

“Nos falta el liderazgo, alguien que nos represente. Los que luchamos somos pocos, y hablamos, hablamos, pero estamos trabajando en eso con otros comuneros para tener otro tipo de mirada y proteger nuestra tierra y nuestros conocimientos ancestrales. No se habla en los medios de nuestros problemas, pero muchos seguimos en la lucha”, concluye.


Te invitamos a revisar esta entrevista a David Esteban Moscoso, consejero nacional aymara que lucha para salvaguardar el futuro de su pueblo:

El Soberano

La plataforma de los movimientos y organizaciones ciudadanas de Chile.

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